RESUMEN
Humildad es el único recurso para transitar esta existencia. No otro, ni otra. Esto implica modestia, moderación y delicadeza. La batalla es dura, pesada y amarga. Toma buen tiempo y paciencia el sacar lo parcializado, toxico y no conveniente de la existencia. Es un proceso en el que no nos podemos dejar arropar por la impaciencia y la desesperación. Las mejoras son lentas, paulatinas. Demandan lo mejor de nuestra capacidad de espera.
Dejemos de despreciar nuestra existencia. No encasillemos a Dios en nuestras coordenadas, teorías y costumbras convenientes. La pureza y la bondad nunca caducan como beneficio, aunque todo atente contra ellas y busque a toda costa opacarlas. La brutalidad siempre será despreciable. Lo ridículo y altisonante desemboca en lo frustrante.
Nuestro hilo conductor común tiene cuatro nudos: la educación, la libertad, la razón y la ciencia o conocimiento humano de las cosas que nos competen en lo administrativo. Pero hay algo más, existe Uno que es más, porque es trascendente a todo, inspira los más altos ideales e infunde su aliento en la conciencia humana.
Miles de miles de millones de personas necesitan a gritos, incluidos nosotros, de fuerza y vitalidad ante panoramas tan oscuros y agrupaciones tan ciegas. Confianza, impulso, promoción, creatividad, poesía que diluyan el tedio de la rutina y las cargas de la resignación. El encuentro con Dios mismo, con la comunidad, con la esperanza que es capaz de enfrentar la muerte, con la felicidad del servicio y hacer el bien a toda costa y en todo momento, son las cosas a las que aspiramos desde lo más profundo de nuestro ser.
Las técnicas, los remedios, las promociones visuales y la masificación de los estilos de vida matan la alegría, los propósitos sanos y viables, las buenas creencias religiosas y los dogmas de la fe que siembran en el hombre una convicción profunda por la cual enfrentar los retos y dificultades que se nos presentan en cada etapa y circunstancia de nuestro breve tránsito en esta tierra. El problema esta en el encerramiento, en el sectarismo de circunscribirse a un mismo circulo ideológico blindado que tarde o temprano se romperá.
La vida no es circular, es lineal y ha de ser en ascenso, aun los cuerpos se desgasten y sucumban al paso del tiempo y los avatares que la golpean. Cuestionarlo todo es bueno. La duda es el primer paso a una fe mucho mas madura que la fe infantil, juvenil y de lugares, agrupaciones y sentimientos. La fe escondida no es fe. La virtud teológica de la fe en Dios, en los demás y en sí mismo debe ser publica y a la vez discreta, sopesada y comprometida desde lo simple y generoso. Nada estrambótico corresponde al ámbito de la verdadera religión que promociona a la sociedad y al hombre que la abraza.
El sano equilibro se ha de adquirir con los años. Los encuadramientos asfixian el alma. La monotonía repetitiva terminará en aniquilar la ilusión y las ganas de luchar por un cambio social para bien de los que la pasan muy mal. El desorden y el desenfreno destruyen el trabajo de toda una vida y las posibilidades de expandir los horizontes. La queja de tantos es que perciben la práctica religiosa de la fe como un cumulo de prohibiciones, de cumplimientos, temores al castigo y coacción de la libertad personal.
Otros por el contrario se quejan de la tendencia actual de concebir la búsqueda del Trascendente a todo con sentimentalismos como el llorar, el jugar al azar, incluso con textos bíblicos y mensajes sobrenaturales de videntes, aduciendo que es el mismo Dios que se les comunica directamente a unos elegidos y ese mensaje ha de difundirse a otros, el relegar la ciencia de la salud y del adiestramiento profesional a cambio de inspiraciones e interpretaciones literales y fundamentalistas de experiencias místicas que rechazan lo académico, incluso de la teología, prescinden o ignoran de las normativas eclesiales.
La solución a todo lo anterior la tiene el tiempo que transcurre. Es implacable y saca todo a la luz. Desmotan lo que se quiere perpetuar y que no resiste al peso del olvido cuando las cosas son innecesarias e intrascendentes. El corazón humano es sagrario y reciento de comunión con el Dios de la existencia. La profundidad y la convicción tienen allí su fuente. Y es en el quehacer humano que se ha de manifestar lo servicial, lo solidario y sincero que resultan de la verdadera búsqueda del Dios viviente.
No hay lugar a dudas que la justicia social es el campo del actuar divino. La miseria y las calamidades demandan un accionar para bien común. Una sociedad tendrá como meta permanente su renovación. El cambio para lo bueno y las mejoras son demandas del espíritu humano movido por el mismo Dios a ello.
El afán de superar lo despótico, las concepciones mágicas de la religión y las creencias, la moral manipulada y manipuladora, la estrechez de las mentalidades, el infantilismo que solo busca la satisfacción y los buenos momentos y el espiritualismo producto de la mente no estructurada y disciplinada, insertada en su contexto social, son signo claro que tenemos que trabajar en superar lo mecánico, lo aburrido y lo inhumano de nuestras practicas religiosas. Y a la vez, como fruto de cultivar la limpieza y la sinceridad del corazón, desmantelar un mundo irreal de un espiritualismo desencarnado de las necesidades ajenas. ¡Hay mucho camino que recorrer todavía!
