RESUMEN
“La cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido” – T. S. Eliot
Hace varios años vi una entrevista que le hizo el escritor José Mármol al cantautor Juan Luis Guerra en su programa Conversación en la Catedral en la que el invitado decía que la música tiene el poder de curar la mente y el alma.
Esta afirmación tuvo asidero en numerosos estudios que revelan que la armonía melódica puede regular el estrés, estimular los neurotransmisores de la felicidad y generar un notable estado de bienestar en quien la escucha.
En lo particular, creo firmemente que el poder sanador de la música es evidente por su facultad para regular las emociones por cuanto una canción puede cambiar la forma de cómo un ser humano puede sentirse y afrontar la vida.
Partiendo de esa premisa pudiéramos determinar la importancia de cuidar consciente e intencionalmente el contenido musical y audiovisual que entra a nuestro cerebro dado que las creaciones musicales y audiovisuales pueden regular o hasta trastornar las emociones.
También se colige que mucha de la tristeza y de los trastornos emocionales que hoy en día se verifican en la sociedad en parte se deben a que la cultura dejó de ser ese bálsamo que proporcionaba balance, tranquilidad y paz en momentos oportunos, sino que ahora se ha convertido en un vehículo de sobreestimulación que incita el consumo hedonista por el cual socialmente hoy en día se mide nuestro valor.
El contenido cultural de nuestro entretenimiento cambió de propósito en las últimas décadas y dejó su condición terapéutica para consolidarse como una oda al consumo voraz cuya filosofía antepone el parecer antes que el ser.
En los años en que la generación de Juan Luis Guerra se formó se hacían canciones, películas y literatura que al sumergirte en ellas suponían un respiro mental toda vez que te desconectaban de las preocupaciones.
Ni mencionar que luego de exponerte a sus mensajes, terminabas contagiado de una visión diferente de la vida y por consiguiente con más herramientas para gestionar con eficiencia tus emociones, pues te ayudaban de algún modo a encontrar propósito de vida e inspiración.
Si unimos la falta de sustancia de las creaciones culturales junto con la crisis espiritual que estamos viviendo, nos encontramos ante una fórmula que explica en parte el vacío existencial que la sociedad está experimentando.
Y es que ni los creadores de contenidos culturales ni los líderes espirituales se encuentran en su mejor momento a juzgar por la crisis de tristeza que al mundo entero le embarga, a unos niveles como nunca antes se había experimentado en tiempo de paz.
Bien lo decía el poeta T.S. Eliot que «la cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido», pero la gran pregunta es si la cultura de hoy día está cumpliendo con ese propósito.
Es ahí donde radica precisamente el desafío de nuestros tiempos pues ya la cultura no ofrece ese remanso que antes representaba para aliviar penas y desconexión para respirar, sino que deviene en una plataforma que nos incita a una vida desechable y meramente cosmética.
Todo ello queda evidenciado en el hecho de que los contenidos musicales y audiovisuales de nuevo cuño, nos llenan de una ansiedad tal que nos desgasta mental y físicamente sometiéndonos en la famosa carrera del a rata.
Haciendo una comparación y sin caer en aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, puede verificarse que los contenidos de las canciones de antaño procuraban elevar el amor y el romance a estadios emocionales conmovedores que te dejaban inspirados una vez terminabas de escucharlas.
De igual forma, se tenía la llamada música “de contenido” que versaba sobre temas de carácter sociales y de concienciación sobre problemáticas que aquejaban a los pueblos en un llamado de atención para impulsar los cambios requeridos por la sociedad como bien hicieron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o Luis Eduardo Aute.
Todo ello hecho bajo el marco de la elegancia, el bien hacer, la armonía y el respeto al cumplimiento de los patrones excelsos de la excelencia en la creación.
Ni mencionar aquellos artistas como Bob Dylan, Peter Gabriel o Luis Díaz, que preferían utilizar su arte y talento para desarrollar nuevas sonoridades alejándose a veces de lo comercial, en aras de propiciar un aporte a las siguientes generaciones que pudieran abrevar del contenido artístico legado por sus antecesores como una base para continuar el compromiso con la excelencia.
Por Alfredo García
