En el debate sobre la renovación política, una idea simple se ha querido convertir en dogma, asumiendo como un hecho insoslayable que debe haber un cambio de rostros, sin justificar cómo ni bajo qué criterios debe darse esa transición. Se ignora que la edad, por sí sola, no puede ser un factor determinante para excluir o incluir dirigentes en la toma de decisiones. Lo esencial es evaluar la preparación, la capacidad y el mérito de aquellos que aspiran a reemplazar de sus liderazgos. No se trata de oponerse al relevo generacional, sino de garantizar que este se produzca de manera ordenada y legítima, resguardando compromisos partidarios.
En el marco del Congreso Elector Manolo Tavárez Justo, que se celebra dentro del partido Fuerza del Pueblo, se elegirán las nuevas autoridades directivas. Sin embargo, hemos visto cómo desde otros sectores se ha intentado generar un debate, simulando la existencia de desavenencias graves y profundas, únicamente porque el actual secretario general busca la reelección. Al mismo tiempo, dos dirigentes más jóvenes aspiran a ocupar dicho cargo y, en consecuencia, han objetado la campaña de reelección, sin considerar los méritos, la dedicación, la entrega, los aportes y los sacrificios del actual titular.
Este tipo de discurso, que pretende reducir la renovación a una cuestión de edad y, una leve afección en la vista, no solo es discriminatorio, sino también riesgoso para la estabilidad institucional del partido. El liderazgo no se construye con ataques personales ni con exclusiones arbitrarias, sino con la suma de capacidades y voluntades. La experiencia y la juventud no son elementos antagónicos, sino complementarios. Quienes hoy aspiran a posiciones de dirección deben entender que el liderazgo no se arrebata ni tan poco se hereda y menos aún se impone por simple relevo generacional; se gana con trabajo, trayectoria, compromisos y resultados.
El actual secretario general es un político de vasta experiencia, con los conocimientos, la trayectoria y el respaldo de una parte significativa de la militancia y la dirigencia del partido, lo que quedó reflejado en el acto de proclamación realizado el pasado sábado 22 en el Salón del Pabellón de la Fama del Centro Olímpico, organizado por un amplio sector de la organización. En política, la legitimidad no se obtiene solo por la juventud, sino también por la capacidad de aportar ideas, conectar con las bases, articular propuestas y generar consensos. Es esta conexión con la militancia y su vocación de servicio lo que ha permitido que muchos líderes trasciendan su propia generación, convirtiéndose en referentes políticos que aún tienen mucho que aportar.
Si bien es legítimo que nuevos liderazgos aspiren a posiciones de dirección, el criterio de evaluación no debe reducirse a la edad o alguna leve patología subsanable, sino a la idoneidad para el cargo. La renovación no puede ser forzada ni convertirse en un mecanismo de exclusión automática de dirigentes experimentados que aún tienen mucho que aportar. La transición generacional debe darse con lógica y responsabilidad, no mediante imposiciones artificiales. Los jóvenes deben prepararse para asumir responsabilidades de manera progresiva, respetando y aprendiendo de quienes los precedieron. Esto implica no solo la adquisición de conocimientos y habilidades, sino también el desarrollo de la madurez política necesaria para comprender los desafíos y complejidades de la conducción partidaria.
Las sociedades más exitosas son aquellas que logran integrar la energía de la juventud con la sabiduría de la experiencia. En el ámbito partidario, esto significa fortalecer el liderazgo con una visión integradora, en la que la renovación no sea un fin en sí mismo, sino un proceso que garantice la continuidad de las ideas y el fortalecimiento del partido como instrumento de transformación social. Solo así se podrá consolidar un liderazgo sólido, capaz de responder a los retos del futuro sin perder de vista los valores y principios que han dado origen a esta organización.
Por: José Peña Santana.
