RESUMEN
En política, las contradicciones no siempre son errores; a menudo son síntomas. Y el discurso reciente de Deysi Rodríguez contra María Corina Machado es uno de los ejemplos más claros de la hipocresía que hoy marca al poder transitorio en Venezuela.
Sin mencionarla directamente, Deysi insinuó que la visita de María Corina Machado a la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump era un acto de sometimiento, una suerte de “arrastre” ante el imperialismo. El mensaje fue claro para quien quisiera escucharlo: deslegitimar a la dirigente opositora acusándola de servilismo frente a Washington.
El problema es evidente: quién gobierna hoy Venezuela lo hace obedeciendo, precisamente, a Washington.
Resulta difícil —por no decir imposible— sostener un discurso de soberanía mientras se ejecutan decisiones dictadas desde fuera. La apertura acelerada de la industria petrolera al capital estadounidense, el alineamiento inmediato con los intereses estratégicos de Estados Unidos y la sincronía discursiva con figuras como Donald Trump y Marco Rubio no son casualidades. Son señales inequívocas de subordinación política.
Aquí surge la contradicción central:
¿Con qué autoridad moral se acusa a otros de “arrastrarse al imperialismo” cuando el propio gobierno interino actúa como administrador local de una agenda diseñada en el extranjero?
La diferencia entre Machado y Rodríguez no está en el vínculo con Estados Unidos, sino en la honestidad del vínculo. María Corina Machado no ha ocultado nunca su posición internacional ni sus alianzas. Las ha defendido abiertamente, gusten o no. Deysi Rodríguez, en cambio, intenta mantener una retórica heredada del chavismo —antiimperialista en palabras— mientras gobierna con un manual escrito fuera del país.
Eso no es pragmatismo. Eso es doble discurso.
La ironía es aún más profunda si se recuerda que durante años el chavismo —del cual Deysi fue figura central— construyó su legitimidad acusando a la oposición de ser “lacaya del imperio”. Hoy, ese mismo sector no solo dialoga con Washington, sino que depende de su aval para sostenerse en el poder.
Criticar una visita diplomática mientras se entregan sectores estratégicos del país a intereses extranjeros no es coherencia política: es cinismo.
Venezuela no necesita discursos altisonantes ni acusaciones veladas. Necesita claridad, transparencia y, sobre todo, respeto por la inteligencia de su pueblo. El país entiende perfectamente cuándo se gobierna con autonomía y cuándo se gobierna por encargo.
Llamar “arrastrada” a una dirigente opositora mientras se gobierna obedeciendo órdenes de Trump y Marco Rubio no es un error de cálculo retórico. Es una confesión involuntaria de la fragilidad moral del poder actual.
Y como suele ocurrir en estos casos, la historia no juzgará por los discursos, sino por los hechos. Y los hechos, hoy, hablan con demasiada claridad.
Por José Flández
