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23 de marzo 2026
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OpiniónLuis Alberto PeláezLuis Alberto Peláez

La dignidad no se negocia, se garantiza

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RESUMEN

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En este país se ha querido instalar la idea de que la dignidad es un premio, algo que uno tiene que ganarse portándose bien, callando, aguantando y esperando. Como si vivir con dignidad fuera un favor que concede el poder y no una obligación básica del Estado. Cuando la dignidad depende de suerte, de un padrino o de quedarse callado, eso ya no es dignidad. Es permiso. Y ahí empieza el problema. Porque cuando la dignidad se pone en subasta, siempre gana el más fuerte y siempre pierde el pueblo.

Un país no se mide por lo que promete, sino por cómo protege a su gente cuando más vulnerable está.

La corrupción no solo se roba el dinero público. Se roba la dignidad. Cada peso que se va por debajo de la mesa es un hospital que no funciona, una escuela que no alcanza, una familia que sigue viviendo con miedo y frustración. No es un asunto moral abstracto: es el origen de una cadena de abusos que termina golpeando al más débil. Es la receta que no aparece, la cita que te la ponen para dentro de meses, el policía que no llega y el empleo que nunca sale si no tienes a alguien adentro. Mientras unos pocos se enriquecen, la mayoría paga con su tranquilidad y su futuro.

El alto costo de la vida es otra forma de humillación cotidiana. Trabajar todos los días y aun así no llegar a fin de mes no es normal, aunque lo quieran normalizar. Ver cómo sube la comida, la luz, el transporte, los medicamentos, mientras los salarios se quedan atrás, va erosionando algo más profundo que el bolsillo: va quebrando la autoestima de la gente. Y ahí está la trampa: una clase media que se está cayendo a pedazos, y trabajadores pobres que trabajan y aun así viven apretados. La dignidad también es poder vivir sin la angustia permanente de no saber si mañana alcanzará.

La delincuencia no crece sola. Crece donde el Estado se ausenta, donde no hay oportunidades, donde la ley llega tarde o no llega. Cuando un barrio vive entre el miedo y la resignación, no se puede hablar de dignidad garantizada. Se puede hablar, a lo sumo, de supervivencia. Si la calle manda, es porque el Estado perdió la batalla. Un país no puede conformarse con que su gente sobreviva; tiene que aspirar a que viva con seguridad y esperanza.

El desempleo, sobre todo entre los jóvenes, es otra herida abierta. A miles se les dice que estudien, que se esfuercen, que se preparen, y luego se les cierra la puerta en la cara. Ese choque entre expectativas y realidad empuja a muchos a la informalidad, a la frustración o a caminos que nadie quiere, pero que parecen ser los únicos disponibles. Un joven sin trabajo no es un número: es una frustración con piernas, y eso en algún momento explota. Negarle trabajo digno a una generación es condenarla a la incertidumbre.

Y en medio de todo esto, el drama del embarazo en adolescentes sigue tratándose con discursos vacíos y estadísticas frías. Detrás de cada número hay una niña que dejó de ser niña demasiado pronto, muchas veces por falta de orientación y apoyo. Y una cosa es una adolescente embarazada por falta de orientación y acompañamiento. Pero otra, más grave, es cuando un adulto se mete con una menor y el sistema mira para otro lado. Eso no es “relación”: eso es abuso. Ahí la dignidad no solo se pierde: se arrebata.

El Estado no puede seguir actuando como espectador. No basta con campañas ocasionales ni con promesas repetidas. Garantizar la dignidad implica políticas públicas serias, coherentes y sostenidas. Implica enfrentar la corrupción sin doble discurso, proteger a la niñez sin excusas, generar empleo real, combatir el crimen con inteligencia y prevenir, no solo reaccionar.

La dignidad no se negocia en mesas políticas ni se administra por conveniencia. Se garantiza o se traiciona. Y hoy, demasiada gente siente que el Estado le dio la espalda. No es rabia ideológica, es cansancio real. Cansancio de aguantar, de justificar lo injustificable, de escuchar promesas mientras la vida se hace cada vez más cuesta arriba. Cuando un país obliga a su gente a vivir sin seguridad, sin oportunidades y sin protección, no está gobernando: está empujando al límite. Y cuando la dignidad se rompe en masa, lo que viene después nunca se puede controlar desde el poder. Después del límite no hay discurso que aguante.


Por Luis Alberto Peláez
Dirigente político y comunicador

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