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6 de febrero 2026
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«La Palabra» Una novela de intriga sobre un apócrifo evangelio

El hallazgo de un papiro, que resulta ser falso, es un buen pretexto para una novela de intrigas y una serie de TV mediocre.
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RESUMEN

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EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO. -Entre 1947 y 1956, se descubrieron unos seiscientos manuscritos del año 68 de la era cristiana en las grutas del Qumrán, en el Mar Muerto. Los fragmentos contenían, sobre todo, una especie de «Manual de Disciplina» de la comunidad judía de los «elegidos de Dios», que se estableció a orillas del Mar Muerto hacia el siglo I antes de Cristo.

Un descubrimiento así, resultaría sumamente tentador para un novelista, sobre todo, si los papiros alterasen sustancialmente lo que sabemos hasta ahora de Jesús o de la Iglesia de los primeros años.

A pesar de haber transcurrido muchos años del descubrimiento del Qumrán, el novelista norteamericano Irving Wallace hace girar su novela «La Palabra» en torno a un hecho semejante: el hallazgo de unos papiros del Evangelio según Santiago, hermano menor de Jesús.

«La Palabra» (The Word), que ahora se ha convertido en una miniserie de TV, publicada en inglés en 1972, y su primera edición en castellano salió a la luz en 1973 en la editorial Grijalbo (Méjico). El argumento de la novela de Wallace es relativamente sencillo, pero la tónica propia de la intriga convierte la novela en una maraña.

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Y, el descubrimiento de unos papiros desata una serie de intrigas, cuyos protagonistas principales serán: un publicista norteamericano, un experto falsificador de documentos antiguos, un pastor protestante holandés, un arqueólogo italiano que ha perdido la razón, y su hija, que acaba enamorándose del publicista.

El hallazgo del supuesto «Evangelio según Santiago”, revela que Jesús no murió en la cruz en Jerusalén: un médico, probablemente esenio, le salvó la vida. Y el Maestro pudo seguir predicando y fundando comunidades hasta cumplidos los cincuenta y cuatro años, llegando hasta la misma Roma. Allí, en el puerto de Puzol, cerca de Nápoles, fue apresado, volvió a ser crucificado, y murió en la cruz. Un texto así, pudiera haber sido extraído de los apócrifos contenidos en los llamados «Plomos» de Granada, desenterrados hacia 1597, y atribuidos precisamente al Apóstol Santiago.

Un «descubrimiento’ como ése, cuya validez se hace más dudosa a medida que avanza la acción de «‘La Palabra», representa un Jugoso negocio para los editores de una nueva Biblia internacional. Todo un intento de descubrir la verdad, puede echar por tierra los planes, y debe ser abortado de inmediato. La verdad o la mentira sólo importan si son escalones hacia el poder o se pueden traducir a dólares.

Y ése, precisamente, parece ser el tema central de la obra de Irving Wallace, aunque se haga destacar más el problema de la Fe. Por mucho que el autor se esfuerce en adentrarnos en los recovecos de la paleografía bíblica, a base de detalles y más detalles, la minuciosidad periodística no logra más que acentuar el carácter de intriga cuasi-policíaca de la novela y, más aún, de la serie de televisión.

Y eso no es nuevo en la producción literaria de Irving| Wallace. En 196% publicó su novela «El Promedio» (The Prize), que fue llevada a la pantalla por Mark Robson dos años después. En 1964 escribe «El Hombre» (The Man), llevada al cine por Joseph Sargent en 1972, acerca del conflicto político que desata la muerte de un presidente norteamericano, y la asunción al poder del presidente del senado, que se convierte en el primer presidente negro de los Estados Unidos.

De su amplia producción, hay que destacar sus cuentos, publicados en el «Reader’s Digest» y otras revistas, entre 1931 y 1953, y más recientemente su popular obra «The Book of Lists» (1977), y su novela IThe Second Lady» (1980).

Su temática y su estilo, revelan a un hombre preocupado con probar cuanto dice en su historia. Quizás su formación periodística, o su afición por la historia, le crearon cierta obsesión por la documentación y las pruebas, que pasan a ser un elemento dramático más. Y, por eso, sus obras se acomodan tan fácilmente al estilo y el tono policíaco de las series de televisión, donde el elemento informativo predomina sobre el elemento intimista.

El resultado es una novela floja, de escaso valor literario, aunque muchos lectores vean en «La Palabra» y sus frecuentes citas bibliográficas un elemento más de interés, que pone al alcance del «profano» los descubrimientos paleográficos.

La serie de televisión, sin embargo, no logra salvar la pobreza de la novela, y se reduce a la típica fórmula episódica de intrigas con uno que otro toque religioso.

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