RESUMEN
En los últimos años, hemos visto cómo la juventud explora nuevas formas de identidad, algunas tan disruptivas como el fenómeno therian, donde jóvenes se identifican espiritualmente o culturalmente con animales. Más allá de lo anecdótico, este hecho es un llamado a la reflexión: ¿qué estamos ofreciendo como sociedad que lleva a nuestros jóvenes a buscar respuestas en espacios alternativos, fuera de los marcos institucionales?
La juventud dominicana, como la de muchos países, se encuentra en una encrucijada. Frente a discursos oficiales que prometen oportunidades, lo que reciben en la práctica es incertidumbre, falta de visión y ausencia de objetivos concretos. En ese vacío, emergen expresiones culturales y espirituales que, aunque puedan parecer marginales, son en realidad un espejo de nuestras carencias colectivas.
El fenómeno therian no debe ser ridiculizado ni ignorado. Es un síntoma de que los jóvenes buscan autenticidad, pertenencia y claridad en un mundo que les ofrece más promesas que proyectos. Si las instituciones educativas, políticas y sociales no logran articular una visión coherente, la juventud seguirá fragmentándose en identidades dispersas, sin cohesión ni proyecto común.
La pregunta es inevitable: ¿qué estamos produciendo como sociedad? Si lo que ofrecemos es incertidumbre, discursos vacíos y promesas sin respaldo, no podemos sorprendernos de que los jóvenes busquen respuestas en lo instintivo, lo natural, lo alternativo. La realidad therian es, en ese sentido, un llamado urgente a repensar nuestras políticas juveniles, nuestra cultura de valores y nuestro compromiso con el futuro.
No se trata de juzgar a la juventud, sino de reconocer que su búsqueda es legítima y que refleja nuestras propias fallas. La sociedad dominicana necesita asumir con seriedad que el futuro no se construye con improvisación, sino con visión clara y objetivos concretos. De lo contrario, seguiremos viendo cómo los jóvenes se refugian en símbolos que, aunque auténticos, revelan la ausencia de un proyecto nacional capaz de inspirarlos.
Y aquí entra la familia. La Constitución reconoce a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, y sin ella, las instituciones carecen de base para aplicar políticas sociales de juventud. Si la familia abdica de su rol formador, ningún ministerio ni programa estatal podrá suplir ese vacío. La juventud necesita referentes claros, y esos referentes se construyen primero en casa. Solo con familias fortalecidas podremos aspirar a políticas juveniles coherentes y a un proyecto nacional que inspire a las nuevas generaciones.
Por José Alberto Blanco
