Existe una antigua sabiduría, tejida en el tejido de la fe y la filosofía perenne, que advierte sobre los peligros de la trasgresión existencial: el acto de ocupar un lugar, un rol o un destino que fundamentalmente no nos corresponde. Esta no es una simple cuestión de etiqueta social, sino una profunda violación del orden natural o, desde una perspectiva de fe, un desafío directo a la voluntad divina.
El ser humano, impulsado por la ambición, la impaciencia o la soberbia, a menudo intenta «doblar» el destino a su antojo. Nos convencemos de que nuestra fuerza de voluntad es suficiente para reescribir el guion que, quizás, fue trazado con un propósito superior. En el momento de la usurpación —cuando tomamos las riendas de una vida que no es la nuestra o asumimos un poder que no nos pertenece— experimentamos una euforia embriagadora. Es una victoria pírrica, un espejismo de poder. Creemos que hemos «ganado», que hemos superado las limitaciones impuestas por el cielo o la naturaleza.
Sin embargo, esta aparente victoria es, en esencia, la génesis de una derrota monumental. La Leyenda sugiere que cada acción fuera de nuestro propósito genera una disonancia, un desequilibrio que eventualmente cobra su precio. Al ocupar un trono que no es el nuestro, desatendemos el jardín que sí se nos confió. Las consecuencias son multifacéticas: la paz interior se esfuma, las relaciones se vuelven forzadas, y la realización personal se convierte en una meta inalcanzable, porque estamos buscando agua en un desierto que nosotros mismos creamos.
La enseñanza profunda de este dilema es que la verdadera paz y el propósito no se encuentran en la apropiación, sino en la aceptación humilde de nuestro camino auténtico. Quien cree ganar al torcer la voluntad de Dios, o al intentar ser quien no es, no está más que construyendo su propia cárcel dorada, una donde la corona es pesada y la soledad es la única compañera. La verdadera sabiduría reside en la distinción entre lo que deseamos y lo que nos corresponde por designio, pues solo en nuestro lugar verdadero florecemos.
Por Hamlet Hilario
