RESUMEN
El capitalismo, como sistema económico predominante del mundo, no solo organiza la producción y el intercambio de bienes, sino que también moldea nuestra atención, percepciones y prioridades.
De manera sutil, nos distrae de aquello que realmente importa, como son las relaciones humanas profundas, el bienestar emocional, la conexión con nuestro entorno y la humanidad que se supone deberíamos tener.
Vivimos en un mundo saturado de estímulos, promociones, propuestas y mensajes que nos empujan a consumir más, a tener más, a querer más, y a compararnos constantemente con otros.
Es que el capitalismo nos hace vivir en un mundo “paralelo” a través de la ilusión del consumo.
Desde que nacemos, estamos rodeados de mensajes que nos dicen que la felicidad y el éxito se miden en cosas, ya sean ropas de marcas exclusivas, tecnología de última generación, autos de lujo, etcétera. Algo que dista totalmente de la realidad.
A través de campañas publicitarias nos venden productos, y al mismo tiempo nos venden aspiraciones, emociones y hasta “estilos de vida”.
Aprendemos a asociar el éxito con la acumulación y el estatus social, y en el proceso, desplazamos la importancia de lo intangible. De la amistad, la creatividad, la curiosidad, la introspección, y el estar en paz con nosotros mismos.
Sin embargo, vivimos con una urgencia constate de tener cosas. El capitalismo nos impulsa a estar siempre ocupados, productivos y conectados.
La cultura del “tiempo es dinero” nos empuja a medir nuestro valor por nuestra capacidad de producir y consumir, lo que genera un ciclo de estrés y ansiedad que nos aleja de la reflexión y del disfrute genuino del presente.
En lugar de valorar momentos simples, como compartir una conversación profunda con alguien o contemplar la naturaleza, nos concentramos en logros tangibles y visibles, sobre todo si podemos “mostrarlos” al mundo.
Mi critica va de la mano con nuestras prioridades y la banalidad con la que vimos, no con limitarnos. No es que tengamos que olvidarnos de nuestras metas, sueños y deseos. ¡Para nada!
Nos comparamos contantemente con otros. Competimos con gente, no solo que no conocemos y quienes tampoco nos conocen, sino que ni siquiera se imaginan que “competimos” con ellas.
Redes sociales, posteos, publicidad y medios nos presentan vidas aparentemente perfectas, y a veces lo creemos, pero se nos olvida que todo conlleva sacrificios, esfuerzos, continuidad y arduo trabajo.
A muy pocos las cosas les “caen del cielo.”
No obstante, el capitalismo fomenta estos ideales, haciéndonos creer que “necesitamos más, mejor y más rápido.”
Nuestra atención se desvía de lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Cosas como la autenticidad, la gratitud y la conexión con los demás.
Lo difícil, especialmente en las sociedades actuales, es reconocer estas “distracciones”, lo que debería de ser el primer paso para recuperar lo esencial de la vida.
Es posible elegir priorizar experiencias sobre objetos, relaciones sobre estatus, y bienestar sobre productividad. Lo que no significa rechazar lo material.
Valorar lo intangible no es sinónimo de eliminar lo material de nuestras vidas, sino equilibrar el enfoque para que nuestras decisiones reflejen nuestros valores mas profundos, no solo las “exigencias” del mundo en el que vivimos.
Si bien el capitalismo, con sus incentivos y su narrativa de consumo, nos ofrece muchas cosas, debemos recordar que también nos distrae de lo que realmente importa.
Tomar conciencia de estas distracciones es un acto de libertad pues nos permite decidir en qué invertimos nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro corazón.
Lo material es bueno, pero lo intangible es, y siempre será, mejor.
Por Carolina Saddler
@saddlerucarolina carolinasaddler@gmail.com
