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7 de enero 2026
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OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

La docencia universitaria en tiempos de IA

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En la actualidad, pocas cosas suscitan tantas preguntas como la irrupción de la inteligencia artificial en las aulas universitarias. Si retrocedemos un par de décadas, ni siquiera soñábamos con herramientas capaces de generar contenidos en cuestión de segundos o de adaptar lecciones según el ritmo de aprendizaje individual de cada estudiante. Sin embargo, hoy esas herramientas están ahí, listas para ser usadas, y plantean junto con su indiscutible atractivo un dilema casi filosófico: ¿hasta dónde deben llegar estas tecnologías en la formación de nuestros futuros profesionales?

He conversado con colegas de varias instituciones, tanto de República Dominicana como de otros países de la región, y encuentro un sentir común: el profesorado, en su mayoría, reconoce el potencial de la IA para enriquecer la enseñanza, aunque muchos se sienten abrumados por la velocidad de los cambios. Por un lado, surgen personas entusiasmadas por automatizar la corrección de exámenes y la elaboración de materiales, confiando en que eso les permitirá dedicar más tiempo al trabajo intelectual y al diálogo con sus estudiantes. Por otro lado, hay quienes temen que estas herramientas puedan desplazar funciones que tradicionalmente han estado ligadas al docente, como el acompañamiento emocional y la motivación en el aula.

Por supuesto, no podemos hablar de esta cuestión sin mencionar las desigualdades en el acceso a la tecnología. En ciertas zonas rurales y con menos recursos, el uso de inteligencia artificial suena a ciencia ficción; en otras partes, en cambio, es una realidad cotidiana a la que la mayoría de las personas se están acostumbrando, casi sin hacer preguntas. La brecha digital, por tanto, resulta ser uno de los principales retos a abordar: de nada sirve poseer sistemas avanzados si la conexión a internet es inestable o si no existe un plan de capacitación para el personal académico.

En este sentido, me parece vital insistir en la importancia de la ética y de la formación contínua, tanto de profesores como de estudiantes. Es cierto que la IA puede generar resúmenes, ejercicios y hasta guías de estudio completas en segundos, pero ¿qué pasa con la calidad y la veracidad de esa información? ¿Cómo garantizamos que no reproduzca sesgos o errores que pasan inadvertidos? Y, más importante aún, ¿cómo evitamos que se diluya la función pedagógica, centrada en cultivar no solo habilidades técnicas, sino también el pensamiento crítico y la empatía?

Creo que la clave radica en la complementariedad. Una universidad que se valga de la tecnología como apoyo, pero sin perder de vista el lado humano de la enseñanza, tiene mucho que ganar. Cada escuela o facultad podría establecer grupos de trabajo dedicados a experimentar con diversas aplicaciones de IA, documentar avances y tropiezos, y compartir conclusiones de manera abierta. Además, se podrían fortalecer las alianzas entre instituciones de distintos países latinoamericanos, generando espacios de formación comunes y prácticas colaborativas que beneficien a todos.

Finalmente, no basta con la innovación tecnológica. Sin un liderazgo pedagógico sólido y sin un sincero deseo de aprender y adaptarse, estas herramientas corren el riesgo de quedarse en meros adornos. Los profesores han sido, y seguirán siendo, el pilar fundamental en la construcción de conocimiento. La inteligencia artificial puede aligerarles ciertas labores y mejorar la eficiencia en aspectos puntuales, pero jamás sustituirá ese vínculo genuino que se establece cuando un buen profesor o profesora, con dedicación, logra despertar la curiosidad de sus alumnos. En ese intercambio, cada palabra, cada gesto, y cada pausa significan más de lo que ningún algoritmo podría interpretar.

Cuidar ese equilibrio, en definitiva, será la tarea prioritaria si queremos que la educación superior en Latinoamérica con República Dominicana como parte activa de este recorrido evolucione de la mano de la IA, sin sacrificar su esencia formadora y humanista.

Por: Jimmy Rosario Bernard.

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