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29 de marzo 2026
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OpiniónRandy EstrellaRandy Estrella

La eutanasia, el mayor triunfo del liberalismo

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RESUMEN

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La sociedad actual vive uno de sus momentos más oscuros en materia de pensamiento crítico. Ya no sabemos qué es derecha o izquierda, socialismo, liberalismo o conservadurismo. Hemos perdido la capacidad de entender los grises y preferimos ver el mundo en blanco y negro, reviviendo difuntos ideológicos y forzando ideas del pasado, como si estuviéramos atrapados en una involución histórica producto de sesgos conceptuales mal digeridos.

El caso de Noelia, la joven española de 25 años reabre el debate sobre la eutanasia y, con ello, el eterno reflejo condicionado del debate público: buscar culpables ideológicos sin entender de qué se está hablando. De inmediato aparecen sectores conservadores culpando al Estado, etiquetando estas decisiones como “de izquierda”, como si el socialismo tuviera algún aporte real en lo que, en esencia, representa uno de los mayores triunfos del liberalismo: el derecho del individuo a decidir sobre su propia vida.

Y es aquí donde conviene poner orden.

El liberalismo, como filosofía política y económica, se fundamenta en la libertad, especialmente en la libertad negativa: la libertad entendida como ausencia de interferencias. De ahí la distinción entre “libertad de” y “libertad para”. Su objetivo histórico ha sido claro: liberarnos de algo. Del Estado absoluto, de la Iglesia, de los sistemas rígidos de clases, de cualquier estructura que limite al individuo. No es casual que Friedrich Hayek atacara la idea de justicia social; dentro de esa lógica, cualquier intento de imponer un resultado colectivo es visto como una restricción a la libertad individual.

Pero el liberalismo no es estático. Es un proceso, y probablemente el proceso ideológico más exitoso de la modernidad. Primero nos liberó de la Iglesia, consolidando el Estado laico. Luego del absolutismo, construyendo la república, la constitución y la separación de poderes. Más adelante, nos liberó económicamente, limitando la intervención del Estado en los asuntos del mercado. Hasta ahí, el liberalismo clásico.

El problema, o la evolución, dependiendo de cómo se mire, es que esa lógica de liberación no se detuvo. Una vez desmontadas las grandes estructuras externas, el foco se desplazó. El individuo ya no solo debía liberarse del Estado o de la Iglesia, sino también de las estructuras sociales y culturales que condicionaban su comportamiento. Ahí es donde ciertos sectores del liberalismo, en su versión social, comienzan a cruzarse con otras corrientes y a mutar.

En el plano filosófico, encuentran una afinidad clara con el existencialismo. Pensadoras como Simone de Beauvoir colocan al individuo en el centro absoluto: no hay esencia previa, el sujeto se construye. Esa idea, reinterpretada y radicalizada posteriormente, abre la puerta a entender categorías como el género no como algo dado, sino como una construcción social puro y simple sin intervención biológica ni química.

Y aquí ocurre el quiebre.

Lo que inicialmente era una expansión de la libertad se convierte en una radicalización de la autonomía. Ya no se trata solo de liberarnos de estructuras externas, sino de cuestionar cualquier estructura: la familia, la moral, la identidad, incluso la relación del individuo con su propio cuerpo. Lo que antes eran marcos que daban sentido, pasan a ser vistos como imposiciones. Como diría Zygmunt Bauman, pasamos de una modernidad sólida a una líquida: todo es flexible, todo es redefinible, nada es estable.

Y en ese punto, la lógica es clara: si el individuo es completamente autónomo, si no hay verdades objetivas que lo condicionen, si toda estructura puede ser cuestionada, entonces la última frontera de la libertad es decidir sobre la propia vida… y sobre la propia muerte.

La eutanasia, en ese sentido, no es un invento del socialismo, ni una imposición del “Estado progre”. Es la consecuencia lógica de un proceso mucho más profundo: la radicalización del individuo como centro absoluto de decisión.

Ahora bien, hay una trampa que casi nadie quiere discutir.

La libertad negativa (eliminar obstáculos externos) no garantiza la capacidad real de decidir. Y ahí entra la libertad positiva. ¿Puede cualquier individuo, en cualquier circunstancia, ejercer plenamente esa autonomía? ¿O estamos simplemente eliminando barreras legales sin preguntarnos si la persona tiene las condiciones reales para tomar esa decisión?

El caso de Noelia no solo abre el debate sobre el derecho a morir. Abre un debate mucho más incómodo: si en nombre de la libertad estamos ignorando las condiciones que hacen posible ejercerla. Mientras tanto, el debate público sigue atrapado en consignas. Conservadores culpando al “Estado socialista”, libertarios llamando socialista a todo lo que no encaja en su marco, y una masa repitiendo argumentos sin entender las ideas que hay detrás.

El problema no es la eutanasia.

El problema es que ya no entendemos las ideologías que decimos defender.

Y por eso seguimos discutiendo mal un debate que es, probablemente, el más importante de nuestro tiempo: hasta dónde llega el individuo… y qué queda después de él.

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