RESUMEN
La Generación Z ha dejado claro, dentro y fuera de nuestras fronteras, que no está dispuesta a esperar mientras otros deciden el rumbo de sus países. No se trata únicamente de jóvenes con aspiraciones globales: representan entre el 25 % y el 30 % de la población mundial, cerca de 2.5 mil millones de personas que ya influyen en la política, la economía y la cultura contemporánea. Las cifras lo evidencian. Según IPSOS, en un análisis realizado en 29 países, el 29 % de la población pertenece a esta generación. A esto se suma que el 32 % participa activamente en causas sociales, que el 51 % ha formado parte de manifestaciones públicas y que el 36 % ha tomado acciones políticas directas, mientras la mitad utiliza de forma constante las redes sociales para amplificar movimientos y debates públicos. Estamos frente a una generación con convicciones sólidas, dominio del entorno digital y un marcado sentido de justicia social.
Durante los últimos años, diversas naciones han presenciado movilizaciones encabezadas por la Generación Z, confirmando su capacidad de organizarse y ejercer presión social. Países como Nepal, Madagascar, Marruecos, Paraguay, Togo, Kenya, Perú e Indonesia han visto surgir movimientos juveniles con una fuerza que trasciende fronteras y demuestra que esta generación no permanece indiferente cuando percibe que no es escuchada. Se trata de un fenómeno global, de una generación dispuesta a reclamar su espacio con determinación.
La República Dominicana no es ajena a esta realidad. Vivimos un momento decisivo en el que la brecha generacional se amplía cada vez que las decisiones públicas se toman sin considerar la voz de quienes conforman el segmento poblacional de mayor crecimiento. Cuando la juventud no se siente incluida, el resultado no es únicamente desinterés: es una desconexión institucional capaz de generar tensiones sociales, tal como ha ocurrido en otros lugares del mundo. Integrar a la Generación Z en los espacios de poder no debe verse como un gesto simbólico, sino como una necesidad estratégica para garantizar estabilidad y progreso. Implica abrirles participación real en comités de políticas públicas, asegurar que sus propuestas tengan vías claras de avance y actualizar nuestras instituciones con la visión global, la mentalidad digital y la orientación al impacto que caracteriza a esta generación. Sobre todo, exige reconocer que la Generación Z no quiere ser futuro porque ya es presente. Y tiene toda la intención de construir, aportar y transformar desde ahora.
La Generación Z tiene números, tiene voz y tiene acción. El mundo ya ha mostrado lo que ocurre cuando su perspectiva no es tomada en cuenta. La República Dominicana tiene la oportunidad de aprender de esas experiencias y actuar antes de que la desconexión juvenil se traduzca en distancias difíciles de cerrar. Escuchar a la juventud no solo fortalece nuestra democracia: construye un país más justo, innovador y resiliente, donde la energía, la creatividad y el compromiso de los jóvenes se convierten en motor de progreso y esperanza para todos.
Por: Vicente Sánchez Henríquez.
