RESUMEN
La Marcha Verde en su identidad se presenta de entrada como un movimiento aparentemente horizontalizado y bajo la consigna central de lucha contra la corrupción y la impunidad.
Y así en apariencia se nos presenta como un movimiento espontáneo surgido de las entrañas de la sociedad y de la población, envuelto en múltiples colores y matices, que, a su vez, aparecen encartados en la hegemonía del color verde.
Este movimiento que implica la Marcha Verde se parece al movimiento de los indignados contra la globalización que tuvo como escenarios calles, avenidas, ciudades y países de Europa, repercutiendo también en grandes ciudades de Estados Unidos. Horizontalizado per se, aunque su mira inmediata no era la conquista del poder político en esas naciones.
A diferencia de aquel movimiento famoso de los indignados, que cobró fuerza y notoriedad en el contexto de la debacle económico- financiera mundial que eclosionó en el 2008, entre los objetivos de la Marcha Verde, aparentemente inocentes y no explícitos, aparece atiborrado y desdibujado el de la conquista del poder político de cara al 2020.
Los partidos y movimientos políticos que se cobijan bajo la bandera de la Marcha Verde han encontrado un campo propicio, el de la corrupción y de la impunidad, para galvanizar sus objetivos políticos cara al futuro inmediato.
La bandera de lucha que asume contra la corrupción y la impunidad le ha dado una vigencia y un protagonismo social a la Marcha Verde pocos vistos en las últimas décadas en el país.
La lucha contra la corrupción y la impunidad debe ser asumida por la población, independientemente de los partidos políticos y de sus direcciones hegemónicas, como expresión de una convicción firme e inconmovible de que los recursos públicos deben ser utilizados correctamente en la dirección de provocar el desarrollo y el progreso de la sociedad en una perspectiva multilateral, y no para propiciar el surgimiento de fortunas individuales colosales que son una criminal afrenta a la sociedad, para cuyos autores, además, no hay un régimen inevadible de consecuencias.
En la historia política contemporánea de la República Dominicana Juan Bosch, fundador del PLD, es el más grande referente moral y político de lucha incesante y permanente contra la corrupción tanto en los gobiernos de Balaguer, padre por antonomasia de la corrupción pública, y los gobiernos del PRD. Recordamos con añoranza los memorables y valientes álbumes de la corrupción que les sacó a los gobiernos del PRD de 1978 a 1986.
Ahora, Juan Bosch tenía la autoridad moral y la autoridad política o, mejor dicho, tenía la plena autoridad moral de que estaba revestido su liderazgo político para llevar a cabo esa lucha honorable, digna, honradora e incesante por la recomposición moral, social y política de la sociedad dominicana.
Y ese discurso, plenamente auténtico, contra la corrupción y la impunidad del Prof. Juan Bosch aunque le permitió al PLD crecer meteóricamente, esa no fue la motivación ni el fundamento del accionar moral de este gigante de la política dominicana que supo ejercer con dignidad un liderazgo moral ejemplarizante.
Quiéranlo o no los gestores de la Marcha Verde, Juan Bosch es el único referente histórico de lucha de verdad contra la corrupción que tenemos en la sociedad dominicana.
Si entre los gestores principales de la Marcha Verde están todos los partidos y movimientos políticos de la oposición, y sabemos que en todos los partidos de la oposición hay muchos ladrones y corruptos. Así el PRSC está descalificado totalmente hasta para asumir el discurso de la lucha contra la corrupción y la impunidad, y en el caso del PRM la mayoría de sus miembros, incluyendo sus principales dirigentes, vienen del PRD habiendo ejercido funciones de gobierno y de Estado y ellos están lacerados también por el síndrome de la corrupción y de la impunidad.
Y hay otros como los nuevos dirigentes de esas agrupaciones políticas y algunos de la izquierda que tienen hambre y sed de ejercer funciones públicas para amasar fortunas y riquezas, ilícita e ilegalmente, para ascender económica y socialmente. Verbigracia: La corrupción en los países gobernados por partidos de la nueva izquierda latinoamericana.
Si la Marcha Verde no se deshace o desliga a tiempo de esas profundas manchas o laceraciones morales que hay en su interior, no hay manera de que la Marcha Verde tenga un futuro promisorio cuando se quite la virginidad o la máscara y se convierta en un movimiento o en un partido político, y ello será así porque no será creíble por las contradicciones internas innegables que viene arrastrando desde su aparición hasta ahora.
Y esas contradicciones se expresan en inveteradas y encendidas disputas internas que se dan entre los partidos de la oposición por ver quíén se queda finalmente con la hegemonía o el control político de la Marcha Verde.
En otras palabras, la Marcha Verde tiene de entrada profundas limitaciones estructurales y morales internas para presentarle a la nación un liderazgo alternativo, creíble y confiable.
Pero a diferencia de los que dirigen realmente la Marcha Verde, Juan Bosch fue un pleno, total y permanente ejemplo de moralidad pública, tanto desde el ámbito del ejercicio del poder como desde el ámbito de la oposición en su rol de líder.
De todas maneras en los genes de la corta historia democrática dominicana, los liderazgos de los partidos y de los candidatos no se fraguan en un abrir y cerrar de ojos: el fenómeno Chávez, un salvador o redentor surgido al vapor, está prácticamente cerrado en la sociedad dominicana. Y esa lección deberían saberla los impulsores o promotores nacionales e internacionales de la Marcha Verde
Cuando la población esté totalmente enterada de quién o quiénes, extranjeros o nacionales, están financiando las actividades de la Marcha Verde, ese hecho mellará también, muy sensiblemente, la credibilidad de ese ensayo social. Estimo que la población se sentirá defraudada!
Independientemente de la Marcha Verde, lo cierto es que hay sectores de la población que se han empoderado y en los que ha tenido profundo y resonante eco el discurso de la lucha contra la corrupción y la impunidad.
Y cuatro hechos han contribuido de manera inevitable a este auge de la idea y del sentimiento creciente de lucha contra la corrupción y la impunidad: la corrupción creciente que hay en el gobierno de Danilo, el caso Odebrecht, las décadas de vigencia del imperio de la corrupción y de la impunidad en la sociedad dominicana y los niveles de complicidad del sistema de justicia dominicano con el régimen de la impunidad.
Con esa conciencia y ese sentimiento correctos de la población nadie debe ría estar en desacuerdo. Por primera vez amplios sectores de la población están ponderando seriamente el fenómeno de la corrupción y sus terribles, funestas y fatales consecuencias sobre la sociedad. Y todo parece indicar que a partir de ahora la corrupción y la impunidad estarán en la agenda electoral de la población como parámetros para medir a partidos y a candidatos.
El problema de la corrupción afecta sensiblemente a todo el sistema de partidos.
Yo creo que el PLD como partido, independientemente de que se revise y se reinvente o no, no debe echar al saco del olvido el legado moral del Prof. Juan Bosch.
Y si es así el PLD como partido no debe renunciar a su bandera histórica de lucha contra la corrupción, y hacer suya también, de manera sincera, la lucha de la población contra la corrupción y la impunidad.
Reconozco que el empeño y la consagración de Juan Bosch, en su magna tarea de transformación moral y política de los sectores de la pequeña burguesía que se dieron cita en el PLD, no produjeron los efectos buscados en algunos de sus dirigentes que simulaban ante Juan Bosch haber digerido e internalizado, material e intelectualmente, su paradigma político-moral que predicó con su ejemplo de vida.
Parecería un contrasentido pedirle al gobierno que atienda el reclamo de la población en cuanto al problema de la corrupción y la impunidad, porque el mismo gobierno está siendo profundo cuestionado como uno de los grandes responsables de esa problemática.
No solo el sistema de partidos debe hacer un mea culpa, sino que debe ser sometido a una cirugía total con miras a su reinvención. Y esa renovación tiene que hacerse con lo mejor, moralmente hablando, de las generaciones de ayer y de hoy.
Y creo en la posibilidad de esa regeneración moral porque la corrupción no es un problema congénito del ser humano, es decir, no es un problema hereditario o endémico que el ser humano tenga en sus genes.
Independientemente de que los partidos se reinventen o no, se regeneren o no, y con o sin Marcha Verde, lo cierto es que estamos conminados a emprender ya un largo y sostenido proceso de rescate de la institucionalidad en los partidos y de rescate y de fortalecimiento institucional del Estado, de tal manera que asumamos el sentido y la dimensión de un verdadero Estado democrático y social de derecho que nos sirva para ir limpiando y adecentando la Administración Pública.
Y ese rescate de la institucionalidad partidaria ha de implicar que de manera obligada, por mandato de la ley de partidos, los partidos tengan que abocarse cada cuatro años a renovar totalmente todas sus estructuras de dirección, única manera de garantizar la renovación de los liderazgos.
Y que todo el que se enriquezca, apropiándose de los bienes públicos, no importa cuál sea el partido que esté en el poder, sea sometido al fuego de la justicia y de la cárcel en una correcta y severa aplicación de la Constitución y de las leyes, de modo tal que los corruptos y los ladrones asuman y carguen con las consecuencias de sus actos ilegales e ilícitos.
POR VÍCTOR MANUEL PEÑA
