RESUMEN
• Porque la universidad es otra cosa
Cada día se acrecienta mi pasión por el deporte, acaso porque en él se esconden verdades profundas que desafían a la inteligencia humana. Una de ellas —frecuentemente olvidada— es la enseñanza de no cantar victoria antes de la decisión arbitral definitiva.
Muchos deportistas padecen decepciones cuando se vanaglorian de decisiones prematuras y juegan anticipadamente a los desenlaces favorables, perdiendo de vista los procesos inherentes a toda competencia auténtica.
El 30 de octubre de 1974, George Foreman llegó a Kinsasa —entonces Zaire— como amplio favorito para enfrentar a Muhammad Alí. El consenso era prácticamente unánime: Foreman era considerado imbatible. Arribaba invicto (40-0), campeón mundial de los pesos pesados, con una reputación devastadora tras noquear de forma contundente a Joe Frazier y Ken Norton, dos púgiles que habían derrotado previamente a Alí.
Muchos se asumían ganadores en las apuestas, no solo por los registros pugilísticos de ambos contendientes, sino por la tendencia recurrente de apostar a lo aparentemente seguro. En aquel combate, Foreman era favorito entre 3 a 1 y 4 a 1 frente a Muhammad Alí.
Paradójicamente, y contra todo pronóstico, ocurrió uno de los giros más célebres de la historia del deporte: Muhammad Alí venció por nocaut en el octavo asalto.
Aquella noche constituyó una lección magistral de inteligencia, estrategia y autocontrol frente a la fuerza bruta y la vanagloria. Más aún, dejó una enseñanza perdurable: la historia recuerda los actos de valentía reflexiva que culminan en éxito, no las presiones oportunistas que se adelantan al veredicto final.
Este acontecimiento permanece como una lección contemporánea, pues simboliza la reivindicación del pensamiento sobre la mera potencia. Es, además, uno de los ejemplos más citados cuando se afirma que el poder sin reflexión termina sucumbiendo ante la lucidez.
Foreman perdió cuando dejó de comprender que el combate exigía inteligencia y no solo músculo. La universidad se extravía cuando olvida esa misma lección.
Porque, al final, la universidad es otra cosa:
es paciencia frente al ruido,
es razón frente al poder,
es ética frente a la imposición,
y es inteligencia serena cuando todos apuestan por la fuerza.
Porque, al final, la universidad es otra cosa:
no es el grito del favorito,
sino la razón que resiste hasta el último asalto;
no es la fuerza que se adelanta al fallo y que apoya lo imprescindible de acuerdo con la percepción
sino la dignidad que espera el arbitraje final.
Por Pablo Valdez
