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17 de febrero 2026
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OpiniónMarino BerigüeteMarino Berigüete

La lealtad partidaria

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RESUMEN

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(La lealtad en política: ¿principios o hombres?)

Encerrado en mi biblioteca, mientras las horas de la tarde se deslizaban lentamente, escuché a un político declamar sobre la lealtad partidaria. Su discurso resonaba con las notas grandilocuentes de quien se cree en posesión de una verdad irrefutable, una verdad tan absoluta que exige obediencia sin cuestionamientos. Me detuve a reflexionar: ¿qué significa realmente la lealtad en política? Y, sobre todo, ¿a quién o a qué debe dirigirse esa lealtad?

Abandoné hace mucho tiempo la afiliación partidaria. Decidí no ser borrego.  Mi decisión no fue fruto de un arrebato ni de un acto de rebeldía juvenil, sino del desencanto metódico y pausado que provocan los años. Con el tiempo, la política me pareció una arena donde los ideales eran sacrificados con la misma facilidad con la que los gladiadores caían bajo el filo de una espada romana. Decidí retirarme a observar desde la distancia y la academia, y en esa distancia he encontrado una claridad que no es otra cosa que la simple constatación de un hecho: en política, la lealtad es una moneda de doble filo.

La pregunta fundamental es esta: ¿en política debemos ser leales a los hombres o a los principios? Un político puede, en un momento dado, encarnar los ideales de su partido, pero ¿qué ocurre cuando se aleja de ellos? El poder, esa droga tan dulce como corrosiva, tiene una capacidad extraordinaria para transformar a los hombres. Lo que comienza como un juramento solemne de servicio al país y a los principios democráticos termina, con frecuencia, en una orgía de privilegios y corrupción y es ahí donde quiero detenerme, cuidado, cuidadito, con replicar el pasado político reciente.

Pero sigamos con el análisis, hay quienes justifican la lealtad a estos hombres por conveniencia o pragmatismo. “Es nuestro líder”, dicen, como si esa posición confiriera una infalibilidad moral. Pero ¿es razonable mantener la lealtad cuando las acciones del líder traicionan los principios que alguna vez juró defender? La respuesta, creo, es no. La política sin principios es un azote, un látigo lleno de maldad que azota no solo a sus adversarios, sino también a quienes juraron seguirlo ciegamente.

En nuestra historia —y aquí no me refiero únicamente a mi país, sino a la historia universal—, las grandes tragedias políticas han surgido de la ciega lealtad a los hombres. Los dictadores, los tiranos y los déspotas no nacen como tales; son moldeados por los incondicionales que los rodean, por la masa aduladora que confunde lealtad con servilismo. Los principios, en cambio, no corrompen. Los principios, si son genuinos, exigen integridad y sacrificio, y es precisamente esa exigencia la que asusta a tantos políticos.

Los efectos de esta lealtad equivocada son devastadores. Pensemos en la corrupción: cada centavo robado por un político corrupto no es solo una cifra en un informe fiscal; es una cama de hospital que no se construye, un maestro que no recibe su salario justo, un niño que se queda sin acceso a la educación. La deslealtad a los principios tiene un costo humano que, aunque no siempre se ve, siempre se siente años después.

El poder, decía Lord Acton, corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero esa corrupción no surge en el vacío; se alimenta de las pequeñas lealtades cotidianas que, sumadas, construyen una estructura de impunidad. Cada vez que un político se aparta de los principios y no encuentra resistencia, cada vez que la lealtad al hombre supera la lealtad al ideal, el sistema político se degrada un poco más.

En ese sentido, la lealtad en política debería ser selectiva. Debería dirigirse únicamente a los principios, a esas ideas que trascienden a los hombres y que constituyen la esencia misma de una sociedad civilizada. ¿Es esto idealista? Probablemente. Pero el idealismo, al contrario de lo que muchos creen, no es un defecto en política; es una brújula en un proceso electoral.

Pero el problema de la lealtad en política no se limita a los políticos; también involucra a los ciudadanos. En una democracia, los políticos no son otra cosa que el reflejo de la sociedad que los elige. Si hoy en día encontramos una clase política que parece más interesada en la fama efímera de YouTube que en la profundidad de las ideas, ¿no es acaso porque hemos permitido que nuestra cultura se deslice hacia la superficialidad?

Por eso no acaba de entender la forma de promoverse de:

Carolina Mejía, Yayo, David Collado y Omar Fernández, no son, al menos hoy en día precandidatos de ideas sino están montado en una ola del Marketing político, como si fueran pasta dental, pero ellos están a tiempo de cambiar, ahora bien escuchen a Guido, y notaran que hay una diferencia de pensamiento abismal.

En siglo pasado, los políticos eran figuras respetadas, hombres y mujeres cuya palabra tenía peso porque estaba respaldada por una vida de coherencia y sacrificio y con formación académica. Pero hoy, ¿qué tenemos? Después de la muerte de Balaguer, Bosch, Peña Gómez. Una clase política que parece obsesionada con acumular privilegios, una generación emergente que confunde popularidad con liderazgo, y un electorado que, cansado y desilusionado, ha bajado tanto sus expectativas que ya no exige excelencia, sino mera competencia, por eso cada día hay una baja en el porcentaje de votantes.

No podemos seguir con un Estado, como bien apuntó alguna vez Max Weber, proveedor de privilegios para una élite. Si los políticos quieren recuperar la confianza del pueblo, deben empezar por reducir sus beneficios y someterse a los mismos estándares que cualquier ciudadano común. No se trata de empobrecerlos, sino de devolverles la dignidad. Porque un político honesto no solo merece un salario justo, sino también el respeto y la admiración de la sociedad.

Al final de este ejercicio de esta reflexión, vuelvo a la pregunta inicial: ¿hacia dónde debe dirigirse la lealtad partidaria? Mi respuesta, querido lector, es esta: la lealtad debe dirigirse hacia los principios. Esos principios, cuando son verdaderos, nos guían en los momentos más oscuros y nos recuerdan que la política no es solo el arte de lo posible, sino también el arte de lo necesario y lo justo.

Cuando los partidos políticos exigen lealtad ciega a sus líderes, no están promoviendo la unidad; están cultivando el servilismo. Cuando los ciudadanos aceptan esa lógica sin cuestionarla, están renunciando a su papel como guardianes de la democracia. La lealtad, en su forma más pura, no consiste en seguir a un líder a cualquier costo, sino en permanecer fiel a los valores que nos definen como sociedad.

Hoy, más que nunca, necesitamos una política de principios. Necesitamos líderes que entiendan que el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para servir al bien común. Y necesitamos ciudadanos que exijan esa calidad de liderazgo, que no se conformen con menos y que entiendan que la lealtad verdadera, como la libertad, siempre tiene un precio.

Hasta el próximo artículo…

Por Marino Berigüete

Poeta, escritor.

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