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1 de enero 2026
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OpiniónDamasco JiménezDamasco Jiménez

La muerte de Charlie Kirk: entre la libertad y la anarquía

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Si no estás preparado para morir por ella, saca la palabra «libertad» de tu vocabulario. Malcom X

La historia reciente nos recuerda que la lucha por los derechos humanos ha tenido momentos de profunda valentía. En Estados Unidos, la última gran batalla por la no discriminación, fue liderada por el doctor Martin Luther King Jr., quien murió joven, asesinado por defender la igualdad. Su vida estuvo marcada por la consigna volteriana de libertad de opinión, una idea que sigue siendo, todavía, incómoda para muchos.

En 2015, el ataque al periódico satírico francés Charlie Hebdo dejó 12 muertos y 11 heridos. El mundo se indignó. Pero hoy, frente a nuevas tragedias, esa indignación parece diluirse. Como dijo el filósofo José Pablo Feinmann, sobre el Holocausto: “No mataron a seis millones de judíos. Mataron a uno, y luego a otro, y luego a otro…” Cada muerte por causa de las ideas debe dolernos como única, irrepetible y profundamente humana.

La izquierda, que en los años 60 fue referente de libertad, pensamiento crítico y revolución ―al menos en teoría― hoy deja mucho que pensar. Algunos de sus representantes parecen tener la epidermis demasiado fina, incapaces de sostener el debate sin caer en la censura, en la exclusión o en el dogma. El maniqueísmo es su consigna.

Sabía muy poco acerca del joven asesinado recientemente en los EE. UU., pero al conocer su historia y su trágico deceso, me vino a la mente un mural de Banksy: un joven de rodillas, recitando una canción, y frente a él un fusil disparando sin piedad. Esa mañana, al abrir Instagram, vi reels que, en nombre de la inclusión y la libertad, justificaban el asesinato con gestos de burla, placer y odio. Sentí pena. Y pensé: quienes solo tienen la palabra para luchar, ¿cómo librarán esta batalla?

¿Podemos pensar con libertad en el siglo XXI?¿Está permitida la libre expresión?¿Podemos tener creencias propias sin ser cancelados, perseguidos o asesinados?

La sociedad moderna está mortalmente enferma, en el sentido que advertía Umberto Eco. La ética no depende necesariamente de la fe, sino del compromiso con el bien común y la dignidad humana. Hoy, en la prisa, la confusión y el caos de nuestros tiempos, se invierten los papeles, y así, quienes exigen una sociedad más laica, están dejando ver a los conservadores como los últimos defensores de la acción social concreta.

Debemos estar dispuestos a morir defendiendo el derecho al debate, a que las ideas puedan expresarse libremente, a que el único campo de batalla sea el diálogo. No hay que ser de izquierdas ni de derechas para entender que la libertad es el gran logro de la democracia, y que debemos luchar para que prevalezca. No es perfecta, pero sí perfectible.

Quienes buscan igualdad social e inclusión han pasado de ser objetos de derecho a convertirse en consumidores de derechos. Esta sociedad está dañada. Hay que estar mentalmente muy enfermo para celebrar una tragedia con mensajes de odio y alegría.

Necesitamos espacios donde todos seamos iguales, en igualdad de deberes y derechos. Necesitamos volver a creer en la palabra. Porque pensar en libertad no es un privilegio: es un deber y una urgencia.

 

 

 

 

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