RESUMEN
Hace unos días tuve el privilegio de participar como orador en el diplomado “Política Viva, Entender, Participar y Transformar”, donde abordé el tema “Liderazgo y Ética Política”. No fue un tema escogido, me tocó, y quizás por eso lo asumí con más determinación. Porque estoy convencido de que la política dominicana necesita volver a colocar la ética en el centro del debate.
En política, el poder no es un trofeo que se reparte ni un mecanismo para satisfacer intereses particulares. El poder es una herramienta. Y la gran diferencia entre un liderazgo que trasciende y uno que se desgasta está en cómo se utiliza: si para transformar la vida de la gente o para alimentar egos y privilegios.
Nuestro país ha avanzado, pero aún arrastra una cultura de “qué me toca” en lugar de “qué puedo aportar”. Ese enfoque individualista erosiona la confianza y genera un divorcio creciente entre ciudadanía y clase política. En este nuevo ciclo gubernamental que inicia tras el 16 de agosto, la señal más poderosa que se puede enviar no es quién entra o quién sale de un cargo, sino qué valores se privilegian al gobernar.
La ética no es un discurso romántico para auditorios. Es, en realidad, una práctica diaria que se traduce en decisiones concretas:
• elegir lo correcto, aunque sea lo más difícil;
• proteger lo público como si fuera propio;
• actuar con transparencia, incluso cuando callar sería más cómodo.
Algunos entienden que hablar de ética en política es ingenuo. Yo lo veo al revés: es la herramienta más práctica para ejercer el poder. Porque el poder sin ética deslumbra un instante y se apaga; el poder con ética construye confianza y permanece. Un liderazgo ético inspira, conecta y abre caminos que van más allá de un período de gobierno.
La ciudadanía, especialmente la juventud, ya no se conforma con palabras. Reclama coherencia, cercanía y resultados. Y cuando percibe autenticidad, cuando nota que hay dirigentes dispuestos a pensar en colectivo y a servir con integridad, responde con apoyo genuino. En cambio, cuando solo ve cálculo, oportunismo y ambición desmedida, se aleja, se desmotiva y se desencanta.
Hoy más que nunca, la República Dominicana necesita una política que vuelva a inspirar. Una política ejercida por líderes capaces de ser firmes sin ser arrogantes, cercanos sin ser populistas, y éticos sin ser ingenuos. Esa es la combinación que marca la diferencia.
Como dijo Bruce Lee: “El carácter de una persona se mide por lo que hace cuando nadie lo está mirando”. Y lo cierto es que, aunque parezca que nadie observa, la gente está mirando con más atención que nunca. Cada decisión, cada nombramiento, cada señal cuenta.
Y aquí viene lo esencial: este nuevo ciclo será juzgado no por los discursos ni por las promesas, sino por la ética con que se ejerza el poder. Los ciudadanos están atentos, los errores ya no se perdonan con facilidad y la historia no recuerda a quienes llegaron, sino a quienes gobernaron con decencia.
El reto no es solo gobernar, sino demostrar que se puede gobernar con ética. Porque sin ética, el poder es un relámpago: brilla un instante y desaparece. Con ética, en cambio, se convierte en luz que guía.
Ha llegado la hora de demostrar de qué lado de la historia queremos estar. Y para lograrlo, hay que estar cercanos a la gente y A Tiempo Completo.
Por Miguel Cano
Especialista en marketing y gestión de proyectos públicos
Columnista de opinión en El Nuevo Diario.
