RESUMEN
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos de América (EE.UU.) asumieron la hegemonía global. Fue este país el arquitecto del orden internacional actual, tanto en lo institucional como en lo económico. A pesar de sus altibajos, la economía estadounidense se mantuvo como la más poderosa del mundo, basada en su Producto Interno Bruto (PIB), respaldada por el ejército más formidable y una influencia cultural que, hasta hace poco, era prácticamente indiscutible.
Tras la pandemia de COVID-19, una crisis cultural interna y una inflación persistente pavimentaron el camino para la reelección de Donald Trump en noviembre de 2024. Cuando asumió el poder en enero de 2025, la marca EE.UU. aún se percibía como sinónimo de fortaleza y confianza global. La inflación se había moderado, el crecimiento económico era sostenido, y los mercados bursátiles proyectaban un futuro sólido.
Pero en tan solo tres meses de gestión, el presidente Trump ha debilitado profundamente esa marca. Lo que tomó más de un siglo construir está siendo erosionado de manera alarmante. Con una política exterior errática y una visión transaccional y simplista del mundo, ha transformado a aliados históricos en competidores —e incluso en adversarios—, mientras dinamita las bases institucionales del propio sistema democrático estadounidense.
En el plano económico, su aplicación de aranceles generalizados, sin estrategia clara ni respaldo en teoría económica alguna, ha generado incertidumbre en los mercados globales. El comercio internacional se resiente, y la volatilidad de las bolsas refleja una pérdida de confianza generalizada.
Uno de los indicios más claros de este deterioro es la situación del mercado de bonos del Tesoro. Tradicionalmente considerados el refugio más seguro del mundo, estos instrumentos están perdiendo atractivo a medida que la comunidad internacional duda de la estabilidad y confiabilidad del gobierno estadounidense. Al mismo tiempo, el dólar —pilar del sistema financiero global— empieza a ceder espacio como moneda de reserva frente a alternativas que, hasta hace poco, parecían impensables.
La visión de Trump sobre las relaciones internacionales parece, por momentos, infantil. Cree que el mundo funciona únicamente a través de intercambios bilaterales o simples balances comerciales, ignorando las complejidades de la economía global. Irónicamente, muchos países que mantienen déficits comerciales con EE.UU. terminan comprando bonos del Tesoro con los dólares que acumulan, ayudando así a financiar el propio gobierno estadounidense.
Hoy, EE.UU. es percibido por muchos más como una amenaza que como un socio. Los principales tenedores de su deuda reevalúan sus posiciones y buscan alternativas más estables. La confianza, ese intangible tan preciado, se evapora rápidamente.
¿Está Trump preparado para reflexionar sobre el rumbo que ha tomado? ¿Cuánto tiempo llevará restaurar el espacio perdido y recuperar la credibilidad global? ¿Será este otro capítulo de quiebra en la historia personal y política de Donald Trump?
Por el bien de EE.UU. —y del mundo—, esperemos que no.
Por: Braulio Rojas.
