RESUMEN
Recuerdo haber leído, en mis días más álgidos de lectura, la historia de un hacendado rico que contrató a un campesino muy pobre para realizar un trabajo en su hacienda. Al finalizar la labor, el campesino le pidió como pago un becerrillo, con la condición de que el animal se quedara en la cerca y que él lo recogería cuando estuviera grande, en el momento que lo considerara oportuno. El dueño de la hacienda aceptó el trato con gusto.
Sin embargo, con el paso del tiempo llegó el día en que el campesino fue a buscar su becerro. Para su sorpresa, el hacendado afirmó no recordarlo ni recordar ningún acuerdo con él.
Ante la negativa, el campesino no tuvo otra opción que llevar el caso ante un tribunal. Frente al juez, explicó cómo se había realizado el acuerdo, mientras que el hacendado negó conocerlo y mucho menos haber pactado trato alguno.
—¿Qué otra persona puede servir como testigo? —preguntó el juez.
—Ninguna —respondió el campesino—, solo estábamos él y yo.
El juez insistió: —¿No tiene ningún testigo?
Tras pensar un momento, el campesino, con el rostro iluminado por la alegría, exclamó: —¡Sí, sí! Nosotros hicimos el trato sobre una piedra única de la hacienda de este señor; esa piedra puede servir de testigo.
A lo que el juez respondió: —Vaya y traiga su testigo.
El campesino se dirigió rápidamente hacia la puerta para buscar la piedra. El juez, sonriendo con cierta picardía, le comentó al hacendado:
—¿Usted cree que traerá la piedra?
El hacendado respondió con desdén:
—Qué va, señor juez. Esa es una piedra enorme, imposible de cargar.
Así como en esa historia, en los predios de la política se utilizan innumerables estrategias para alcanzar objetivos. Se hacen compromisos y acuerdos; sin embargo, cuando se asciende al poder, quienes antes ofrecían parecen sufrir una especie de hechizo que les borra la memoria. Se cambian los números telefónicos, se suben los vidrios de los vehículos y quienes antes eran atendidos con cortesía pasan a ser tratados con desdén.
Por todo esto pregunto: ¿tiene usted su piedra como testigo? De no tenerla, asegúrela.
Por Isaac Feliz
