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5 de enero 2026
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OpiniónOlmedo PinedaOlmedo Pineda

La Navidad alumbrada con lámpara de gas queroseno y lamparitas humeadoras: crónica de los años 60 en Santana, Tamayo

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En la comunidad de Santana de los años 60, en el corazón del suroeste dominicano, la Navidades no necesitaban electricidad para brillar. Bastaba la ilusión. Bastaba ser un niño de pocos años para sentir que diciembre era el mes más largo y más feliz del calendario, el tiempo en que la comunidad entera se vestía de esperanza y las casas se convertían en escenario de un acontecimiento esperado con paciencia y fe.

Mis padres como tantos otros se esmeraban en hacer de las fiestas navideñas algo memorable. No era una abundancia ostentosa, sino una celebración sentida, construida con sacrificio y amor. En cada hogar se repetía el mismo ritual: ropa nueva para los muchachos, zapatos relucientes, y la comida especial que solo aparecía en diciembre. El famoso lechón asado era el rey de la mesa, acompañado del pavo o el pollo, las golosinas para los niños y las bebidas reservadas para los mayores: el ponche crema de oro, el anís confite y los rones de variadas marcas que se descorchaban con respeto, como si también ellos supieran que era tiempo de fiesta.

En Santana no había energía eléctrica. La noche llegaba temprano y con ella el ingenio. Las casas se iluminaban con lámparas de gas con tubo, husmeadoras humeantes, jachos de cuaba o candelón que lanzaban sombras danzantes sobre las paredes. Aquella luz temblorosa no solo alumbraba los rostros; daba forma a los recuerdos. Bajo su resplandor, las risas parecían más intensas y las conversaciones más cercanas, como si la oscuridad obligara a juntarse un poco más.

La radio era el corazón sonoro de la Navidad. Desde un rincón de la casa, la música se colaba por puertas y ventanas abiertas, mezclándose con el olor del asado y el murmullo del vecindario. Sonaban las orquestas que marcaron época: Félix del Rosario y los Magos del Ritmo, Billo Caracas Boys, Johnny Ventura y su Combo Show. Eran canciones que invitaban a mover los pies descalzos sobre el piso de tierra o cemento, a aplaudir sin saber bien por qué, a sentir que la alegría también se aprende.

La música puertorriqueña tenía su lugar de honor. Llegaba por las ondas radiales como una visita querida, ampliando el horizonte sonoro de una comunidad pequeña pero abierta al Caribe. Aquellas melodías se quedaban en la memoria, igual que los coros repetidos una y otra vez, hasta volverse parte del habla cotidiana.

Así eran las Navidades de los años 60 en Santana: sencillas y profundas, comunitarias y luminosas aun sin bombillos. Eran fiestas hechas de gestos, de luces prestadas y de música compartida. Para un niño de pocos años, fueron maravillosas. Para el adulto que recuerda, siguen siendo una lección: que la verdadera Navidad no depende de lo que se tiene, sino de cómo se vive y con quién se comparte.

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