RESUMEN
Por décadas, la gestión agropecuaria en la República Dominicana ha estado marcada por un enfoque operativo: producir más, distribuir insumos, construir infraestructura y responder a coyunturas. Este modelo, reflejado en los instrumentos de planes operativos, ha permitido avances importantes en términos de producción y seguridad alimentaria. Sin embargo, también evidencia una realidad que ya no podemos ignorar: el sector agropecuario dominicano necesita evolucionar, no en cantidad de acciones, sino en calidad de gestión.
Considero que el principal desafío del sector no es técnico ni presupuestario. Es, fundamentalmente, un problema de modelo de gestión.
Un modelo que produce y transforma
El actual enfoque institucional sigue centrado en variables como tareas sembradas, kilómetros de caminos construidos o quintales producidos. Estos indicadores son necesarios, pero insuficientes. Miden actividad, no impacto.
La pregunta clave que debemos hacernos es: ¿estamos produciendo más valor o simplemente más volumen?
Porque producir más sin mejorar la rentabilidad del productor, sin reducir pérdidas, sin fortalecer la comercialización o sin aumentar la competitividad internacional, no transforma el sector; solo lo mantiene en movimiento.
La fragmentación
Uno de los principales problemas estructurales es la dispersión institucional. El sistema agropecuario dominicano está compuesto por múltiples entidades que operan con relativa autonomía, lo que puede generar duplicidades, ineficiencias y, en muchos casos, falta de coordinación estratégica.
Esto no es un problema menor. En términos de gestión, significa que el Estado no estaría actuando como un sistema, sino como un conjunto de partes desconectadas.
Y en un contexto global donde la competitividad se basa en integración, información y velocidad de respuesta, esta fragmentación se convierte en una desventaja estructural.
La transformación que necesitamos no implica hacer más de lo mismo, sino cambiar el rol del Estado en el sector agropecuario.
El Ministerio de Agricultura debe dejar de ser principalmente un ejecutor de programas para convertirse en un articulador estratégico del sistema agroalimentario nacional.
Esto implica coordinar actores públicos y privados, generar inteligencia de mercado, integrar información en tiempo real, diseñar políticas basadas en evidencia y facilitar el acceso a mercados, no solo a insumos.
En otras palabras, pasar de un enfoque de intervención a uno de orquestación.
La urgencia de una gestión basada en datos
Hoy, la agricultura moderna no se define solo por tractores o fertilizantes, sino por datos. Información sobre clima, suelos, precios, mercados, logística y riesgos.
Sin embargo, seguimos operando con información fragmentada, muchas veces desactualizada, y sin sistemas integrados de toma de decisiones.
Uno de los síntomas más evidentes de esta fragmentación es la debilidad de los sistemas de información. Cada institución produce datos —sobre producción, precios, clima, financiamiento o beneficiarios— pero estos sistemas no dialogan entre sí. No existe una arquitectura nacional de datos agropecuarios verdaderamente integrada, lo que impide construir una visión completa, actualizada y confiable del sector.
Un sistema agropecuario moderno requiere plataformas digitales integradas, georreferenciación de la producción, monitoreo en tiempo real y modelos predictivos para anticipar crisis.
No se trata de incorporar tecnología por moda, sino de utilizarla para tomar mejores decisiones.
La calidad de los datos es otro pilar fundamental. Instituciones como el Banco Central de la República Dominicana y la Oficina Nacional de Estadística ofrecen estándares sólidos, lo que constituye una base para elevar la confiabilidad del sistema agropecuario. Una gestión moderna requiere que todos los actores utilicen metodologías armonizadas, reduzcan el uso de estimaciones no verificadas y fortalezcan los mecanismos de validación de información.
La verdadera transformación va de la producción a la cadena de valor
Otro punto crítico es el enfoque productivista. Históricamente hemos medido el éxito del sector por cuánto producimos. Pero el mercado no premia la cantidad, sino el valor.
El futuro del agro dominicano está en fortalecer toda la cadena producción eficiente, procesamiento, logística, comercialización y exportación.
El productor no debe ser visto solo como alguien que siembra, sino como un agente económico que participa en un sistema de generación de valor.
Una nueva métrica del éxito
Si queremos transformar el sector, debemos cambiar lo que medimos. No basta con saber cuántas tareas se sembraron. Necesitamos saber cuánto gana el productor, cuánto se pierde en la cadena, cuánto cuesta llevar un producto al mercado, qué tan competitivo es frente a importaciones, y qué retorno genera el gasto público.
Lo que no se mide correctamente, no se puede gestionar bien.
La modernización del sector agropecuario no se logrará únicamente con más tecnología, más financiamiento o más proyectos. Se logrará cuando cambiemos la forma en que pensamos la gestión.
El país ha avanzado. Tiene una base institucional, recursos y experiencia acumulada. Pero el contexto global exige un salto cualitativo.
El verdadero reto no es producir más alimentos, sino construir un sistema agropecuario inteligente, integrado, competitivo y sostenible.
Un sistema donde el Estado no solo actúe, sino que piense estratégicamente. Donde el productor no solo sobreviva, sino prospere. Y donde la política agropecuaria deje de ser reactiva para convertirse en transformadora. Ese es el cambio que debemos impulsar.
Por: Wellington Rosario, economista.
