RESUMEN
Justificar que la mejor obra del expresidente Leonel Fernández es la Constitución de 2010 implica reconocer no solo un texto jurídico, sino un acto de refundación institucional del Estado dominicano. La Carta Magna proclamada el 26 de enero de 2010 no fue una reforma ordinaria, sino un proyecto de país. Su concepción y proclamación marcaron el tránsito definitivo de un Estado legalista hacia un Estado Constitucional social y democrático de Derecho, con una nueva arquitectura institucional y una noción moderna de ciudadanía y derechos fundamentales.
La Constitución de 2010 sintetiza la visión filosófico-política de Fernández sobre el poder, el Estado y la democracia. Lejos de ser una mera reforma técnica, constituyó la materialización de su pensamiento reformista, inspirado en el equilibrio de poderes, la racionalización del presidencialismo y la afirmación de la dignidad humana como eje central del ordenamiento jurídico. Fue la Constitución del consenso, fruto de un proceso participativo y de diálogo político inédito en la historia constitucional dominicana.
En términos sustantivos, el texto constitucional introdujo transformaciones estructurales que cambiaron la fisonomía del Estado. Se reconoció, por primera vez, el “Estado Social y Democrático de Derecho” como forma de organización estatal; se amplió el catálogo de derechos fundamentales, incluyendo los derechos económicos, sociales, culturales y colectivos; y se creó un sistema robusto de garantías, encabezado por el Tribunal Constitucional, el Tribunal Superior Electoral y la Defensoría del Pueblo. Estas innovaciones consolidaron el principio de supremacía constitucional y fortalecieron la tutela efectiva de los derechos.
Asimismo, la Constitución de 2010 introdujo la figura del control difuso de la constitucionalidad, permitiendo que cualquier juez pueda inaplicar una norma contraria a la Constitución. Se fortaleció el Consejo Nacional de la Magistratura, ampliando su composición y transparencia en la designación de los jueces de las altas cortes. Se redefinió el Ministerio Público, se constitucionalizó la Junta Central Electoral y se reconoció la autonomía de órganos extrapoder como la Cámara de Cuentas, el Banco Central y la Junta Monetaria.
En el plano político, Fernández logró articular un texto que garantizara la gobernabilidad democrática, el equilibrio entre poderes y la profesionalización del servicio público. La Constitución de 2010 también redefinió la reelección presidencial, limitándola en su momento, con un espíritu de alternancia democrática y madurez institucional. Ninguna otra reforma constitucional había logrado conjugar, con tanta coherencia, la teoría política con la práctica del poder.
Desde la óptica del derecho comparado, la Constitución dominicana de 2010 se alinea con las cartas magnas más avanzadas de la región, como las de España (1978) o Colombia (1991), en cuanto a su estructura de derechos, su concepción del Estado social y la integración de mecanismos de control constitucional. Fernández, como jurista y estadista, supo proyectar una visión moderna del constitucionalismo dominicano, integrando tradición y modernidad, historia y futuro.
Esa obra constitucional trascendió su tiempo político. No se trató de una infraestructura física, sino de una obra moral e institucional. Mientras las carreteras y los edificios envejecen, la Constitución permanece como fuente de legitimidad, de orden y de justicia. Es, en definitiva, la obra que define el pensamiento político-jurídico de Leonel Fernández y lo inscribe en la historia nacional como el arquitecto del nuevo constitucionalismo dominicano.
Por todo ello, cuando Leonel Fernández afirma que su mejor obra es la Constitución de 2010, no incurre en vanidad, sino en verdad histórica. Ninguna otra acción de gobierno ha tenido un impacto tan duradero en la estructura institucional, en la protección de los derechos fundamentales y en la consolidación del Estado democrático. La Constitución de 2010 es, efectivamente, la obra maestra de un presidente que pensó el poder con inteligencia, lo ejerció con visión y lo transformó en legado.
Por José Manuel Jerez
