RESUMEN
Y llegó el cuarto día esperado de aquel retiro espiritual en la montaña. El Maestro de Yarkara, con una misteriosa sonrisa —¿picardía quizá? —, anunció el tema prometido:
—Hoy les hablaré sobre la extraña personalidad del prepotente. Es un personaje que suele aparecer en cada período de cambio de autoridades gubernamentales en cualquier país del hemisferio occidental.
—¿Se referirá usted a algún país en especial, amable maestro? –preguntó, curioso y ansioso, uno de los discípulos: el que exhibía la apariencia sesentona.
—Imagínense que estamos en el Caribe —pidió el Maestro. Y así comenzó:
—¿En qué consiste la prepotencia? ¿Cuándo se es prepotente o se actúa como tal? –Fueron dos preguntas retóricas que el gran maestro lanzó al aire sin la intención de esperar a que ninguno de los allí congregados contestara. Y continuó:
—Es preciso, ¡urge!, encontrar las respuestas más próximas a esas preguntas antes de exponer nuestra visión en torno a la personalidad del prepotente, tema negativo, pero del diario vivir. Acudimos al Diccionario de la Lengua Española: «Que abusa de su poder o hace alarde de él». Esto dice.

Pero nos ha parecido más acertada y explicativa la definición que ofrece el Diccionario Enciclopédico Quillet. Es más descriptiva incluso: «Se vale de su poder sobre otros para mostrarse altivo o hacer injusticias; impone su voluntad, con razón o sin ella: es despótico, altanero, soberbio”. Esta es la perspectiva más común, la de mayor consumo popular. Mejor: la opinión generalizada —dijo, en tono concluyente, el Maestro de Yarkara. Y siguió:
—En otras palabras: el prepotente se caracteriza básicamente por ejercer, de manera engreída, odiosa y abusiva el poder que ostenta. Generalmente lo hace con arrogancia e investido de una falta de humildad desesperante. Podría ser presa fácil de la soberbia. Resulta curioso que el prepotente siempre acusa de prepotente a aquel que no hace las cosas como él espera, desea y entiende que debe ser. Actúa en forma fiera y destructiva, como con odio, cuando alguien se opone a sus designios. O cuando percibe en alguien a un adversario que podría amenazar o poner en riesgo su posición.
El Maestro de Yarkara se detuvo. Con la mirada en aquel atento público, por unos segundos quedó pensativo, como con la intención no disimulada de crear suspenso. Y continuó, como todo un erudito sobre la condición humana, describiendo al prepotente:
—Le declara la guerra a quien no satisface sus aspiraciones, aunque éstas sean improcedentes desde cualquier ángulo o perspectiva. Con tendencia a la insensibilidad, demuestra tener poco interés por ayudar a los demás y tiende a darle de lado al qué dirán. ¡Es sordo! Él es él y nada más, actitud que se aproxima al culto a sí mismo, asumiendo poses propias del vanidoso y, a veces, del narcisista. Ser bondadoso, amable, comprensivo y humanitario no es algo común en el prepotente, pues su ego es tan grande que le bloquea la visión espiritual, impidiéndole ver más allá de su centro de egolatría irritante. Ser presumido, vano, subjetivo, discriminatorio, injusto, mal amigo y petulante es muy común en el prepotente. Ese culto a su personalidad que muchas veces exhibe con su vestuario estirado, como si su vida fuera un desfile de moda permanente, también caracteriza al prepotente. Pensar que todo lo sabe, que todos los conocimientos que a través de los siglos ha acumulado la humanidad se concentran en él, es propio del prepotente, pues absurdamente confunde la relación poder/sabiduría. Ahora bien, los pocos conocimientos que quizás posee no los transmite ni los divulga, ya que ser egoísta —y no sembrador de saberes— es su anhelo mayor. Es por esto que tal vez siente envidia del que vive enseñando con el ejemplo y con la palabra.
Y el Maestro de Yarkara, ya viendo acercarse la hora de finalizar su exposición de esa mañana, hizo énfasis en ese punto referido a la envidia:
—Afectado por esa misma corriente de envidia, el prepotente no resiste que alguien a su alrededor se destaque o haga público lo que sabe. Por ejemplo: él no acepta, bajo ninguna circunstancia, que, en su centro de trabajo, otro, y no él, ejerza influencias sobre el jefe o goce de la confianza de éste. Cuando esto ocurre, acusa al que considera su rival de tener delirio de grandeza, pero ocurre, irónicamente, que el megalómano es él, que muchas veces, envenenado por la envidia, arrastra a sus superiores a cometer errores lamentables.
Y así concluyó el Maestro:
—Finalmente, una hipótesis: desde el punto de vista espiritual y emocional es posible que no haya sosiego en la vida interior del prepotente, aunque sonría con una mueca cínica y diga que es el más feliz del planeta.
Ocurrió en aquel salón algo inesperado: un cerrado aplauso que duró hasta poco después de que el Maestro de Yarkara se perdiera por el hueco amplio de la puerta de salida.
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*Relato reflexivo contenido en la obra inédita de Miguel Collado: El Maestro de Yarkara (Reflexionado en la montaña).
Por Miguel Collado
