RESUMEN
Desde los albores de la humanidad, el ser humano ha intentado desentrañar los misterios de la vida, del universo y del alma. La ciencia ha avanzado a pasos agigantados, explorando el espacio, los átomos, la genética y los confines del tiempo. Sin embargo, por más tecnología y conocimiento que poseamos, seguimos tropezando con un muro invisible que escapa a nuestros sentidos y que solo la fe puede discernir. Ese muro nos separa de una dimensión espiritual que es más real y determinante que lo que nuestros ojos naturales pueden ver. La Biblia lo expresa de manera tajante: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3). La cuarta dimensión no es una especulación mística ni una fantasía religiosa, sino una realidad espiritual donde opera Dios, donde actúan ángeles y demonios, y donde se definen los destinos de los hombres.
La ciencia moderna ha comenzado a vislumbrar esta verdad. Albert Einstein, con su teoría del espacio-tiempo, rompió la rigidez de las tres dimensiones físicas al introducir el tiempo como una dimensión inseparable del espacio. Más tarde, la física cuántica y las teorías de cuerdas han sugerido la existencia de muchas dimensiones invisibles. Pero lo que la ciencia apenas insinúa, la Palabra de Dios lo ha proclamado desde hace milenios. El apóstol Pablo escribió: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16). Esto significa que hay realidades que no se ven, pero que gobiernan lo que se ve. La dimensión espiritual, por tanto, no es una opción teórica, sino una estructura fundamental de la creación.
A través de las Escrituras, vemos cómo esta cuarta dimensión se manifiesta y trastorna el orden natural. Eliseo oró para que los ojos espirituales de su siervo fueran abiertos, y entonces el joven vio “el monte lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 Reyes 6:17). Daniel oró durante veintiún días, y un ángel le reveló que una batalla espiritual lo había demorado: “El príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días” (Daniel 10:13). Jacob, al dormir en Betel, vio ángeles que subían y bajaban por una escalera desde el cielo, y exclamó: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía… puerta del cielo es este lugar” (Génesis 28:16-17). Estos pasajes revelan que hay portales entre lo visible y lo invisible, entre lo terrenal y lo celestial, y que muchas veces estamos rodeados por realidades que escapan a la lógica de nuestros sentidos.
Nuestro Señor Jesucristo vivió en constante interacción con la cuarta dimensión. Caminó sobre las aguas, multiplicó panes, expulsó demonios, resucitó muertos, y en la transfiguración su gloria espiritual fue revelada ante Pedro, Jacobo y Juan. Luego de su resurrección, atravesaba paredes, ascendió al cielo a la vista de muchos, y prometió enviar al Espíritu Santo para que sus discípulos también vivieran en esa dimensión. Los apóstoles, al recibir el Espíritu, fueron investidos de poder desde lo alto y comenzaron a operar en lo sobrenatural. Pedro sanaba enfermos con su sombra (Hechos 5:15), Felipe fue arrebatado por el Espíritu y trasladado a otro lugar (Hechos 8:39), y Pablo fue “arrebatado hasta el tercer cielo” donde oyó palabras inefables (2 Corintios 12:2-4). Estos no son mitos antiguos ni parábolas espirituales, sino registros históricos que revelan una dimensión superior a la cual todo creyente está llamado a acceder por medio de la fe.
La cuarta dimensión es también un campo de batalla. Pablo advierte que “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas… en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Esta guerra espiritual se libra día a día en la vida del creyente. Nuestras armas no son humanas, sino “poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2 Corintios 10:4). El cristiano no debe vivir ajeno a esta realidad. No se trata de buscar visiones o emociones, sino de andar en el Espíritu, obedecer a Dios, vivir en oración, meditar en su Palabra y estar revestidos con toda la armadura de Dios. Jesús venció en esta dimensión, y nos delegó autoridad para caminar también nosotros en esa victoria: “He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19).
El Espíritu Santo es la clave para acceder a esta dimensión. Jesús prometió: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Por eso es esencial vivir llenos del Espíritu. No hay cuarta dimensión sin comunión íntima con el Señor. La fe abre los cielos, la oración activa la intervención divina, la obediencia desbloquea portales espirituales. La Palabra declara: “Andamos por fe, no por vista” (2 Corintios 5:7). Hoy más que nunca, la iglesia necesita despertar a esta dimensión. No podemos enfrentar los desafíos del mundo actual con armas carnales. Necesitamos visión espiritual, revelación, discernimiento, autoridad. Necesitamos vivir como hijos del Reino, no como esclavos del sistema. Jesús dijo: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23). Es tiempo de orar con expectativa, de declarar con fe, de caminar en lo sobrenatural con humildad y poder. La gloria de Dios no ha menguado. El Espíritu sigue soplando sobre corazones dispuestos.
La cuarta dimensión no es exclusiva de profetas o apóstoles. Está disponible para todo creyente que viva por fe, guiado por el Espíritu, y dispuesto a obedecer. Es la dimensión del Reino de Dios que se manifiesta en medio de un mundo incrédulo y materialista. Es donde el cielo invade la tierra, donde lo eterno transforma lo temporal, donde lo invisible da forma a lo visible. Que cada lector de estas líneas anhele con pasión esta vida en el Espíritu. Que se levanten hombres y mujeres que vivan en comunión con Dios, que intercedan, que profeticen, que prediquen con poder, que sanen enfermos y que vivan en victoria. La cuarta dimensión es real. ¿Estás listo para entrar?
Por Javier Dotel
El autor es Doctor en teología.
