RESUMEN
Hemos construido puentes sobre un abismo,
paredes blancas que prometen amparo,
salas llenas de esperanza y de miedo.
La guardia en la emergencia es el último refugio,
donde la vida y la muerte negocian sin descanso.
El dolor, ese síntoma fisiológico que grita desde el cuerpo,
y el sufrimiento, esa sombra más profunda que nace del alma,
convergen afectándonos a todos en la guardia,
un espacio donde nuestros cuerpos y espíritus
se encuentran vulnerables.
El médico de emergencias lo sabe, lo siente,
cada mirada perdida y cada susurro ahogado
nos recuerda que aquí no solo curamos heridas;
aliviamos el dolor y sufrimiento.
En la guardia no hay pausas,
no hay minutos para mirar al cielo.
Un reloj que siempre marca tragedias,
un recordatorio cruel del límite humano.
Los médicos de emergencias vivimos menos,
nos quemamos más rápido, desgastados por la carga
de cuerpos rotos, gritos ahogados,
de vidas que se escapan entre nuestros dedos.
Y en este escenario de dolor y valentía,
quienes miramos a la muerte a los ojos y le decimos hoy no,
quienes conocemos el olor de la sangre de extraños,
quienes enfrentamos el dolor de los seres queridos de muchos,
parecemos valer menos que aquellos
que, desde lejos y sin asumir el riesgo,
disfrutan de márgenes cómodos y poder absoluto.
La emergencia es el teatro más cruel de todos,
donde la humanidad se desviste sin prejuicios.
Somos la red de seguridad de un sistema fracturado,
Los recursos nunca bastan, pero nosotros siempre presentes
pagamos el precio de profusas negligencias.
Un día, tal vez, nuestras voces no se pierdan
entre burocracias, estadísticas y balances vacíos.
Quizás ese día el peso de nuestras vidas
valga tanto como las que buscamos salvar.
Y en ese momento, la guardia
será menos brutal, menos eterna,
más humana y justa para todos.
