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16 de febrero 2026
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OpiniónRamón RamosRamón Ramos

La corrupción: cuando el poder se quiebra primero en el alma

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RESUMEN

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Por siglos, la humanidad ha buscado explicar por qué sociedades enteras pueden ser arrastradas por la corrupción. Aristocles, más conocido como Platón, ya advertía que los males del Estado no nacen en las leyes ni en las instituciones, sino en el carácter moral de quienes las dirigen. Hoy, esa reflexión sigue siendo dolorosamente vigente.

La corrupción no comienza solo en el abuso del poder, sino en el instante íntimo en que una persona decide traicionar su conciencia. Es allí donde el interés propio se impone al bien común, donde la coherencia moral se quiebra y la dignidad se negocia. Antes de que exista un soborno, un fraude o una traición al pueblo, existe una renuncia silenciosa a los valores.

Platón sostenía que una sociedad justa solo es posible si es gobernada por personas justas. En La República, deja claro que el desorden del Estado es reflejo del desorden del alma. Cuando la ambición, el miedo o la codicia gobiernan al individuo, inevitablemente terminan gobernando también sus decisiones públicas.

Así, lo que parece una ganancia externa se convierte en una pérdida interna. El corrupto puede acumular dinero, poder o influencias, pero pierde algo más profundo: la paz consigo mismo y la confianza de los demás. Al dañar la confianza social, también se erosiona la estabilidad del país, porque ninguna nación puede sostenerse sobre cimientos de desconfianza y cinismo.

La corrupción crea un círculo vicioso: se gobierna desde el miedo, se decide desde la justificación y se actúa desde el vacío ético. Cada acto corrupto exige otro para ser encubierto. Cada mentira necesita otra mentira. El resultado es un sistema que normaliza la decadencia moral y castiga la honestidad.

Para Platón, el verdadero poder no está en dominar a otros, sino en dominar las propias pasiones. Cuando quienes dirigen un país no pueden gobernarse a sí mismos, terminan usando al Estado como instrumento de beneficio personal. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser un servicio y se convierte en un negocio.

Por eso, toda corrupción pública nace primero como una rendición silenciosa de los valores personales. Ningún sistema, por más leyes que tenga, puede salvar a una sociedad si sus ciudadanos y líderes han decidido vivir de espaldas a su conciencia.

Combatir la corrupción no es solo fortalecer tribunales o crear nuevas instituciones. Es, sobre todo, reconstruir la ética como valor social, recuperar la vergüenza de robar, la dignidad de servir y el orgullo de ser íntegro. Como advirtió Aristocles hace más de dos mil años, la justicia de un Estado es el reflejo de la justicia que habita en el alma de quienes lo conforman.

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