RESUMEN
“El cooperativismo no es solo una forma de organizar la economía, sino una manera de vivir la fe, poniendo al ser humano por encima del capital y al bien común por encima del interés propio.”- Anónimo
El cooperativismo no es solo un modelo económico ni una forma alternativa de hacer negocios. Es, ante todo, una filosofía de vida, una manera ética y solidaria de organizar la economía, el trabajo y las relaciones humanas. En un mundo marcado por el individualismo, la acumulación desmedida y la competencia sin límites, el cooperativismo se levanta como una propuesta profundamente humana, social y espiritual, con raíces que conectan de forma natural con los valores del cristianismo.
Comprender la filosofía cooperativa implica mirar hacia su origen, entender sus fundamentos doctrinales, conocer sus dogmas y asumir con responsabilidad sus siete principios universales, los cuales no solo regulan su funcionamiento, sino que reflejan una visión del ser humano alineada con la dignidad, la justicia y el amor al prójimo.
Las raíces históricas del cooperativismo
El cooperativismo moderno surge formalmente en el siglo XIX, en un contexto de profundas desigualdades sociales producto de la Revolución Industrial. Jornadas laborales inhumanas, salarios miserables y explotación sistemática de los trabajadores llevaron a muchas comunidades a buscar alternativas más justas.
En 1844, en Rochdale, Inglaterra, un grupo de 28 trabajadores textiles —conocidos como Los Pioneros de Rochdale— decidió organizarse para satisfacer sus necesidades comunes a través de una empresa de propiedad colectiva y gestión democrática. Este acto no fue solo económico, sino profundamente ético y social.
Sin embargo, las raíces del cooperativismo son mucho más antiguas. Antes de Rochdale, ya existían formas comunitarias de trabajo y ayuda mutua en diversas culturas: gremios medievales, comunidades agrícolas solidarias y, de manera muy especial, las primeras comunidades cristianas, donde se practicaba la economía compartida.
“Y todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas”
(Hechos 2:44, RVR1960)
Este principio de compartir, de poner lo común por encima del interés individual, es una de las columnas tanto del cristianismo como del cooperativismo.
La filosofía cooperativa: una visión del ser humano
La filosofía del cooperativismo parte de una premisa fundamental: el ser humano está por encima del capital. A diferencia de los modelos económicos tradicionales, donde el dinero es el centro y las personas un medio, el cooperativismo invierte ese orden.
Desde esta visión:
- La economía está al servicio del hombre.
- El trabajo dignifica.
- La solidaridad es un valor, no una debilidad.
- El éxito se mide por el bienestar colectivo, no por la acumulación individual.
Esta forma de pensar coincide plenamente con la cosmovisión cristiana, que reconoce al ser humano como creación de Dios, dotado de dignidad, propósito y responsabilidad.
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero”
(1 Timoteo 6:10)
El cooperativismo no demoniza el dinero, pero sí rechaza su idolatría. Lo concibe como un instrumento, no como un fin.
Los dogmas del cooperativismo
Aunque el cooperativismo no es una religión, sí posee principios doctrinales firmes —a veces llamados “dogmas cooperativos”— que no deben negociarse sin poner en riesgo su esencia.
Entre los más importantes destacan:
- La primacía del ser humano sobre el capital
- La ayuda mutua como motor del desarrollo
- La democracia como forma de gobierno
- La equidad y la justicia social
- La responsabilidad colectiva
Estos dogmas exigen coherencia ética. No basta con llamarse cooperativa; hay que vivir como cooperativa. Cuando se traicionan estos fundamentos, el cooperativismo se vacía de contenido y se convierte en una empresa más, disfrazada de solidaridad.
Los siete principios universales del cooperativismo
La Alianza Cooperativa Internacional (ACI) define siete principios que guían a todas las cooperativas del mundo. Estos principios no son simples normas operativas; son expresiones vivas de la filosofía cooperativa.
1. Adhesión voluntaria y abierta
Las cooperativas están abiertas a todas las personas dispuestas a utilizar sus servicios y aceptar las responsabilidades de la membresía, sin discriminación.
Este principio refleja el espíritu cristiano de inclusión:
“Porque no hace acepción de personas”
(Romanos 2:11)
2. Control democrático de los miembros
Las cooperativas son organizaciones democráticas controladas por sus socios, bajo el principio de un socio, un voto.
Aquí se rompe con la lógica del poder basado en el dinero, alineándose con el liderazgo de servicio que enseñó Jesús:
“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”
(Mateo 20:26)
3. Participación económica de los miembros
Los socios contribuyen equitativamente al capital de la cooperativa y lo gestionan democráticamente.
Este principio conecta con la mayordomía cristiana: no somos dueños, somos administradores.
4. Autonomía e independencia
Las cooperativas son organizaciones autónomas, controladas por sus miembros, incluso cuando establecen acuerdos con otras instituciones.
El cristianismo también enseña libertad responsable, sujeta a principios, no a intereses externos.
5. Educación, formación e información
Las cooperativas promueven la educación de sus socios, dirigentes y empleados.
La Biblia resalta el valor del conocimiento:
“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento”
(Oseas 4:6)
Un cooperativista sin formación es un riesgo para la institución.
6. Cooperación entre cooperativas
Las cooperativas sirven mejor a sus miembros cuando trabajan juntas, fortaleciendo el movimiento cooperativo.
Este principio encarna el cuerpo de Cristo:
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros…”
(1 Corintios 12:12)
7. Compromiso con la comunidad
Las cooperativas trabajan por el desarrollo sostenible de sus comunidades.
Este principio es, quizás, el más claramente cristiano, pues expresa el amor práctico al prójimo.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”
(Mateo 22:39)
Cooperativismo y cristianismo: una relación natural
El cooperativismo no nació dentro de la Iglesia, pero comparte con el cristianismo una misma raíz ética: la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y el bien común.
Ambos modelos rechazan:
- La explotación del hombre por el hombre.
- La acumulación egoísta.
- El poder sin responsabilidad moral.
Y promueven:
- La ayuda mutua.
- La equidad.
- La responsabilidad social.
- La mayordomía de los recursos.
En ese sentido, el cooperativismo puede verse como una aplicación práctica de los valores cristianos en la economía.
Un llamado a la coherencia
Hoy, el gran desafío del cooperativismo no es crecer en números, sino volver a su esencia. No basta con balances positivos si se pierden los principios. No basta con excedentes si se sacrifica la ética.
El cooperativismo, al igual que el cristianismo, exige coherencia entre lo que se cree y lo que se hace. Exige líderes que entiendan que no son dueños del poder, sino administradores de la confianza.
Para finalizar…
La filosofía del cooperativismo es profundamente humana, social y espiritual. Sus raíces históricas, sus dogmas y sus siete principios universales lo convierten en un modelo económico con alma, capaz de transformar comunidades cuando se vive con integridad.
Su relación con el cristianismo no es casual: ambos proclaman que el verdadero progreso no se mide en riquezas acumuladas, sino en vidas dignificadas.
En un mundo que necesita más justicia y menos egoísmo, el cooperativismo sigue siendo una respuesta vigente, ética y profundamente alineada con el corazón de Dios.
Por: Víctor Ventura. Presidente C.A. COOPEMIC.
