RESUMEN
“El costo de gobernar sin depuración. Es cuando los errores se trasladan, y no se corrigen”
“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, advirtió Lord Acton. No es una frase del pasado; describe una falla vigente. Las democracias no suelen colapsar de golpe. Funcionan, recaudan y ejecutan. Pero pueden fallar en algo esencial, como es corregirse a sí mismas. Ese es el problema. No se trata solo de corrupción visible ni de errores aislados. Lo que se observa es un sistema que detecta fallas, las expone e incluso sanciona algunas, pero no se transforma en su raíz.
El reciclaje de la incompetencia dentro del aparato estatal se ha vuelto evidente, y, convertido como una práctica preocupante, ya que lejos de depurar, se trasladan esas debilidades de un espacio a otro, muchas veces hacia áreas técnicas, económicas y recaudadoras.
En ese contexto, el problema se vuelve estructural. Ya que son esas áreas las que sostienen la operatividad del Estado. De su eficacia dependen la estabilidad financiera y la ejecución de políticas públicas. Sin embargo, no siempre están ocupadas bajo criterios estrictos de idoneidad.
Esto produce entonces una distorsión, debido a que lo que exige mayor rigor técnico termina siendo gestionado con menor exigencia profesional. La incompetencia deja de ser excepcional y pasa a tolerarse, y verse como normal.
Es una aplicación perceptible. Cuando decisiones mal sustentadas llegan a espacios donde se administran recursos, controles o procesos de recaudación, el impacto se traduce en menor calidad del gasto, debilidad en la fiscalización y pérdida de confianza.
A esto se suma la arrogancia en el poder. “El orgullo precede a la destrucción, y la altivez de espíritu a la caída” (Proverbios 16:18). Cuando no se escucha la crítica, el error se repite.
Si lo vemos desde la teoría del Estado, Max Weber sostenía que la administración pública debía basarse en la competencia técnica. Cuando este principio se debilita, el sistema no se detiene, pero se deteriora.
La paradoja es que el Estado sigue funcionando, pero se desgasta. No hay ruptura inmediata.
Hay una degradación progresiva que se vuelve costumbre. Como advertía Norberto Bobbio, el desafío de la democracia es controlar el poder. Cuando ese control falla, la democracia mantiene su forma, pero pierde contenido. El problema no es solo quién llega al poder, sino qué ocurre después. Cuando la incompetencia no tiene consecuencias, cuando los errores no corrigen conductas, cuando las fallas se trasladan, el sistema deja de aprender. Y cuando un Estado deja de aprender, comienza a repetir. El riesgo no es el escándalo de hoy. Es la costumbre de mañana.
Por: José Peña Santana.
