RESUMEN
Cuando fui Embajador ante la Santa Sede, un sacerdote conocido como Don Gino tenía una gran librería llamada la Leoniana, situada al cruzar la Plaza de San Pedro, en Roma.
En su última visita a Roma en julio del 2018 llevé al Doctor Leonel Fernández a conocerla.
Era uno de esos lugares donde el polvo de los libros se mezclaba con el rumor discreto de la Curia, con el paso silencioso de monseñores y diplomáticos, y con las conversaciones que solo se dicen en voz baja cuando se vive demasiado cerca del Vaticano.
Esta librería Leoniana era grande y para mi parecía infinita. En sus estantes se apilaban teología, filosofía, historia, política y esas obras raras que solo buscan quienes todavía creen que la cultura es una forma de salvación.
Don Gino me contó dos o tres veces la misma anécdota, y siempre la repetía con una mezcla de ironía y afecto.
Había sido ordenado sacerdote en Milán por el arzobispo Giovanni Battista Montini, quien años después sería el papa Pablo VI. Por esa razón lo trataba con familiaridad cuando Montini ya ocupaba la cátedra de Pedro.
Un día —me decía Don Gino— el Papa lo miró con esa expresión entre fatigada y lúcida que tenían los hombres acostumbrados a pensar demasiado, y le dijo:
«Ofrezca libros a los miembros de la Curia para que adquieran cultura. Son unos ignorantes».
Don Gino se reía cada vez que recordaba la frase.
Pero detrás de la ironía había una verdad profunda. Pablo VI era uno de los hombres más cultos que han pasado por el Vaticano en el siglo XX. Sabía que la Iglesia, para sobrevivir a los siglos, necesita algo más que administración y ceremonias: necesita inteligencia.
La Iglesia vive de la verdad.
Y la verdad, cuando desaparece la cultura, se vuelve frágil.
Durante siglos el cristianismo combatió una tentación que reaparece constantemente en la historia: el gnosticismo. La idea de que el mundo puede ser explicado completamente por un conocimiento reservado a unos pocos iluminados.
Los primeros cristianos lo combatieron con fuerza. Ireneo de Lyon lo denunciaba como una deformación del Evangelio. La fe cristiana no era una clave secreta para iniciados. Era una revelación abierta para todos.
Pero el gnosticismo no desapareció. Cambió de rostro.
Hoy reaparece bajo la forma del cientificismo, la pretensión de que la ciencia puede explicarlo todo: el origen del universo, el sentido de la vida, el bien y el mal, incluso el misterio de Dios.
Es una nueva gnosis.
No se presenta como religión, sino como conocimiento absoluto.
Y sin embargo sigue siendo una fe.
Una fe en la capacidad ilimitada de la razón humana.
La ciencia, en realidad, es muy joven. Apenas tiene cuatro siglos en su forma moderna. La humanidad tiene cientos de miles de años.
Durante la mayor parte de su historia el hombre ha buscado el sentido de la existencia en otros lugares: en la filosofía, en la religión, en la tradición.
La Biblia pertenece a ese horizonte más profundo.
Para el creyente no es simplemente un documento histórico. Es una palabra que atraviesa los siglos. Una verdad que no depende de la moda intelectual de cada época.
Por eso, cuando algunos intentan reducirla a objeto de laboratorio académico, se produce una paradoja curiosa: cuanto más se la analiza como simple texto antiguo, más se pierde su significado esencial.
La fe no nace del microscopio.
Nace del encuentro con el misterio.
En Roma siempre hubo conciencia de este problema. Durante años una revista, 30 Giorni, trató de reflexionar sobre estas cuestiones. Era una publicación singular, muy leída en la Curia y en las embajadas ante la Santa Sede. Su director, Giulio Andreotti, sabía que la Iglesia no vive aislada del mundo, sino dentro de sus conflictos culturales y políticos.
Allí se repetía con frecuencia una idea: el gran peligro de la modernidad no es el agnosticismo, sino el gnosticismo moderno.
No el que duda de Dios.
Sino el que cree haberlo reemplazado.
Porque el agnóstico admite un límite.
El gnóstico no.
Cree saberlo todo.
La historia de la Iglesia muestra que cada época tiene su propia tentación intelectual. El siglo XX conoció el relativismo, esa doctrina según la cual la verdad no existe y todo depende del punto de vista.
Durante décadas los papas advirtieron contra esa deriva.
Juan Pablo II lo hizo con una fuerza extraordinaria. Benedicto XVI habló incluso de la dictadura del relativismo.
Eran hombres formados en la gran tradición intelectual europea. Sabían que la fe cristiana no puede sobrevivir sin verdad.
Porque el cristianismo no es una emoción.
Es un acontecimiento.
Y los acontecimientos no cambian según las encuestas.
En los últimos años el clima cultural dentro de la Iglesia ha cambiado. El estilo pastoral, la comunicación, el lenguaje público han tomado formas más simples, más inmediatas, a veces marcadas por un tono populista que algunos identifican con la cultura política latinoamericana.
Para unos es cercanía pastoral.
Para otros es banalización.
La historia dirá qué significó realmente ese cambio.
Pero si Don Gino siguiera hoy detrás del mostrador de la Librería Leoniana, probablemente repetiría la frase que le dijo Pablo VI:
«Ofrézcales libros. Necesitan cultura».
Porque sin cultura la fe se vuelve sentimentalismo.
Y cuando la verdad se vuelve sentimental, termina por desaparecer.
Roma ha visto pasar imperios, guerras, ideologías y revoluciones.
La Iglesia permanece porque su fundamento no está en la inteligencia de los hombres, sino en algo más antiguo y más profundo.
Una verdad que no depende de las modas.
Una verdad que atraviesa los siglos.
