RESUMEN
• Porque la universidad es otra cosa
En una reciente actividad académica escuché, con legítimo asombro, a un reputado profesor afirmar la “relatividad” de la relación entre filosofía y solidaridad. Tal planteamiento, más que provocar una simple discrepancia conceptual, invita a una reflexión de mayor calado, sobre todo en un contexto universitario donde la palabra —y el pensamiento— tienen consecuencias éticas, pedagógicas y sociales.
La filosofía, desde sus orígenes, no ha reconocido fronteras. Su vocación es universal, su horizonte es común y su ejercicio, cuando es auténtico, se convierte en un puente entre la comprensión humana y la transformación de la vida concreta. Por eso resulta difícil aceptar que la filosofía pueda desvincularse de la solidaridad, pues ella misma es una práctica racional que se orienta hacia el bien, la justicia y la dignidad de las personas.
Si la solidaridad tiene que ver con el reconocimiento del otro como sujeto de valor, la filosofía es —o debería ser— la vía expedita que permite comprender por qué ese reconocimiento es necesario. Ambas se entrelazan en la construcción del “nosotros”, en la interpretación crítica de los males comunitarios y en la búsqueda de soluciones que alivien las precariedades de quienes carecen de educación, salud, vivienda o alimentación digna. No hay filosofía que se respete que permanezca indiferente ante tales realidades.
La hermenéutica filosófica —su dimensión interpretativa— abre la posibilidad de comprender al ser humano sin prejuicios de origen, raza, condición económica o afiliación política. Este es el fundamento que permite que la solidaridad trascienda el mero acto emotivo y se convierta en una responsabilidad ética, deliberada y consciente. La universidad, como espacio de pensamiento crítico, tiene la obligación de cultivar esa convergencia entre reflexión y compromiso humano.
En un tiempo marcado por desigualdades crecientes, la filosofía vuelve a recordarnos que el pensamiento no es un lujo contemplativo, sino una herramienta de transformación. Y la solidaridad, lejos de ser una concesión voluntaria, se convierte en el correlato práctico de toda filosofía que asume seriamente su función civilizadora.
Porque, al final, la universidad es otra cosa: es el lugar donde pensar y servir no se contraponen, sino que se exigen mutuamente.
Por Dr. Pablo Valdez
