RESUMEN
A Esther Margarita Díaz, amiga de una profunda espiritualidad cristiana
No soy profeta. Ni en mi propia tierra ni en la tierra de nadie. No divulgo avisos ni anuncio tempestades. Sólo escribo, sólo pienso.
Si corre la sangre, escribo en rojo; si se oyen lamentos, pronuncio gritos luminosos, palabras de mañana. Pero no soy profeta. Ya lo dije: ni en mi propia tierra ni en la ajena.
Una luz oscura, como un anillo negro, como una tragedia cortante, se cierne, mordaz, sobre las cosas, en torno a todo. El círculo se cierra, hay acercamiento de los extremos y el hombre se olvida de sí mismo. Hay una luz, que no es luz, que lo está envolviendo todo. El hombre oscuro, de hoy, de oscuridad latente, devora laberintos, pozos de silencio. Esa luz que no es luz pronostica turbulencia, inversión de las cosas. Pero el hombre no oye, no ve ni oye nada.

El gran día de su ira (1851), del pintor británico John Martin (1789-1854).
Pasan las horas, los días. Todo marcha de prisa: años y siglos, el aire puro y el amor. Todo pasa galopando. Pasa la paz y la guerra no pasa, ni pasa el odio: el tiempo se ha invertido contra los hombres. ¡Qué tiempo tan a destiempo vive el hombre de hoy! Nunca el tiempo fue tan apocalipsis como ahora ni el génesis antes estuvo tan lejano. Todos los pasos, los de ayer, los de hoy, se esfuman, se van. Hay un alejamiento total, abismal, y el hombre, diminuta esfera radiante, se apaga ya, se va perdiendo. El hombre, su laberinto y su nada: sólo un ¡ay! silencioso quedará.
A través de los siglos una eterna ruta de desaliento ha recorrido el hombre. Decir que hoy, que ayer, que mañana el hombre morirá,
es como decir NADA. Alguna huella de nada quedará alguna vez, algún quejido en el aire vagará. Jorge Luis Borges, con su desbordante genialidad, ya ha sentenciado: «Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima».* Y yo, inmortal viajero del tiempo, pregunto: ¿será que el tiempo de morir ha llegado, que sólo esperamos el toque final de las campanas? La voz del rocío, con su humedad luminosa, no se oye sonar, como antes, ni en las hojas ni en los estanques. ¿Será que ha llegado
el momento cumbre de la angustia milenaria, del lamento profundo de la vida? ¿Será acaso eso? ¿Será?
Todo es un enigma. ¿Quién pensará, ahora, en este tiempo de apocalipsis, dar marcha hacia atrás, volver la vista como la mujer de Lot? ¿Quién querrá volver al génesis, al inicio de todo, en este tiempo en que todo se esfuma y se desangra el viento? ¿Quién osará retornar a cero, comenzar a contar el tiempo del hombre? ¿Quién, díganme quién cerrará la última ventana de esta casa que se va, que no dejará huella en el cosmos, que vagará fragmentada en el tiempo, en el recuerdo? ¿Quién, quién será el último en partir hacia la nada, hacia lo que no tendrá memoria?
¡Ay! Siento pasos en mi alma como potros de la guerra. ¡Qué intensa agonía nos aguarda fríamente! Yo no soy el único culpable,
pero llevo en mí la semilla de la causa y dudo mucho que otros vengan y digan lo mismo que yo. El individualismo, como afilado cuchillo de muerte, hará sangrar la vida y no podrá el hombre hacer ya nada, porque todo ya fue escrito y lo que tendrá que ser será y lo que debió ser ya fue.
En medio de un extravío oscuro vive el hombre desde hace siglos. Extravío rumoroso visitándonos, olas de huesos calcinados como angustiosos serafines de la noche. No hay declive de sonrisa inevitable. Toda la crisis, todo el desamor, el desaliento, y el problema social siglo XXI y el Apocalipsis precipitándose —afuera, adentro— a pesar del deseo contrariado de San Juan; pero remotas posibilidades de morir en el agua navegan en el fuego de la muerte impredecible, segura. Extravío rumoroso visitando la luz y agigantando la sombra. !Todo!
También en medio de un constante caos vive el hombre. Como una envolvente locura se levanta este mundo de hoy; como un laberinto atroz y frío —que ya no entiendo— se lanza hacia la sombra este mundo terrestre que me sabe y me huele a final. La sombra compite con la luz: vuela la luz y se interpone la sombra, como augurio atroz en la noche. El silencio ya no calla su dolor y en cada porción de pena humana va quedando su huella. Vuela el viento y sus alas rotas se deshacen girando y el rodar de hojas en la nada sólo se aposenta en mi alma, sólo se oye en mi muda soledad. Vuela la luz y pasan las sombras.
Viendo el acontecer de cada día es imperativo volver a leer el Apocalipsis y sus tenebrosas profecías. Son múltiples y confusas las interpretaciones. Esta es la nuestra —y quizá desde una perspectiva bíblico-poética—: se elevarán las nubes de cristal y se hará más largo el silencio. La paloma evadirá su propio vuelo y el viento temerá dejarse sentir. Correrá fuego o mentira en vez de agua por los ríos y el mar se morirá de sed, quemado. Se oirá el aullido de las piedras y los niños pagarán por su inocencia. No habrá canto de sirena y la mudez del tiempo peinará la tierra. Los colores se fundirán en uno: sólo elegiremos el rojo-sangre, el rojo-llanto. Se dejará vencer la luz por las tinieblas y el dragón de la inclemencia asomará su lengua: todas las horas serán nocturnas y la sombra arrojará el día, el sol. Seremos piedras ardientes, quemantes, navegando, abatidas, en la pureza del fuego.
En vista de que es indetenible la absurda autodestrucción de la humanidad, el día final habrá de llegar. ¿Apagará el mar el fuego cuando se instale en nuestras casas la profecía? ¿No morirá quemado él cuando el día oscuro llegue, cuando el Apocalipsis nos devore? ¿Perderá su azul el mar el día último del hombre? Sospecho que él lo presiente. Ya sé por qué a veces llora el mar.
No tengo duda alguna —a diario lo compruebo en la agresiva y desesperada actitud de la gente que pasa con su prisa, como sin un claro destino—: LA HUMANIDAD ATRAVIESA POR UN LABERINTO APOCALÍPTICO. ¿ACASO LO SABE ELLA?
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*En su relato «Deutsches Requiem» (El Aleph, 1949).
Por Miguel Collado
