La ética y los maestros

Por Ramón Antonio Veras lunes 5 de septiembre, 2022

Introducción

 

La dominicana de hoy, como sociedad humana está moralmente dañada. Sin pretender ser moralista de hojalata, ni tener como profesión educar a niños y niñas, creemos que todavía es posible que, para el porvenir,  el país cuente con mujeres y hombres decentes.

 

El ente social dominicano del mañana, formado con principios  orientados  para hacer el bien y rechazar el mal, requiere  desde ahora contar  con la orientación de maestros que, además de enseñar, sirvan como ejemplo de moralidad.

 

A los fines de escribir este artículo sobre la ética y los educadores, hemos tenido a la vista y alcance la obra Psicología Evolutiva y Pedagógica, en los capítulos que se refieren a la base psicológica de formación de la moralidad, y psicología de la personalidad del maestro.

 

I.- La influencia de  la personalidad del maestro en el alumno

 

1.- Poco importa lo sólido o débil del ordenamiento económico y social sobre el cual descansa una sociedad, para saber el papel determinante que desempeñan los maestros en la educación de los niños y las niñas, porque la persona que enseña fija ideas en el cerebro de sus alumnos.

 

2.- Desempeñarse como estudiante durante varias décadas,  permite saber que no toda persona reúne condiciones para educar, porque se   imponen específicas cualidades en quienes aspiran a ser  verdaderos pedagogos.

 

3.- El contacto, ese acercamiento del maestro con su discípulo, hace posible el establecimiento de la comunicación directa y el trato que facilita la ascendencia del enseñante sobre el educando.

 

4.- Cualquier dominicana o dominicano,  preocupado por el camino por donde transita el sistema educativo en nuestro país, y la poca o ninguna buena orientación difundida en la generalidad de los centros escolares, es para tomar en cuenta la formación de los educadores de que disponemos.

 

5.- Al momento de seleccionar el material humano que va a encargarse de ir enseñando a la niñez, se hace indispensable proceder con espíritu de elección, escogiendo al pedagogo que por sus condiciones consustanciales, más puede dar para servir de ejemplo por el sello de sus cualidades personales.

 

6.- La capacidad y fuerza para obrar como educador, tienen que estar unidas a las condiciones de las personas para alcanzar con eficacia una correcta formación en aquellos a quienes se procura educar.

 

7.- No solo los conocimientos del maestro ejercen influencia en las niñas y en los niños, sino también su propia  alma. No existen reglamentos ni programas que puedan sustituir la personalidad en el trabajo educativo.

 

8.-  Un maestro,  además de dominar la doctrina que imparte, puede servir de ejemplo por su modo de ser   y  convertirse en viva estampa para aquellos a quienes alecciona.

 

9.-  Lo propio y esencial en el maestro es participar en confeccionar la realización de la conducta de sus alumnos, porque el aprendizaje  se logra con el estudio   y siguiendo a quien se toma como modelo.

 

10.- El educador ejerce influencia en su discípulo cuando le motiva a formarse sólidas convicciones y  le ve como su mentor,  líder espiritual y gran orientador.

 

11.- Educar la voluntad y el carácter de los alumnos, es obra de maestros conocedores de sus deberes como pedagogos y constructores de entes sociales que serán para su país de utilidad cívica y ciudadana.

 

II.-Cualidades específicas  en el maestro

 

12.- Las características o manera de ser no están unidas a cualquier persona para desempeñar la función de educar, porque para cumplir la tarea de instruir son indispensables cualidades muy particulares.

 

13.- Un individuo con una formación de patán, está imposibilitado para educar a niñas y niños en el correcto proceder. La mujer o el hombre rústico, no está para adiestrar en el obrar con ética y decencia.

 

14.- Un embaucador sirve para lograr engañar a un tonto, pero un maestro  no  capta voluntades con embustes, sino cultivando el intelecto y aplicando razonamientos lógicos con métodos educativos.

 

15.- Un ser humano, para ser maestro, debe poseer un gran trato, combinar elevada exigencia, sensibilidad, sentido de la justicia, humanismo, optimismo, tenacidad, entereza y autodominio.

 

16.- Tomando en consideración las cualidades que deben estar unidas a la personalidad del educador, llegamos a darnos cuenta de que,  en nuestro medio, la generalidad de los maestros están muy lejos de cumplir con las exigencias de las capacidades pedagógicas.

 

17.- Las cualidades docentes han de  estar en las prácticas didácticas, contributivas, perceptivas, expresivas, comunicativas y organizativas. [i]

 

Ideas finales

 

18.- Un individuo cualquiera,  de esos que andan por esas calles de Dios  haciendo diabluras, no está en condiciones de cumplir la misión de la enseñanza, porque para enseñar hay que estar rodeado de cualidades  relevantes, como transmitir al alumno determinados conocimientos, actitudes y hábitos.

 

19.- Hoy,  luego de transcurridas varias décadas de haber recibido la formación educativa,  se comprueba la influencia determinante que ejerció la personalidad de quienes se dedicaron en cuerpo y alma a formar a toda una generación que todavía ahora demuestran que fueron bien educados  como ciudadanos y ciudadanas con alto sentido ético, cívico y ciudadano.

 

20.- Nuestro país, particularmente la ciudad de Santiago de los Caballeros,  en su momento contó con maestras y maestros que fueron verdaderos guías espirituales, y a  la vez sirvieron de prototipo de ética y moralidad.

 

21.- Santiagueras y santiagueros que todavía viven, excepcionalmente bien formados como profesionales de su área e  ilustres por su correcto proceder, ético y moral,  deben su conducta a meritorios educadores del pasado

 

22.- La práctica de la vida ha demostrado que no fue en vano el esfuerzo de mentores como Fela Santaella, Altagracia Iglesias, Juan José Estévez, Elsa Brito y otros enseñantes, que dieron en Santiago de los Caballeros los mejores años de su existencia para que el país contara hoy con discípulos suyos  meritorios.

 

 

[i]  Libro Psicología Evolutiva y Pedagógica, páginas 332 y 333

 

 

Por: Ramón Antonio Veras

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