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9 de febrero 2026
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OpiniónFrancisco Cruz PascualFrancisco Cruz Pascual

La cotidianidad de la existencia

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RESUMEN

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En la cotidianidad de la existencia de los seres humanos aparece el hastío como un producto directo de la ritualización de aquellas vidas que se viven y desarrollan bajo la premisa de que somos seres de costumbres.

Muchos individuos viven haciendo honor a ese dicho, cuya practica convierte al hombre en un ser predecible.

Por los antes dicho, me atrevo a decir que un pueblo que transita la cotidianidad de la existencia sin darse cuenta de su situación de “predecible,” se convierte en presa fácil del mercado político, económico, social y cultural. Y es de esa manera, porque su conduta, su proceder y su reacción, pueden ser anticipadas para planificar su manipulación, una acción que favorece a otros y no al manipulado.

Esa forma de conducción se logra a base de pronósticos sustentados en datos, desde donde se facilita la elaboración de informaciones científicamente objetivas, las que sirven de base a los estrategas de estos mundos (el mundo político, el mundo económico, el mundo social y el mundo cultural), con el objeto de colocar a la gente (tratada como cliente), en voluntad de hacer lo que ellos quieren que se haga.

Estos expertos tienen tantas herramientas para el engaño, que solo los ciudadanos que asumen una actitud verdaderamente crítica, pueden superar la condición de ser manipulados con la certeza científica de estos mercados.

Los dominicanos hemos perdido la capacidad de asombro, convirtiendo a la mayoría de ciudadanos en seres predecibles, lo que facilita a mercadólogos y politólogos, marcar tendencias y hacer que los productos que ellos estratégicamente promocionan, se acepten como buenos y se vendan en cantidades inimaginables.

Esta transformación del dominicano crítico de los decenios de los siglos XIX y XX se ha trabajado desde la propia escuela, asistida por un conjunto de familias manipuladas desde la radio, la televisión y todos los medios de comunicación análogos y tecnológicos.

El ciudadano de la Quisqueya rebelde ha perdido la criticidad y la acción consecuente que le distinguía entre los pueblos latinoamericanos.

Ya los estrategas en las distintas áreas y sectores del poder, saben (para prever), lo que el ciudadano es capaz de hacer y a un módico costo, hacen que suceda como ellos han planificado, desde la existencia de datos que construyen patrones de conductas.

El ciudadano diligente, se ha vuelto ocioso, la gente a otrora trabajadora, ha buscado comodidad, y una gran parte de la población vive de una nueva costumbre que ha hecho del populismo de los gobiernos, su rentabilidad de sobrevivencia o lo que es peor, una parte de la población (de todos los sectores sociales), ha buscado en el mundo oscuro de la violación de la ley, una nueva forma de vida.

Los estrategas de la dominación siempre encuentran formas para esclavizar a los demás, que, creyéndose ciudadanos libres, caminan sobre los trechos que ellos han construido para todos. Estos expertos en manipulación, son capaces de establecer con alta probabilidad de cumplimiento a sus expertas predicciones.

El comportamiento de la gente en los distintos estamentos sociales está bajo estudio permanente.

La sociedad está en riesgo, porque mientras tengan dominio de la cotidianidad de la existencia de los ciudadanos, los que tienen el poder económico, político, social y cultural, podrán narigonear a las masas y a todos los sectores sociales, con el auspicio de la casi muerta intelectualidad, esa de la que (una parte importante), en el pasado reciente se dedicaba a trazar pautas para el bienestar común.

Desde múltiples canales disuasivos, manejan la vida diaria de los seres ordinarios y no tan ordinarios, manipulan las actividades y construyen experiencias comunes para conformar las acciones de la cotidianidad de la vida social, política, económica y cultural. Conocen el espacio en el que los individuos interactúan con su entorno y se relacionan con otros, para “ayudarles” en la construcción de su propia identidad y de esa forma colaborar eficazmente con la percepción del mundo que se forma cada uno de los ciudadanos.

La escuela, la familia, la intelectualidad política y cultural, son los que deben construir acciones criticas frente a la transformación de la cotidianidad sumisa y silente, para rescatarla como un proceso de construcción social y personal, en donde las experiencias cotidianas influyen en la forma de pensar y de actuar de la ciudadanía.

Para poder subsistir como nación dominicana autentica, el país necesita cambiar el currículo escolar para convertirlo en un instrumento pedagógico que construya ciudadanos críticos y libres pensadores. Individuos capaces de edificar su propio futuro desde criterios definidos y aprendidos en los procesos áulicos a través de los contenidos de las asignaturas y reforzados en el hogar con la presencia de una familia orientadora y auspiciadora de la libertad.

Las actividades cotidianas incluyen tareas vitales como despertarse, comer, trabajar, interactuar con la familia y amigos, junto a otras actividades, tanto físicas como biológicas, las que muchas menospreciamos.

Todas esas ideas, para ayudar a complementar los quehaceres sobre el diario vivir, con el objeto de tener una vida cotidiana influenciada por el contexto social en el que viven, incluyendo lo jurídico de las normas, lo intrínseco de los valores, y las importantes prácticas culturales que mantienen y endurecen endógenamente el carácter, la identidad y la transformación cualitativa del folklore, acción lúdica de radical importancia para fortalecer institucionalmente a la nación.

En la cotidianidad de la existencia de las naciones se encuentra el caldo de cultivo del mantenimiento y crecimiento continuo del asunto nacional, o, por el contrario, se anidan las tendencias aniquiladoras de la cultura.

La cotidianidad de la existencia es el camino que poseemos para vivir plenamente en la libertad que deseamos, levantando las banderas de nuestros propósitos y pensando que existen otros que también merecen ser lo que nosotros deseamos ser.

Por: Francisco Cruz Pascual.

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