ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
11 de febrero 2026
logo
OpiniónJavier DotelJavier Dotel

La ciencia que la Biblia reveló primero

COMPARTIR:

RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

La humanidad ha transitado un largo camino en su búsqueda por comprender el universo. Desde las antiguas civilizaciones hasta la era espacial, el deseo de descubrir cómo funcionan las cosas ha impulsado el progreso. Sin embargo, un análisis honesto de la historia revela que muchos de los grandes hallazgos científicos ya estaban escritos en un libro milenario: la Biblia. No se trata de simples coincidencias o de un intento de forzar interpretaciones. Más bien, se observa que las Escrituras contienen verdades que la ciencia solo descubrió siglos o milenios después, lo que respalda su carácter de revelación divina.

Para quienes tenemos fe, esto no es sorprendente. El Creador es el mismo que estableció las leyes naturales, y su Palabra refleja su sabiduría perfecta. Desde la perspectiva teológica y pastoral, esta realidad nos recuerda que la Biblia no solo es un manual de vida espiritual, sino también un testimonio de la coherencia entre fe y conocimiento. Los principios que Dios reveló no han perdido vigencia, y algunos incluso se adelantaron de manera asombrosa a la ciencia moderna.

A continuación, examinaremos algunos de los ejemplos más impresionantes en los que la ciencia moderna ha llegado tarde a verdades que la Biblia declaró desde tiempos remotos.

La redondez de la Tierra

Durante siglos, la idea dominante en muchas culturas era que la Tierra era plana. Se imaginaba como un disco sostenido sobre columnas, animales gigantes o flotando en un océano cósmico. Fue necesario el desarrollo de la astronomía y la navegación de largo alcance para que el mundo aceptara su forma esférica. Sin embargo, mucho antes, el profeta Isaías ya había escrito: “Él está sentado sobre el círculo de la tierra” (Isaías 40:22).

La palabra hebrea usada, “jûg”, se refiere a algo redondo o esférico. Este detalle lingüístico adquiere gran relevancia cuando recordamos que en aquel tiempo no existían telescopios, fotografías aéreas ni satélites. El dato de la esfericidad de la Tierra estaba, por tanto, muy por encima de las posibilidades del conocimiento humano de la época. Hoy, las misiones espaciales y la observación satelital han confirmado de manera definitiva esta verdad, pero para la Biblia era un hecho ya establecido.

Desde una óptica pastoral, este ejemplo nos enseña que la Palabra de Dios no necesita de la validación humana para ser verdadera. La ciencia puede descubrir y confirmar, pero la revelación ya estaba dada.

El ciclo hidrológico

El ciclo del agua es fundamental para la vida en la Tierra. La evaporación, condensación y precipitación son procesos básicos en meteorología. Este conocimiento se formalizó científicamente en siglos recientes, pero la Biblia ya lo describía con exactitud. Job, inspirado por Dios, escribió: “Porque él atrae las gotas de las aguas, al transformarse el vapor en lluvia, la cual destilan las nubes” (Job 36:27-28).

El libro de Eclesiastés añade: “Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo” (Eclesiastés 1:7). Aquí se observa el mismo ciclo que hoy enseñan los libros de ciencia: el agua fluye hacia el mar, se evapora, forma nubes y vuelve en forma de lluvia. Este ciclo, que los agricultores y meteorólogos estudian con precisión, ya estaba descrito en la Escritura miles de años antes.

La teología nos muestra que este ciclo no es producto del azar, sino del diseño de un Creador que provee el agua necesaria para todos los seres vivos, recordándonos que cada gota que cae es fruto de su cuidado providencial.

La vida en la sangre

En 1628, William Harvey demostró que la sangre circula por todo el cuerpo y que es esencial para la vida. Antes de eso, la medicina creía que enfermedades podían curarse extrayendo sangre, lo que provocó la muerte de muchos pacientes. Sin embargo, la Biblia ya enseñaba: “Porque la vida de la carne en la sangre está” (Levítico 17:11).

En el contexto bíblico, esta afirmación no solo tenía un valor espiritual por el simbolismo de la sangre en la redención sino también físico. La sangre transporta oxígeno, nutrientes y defensas, y sin ella la vida cesa. En medicina, se reconoce que la pérdida de un volumen crítico de sangre lleva irremediablemente a la muerte, confirmando lo dicho en la Escritura miles de años antes de que la ciencia lo comprobara.

Desde la perspectiva pastoral, esto nos recuerda que Dios valora la vida y estableció leyes que protegían al pueblo de prácticas nocivas. El respeto por la sangre era, y sigue siendo, un respeto por la vida misma.

Las corrientes marinas

En el siglo XIX, Matthew Fontaine Maury, considerado el padre de la oceanografía, leyó en el Salmo 8:8 sobre “los senderos del mar” y se propuso buscarlos. Descubrió rutas y corrientes marinas que facilitaban la navegación, optimizaban el comercio y reducían tiempos de viaje.

Hoy sabemos que las corrientes marinas son vitales para la regulación del clima y el equilibrio de la vida marina. Distribuyen nutrientes, influyen en los patrones meteorológicos y mantienen la temperatura del planeta. La Biblia, al mencionarlas, reveló un conocimiento que siglos después transformaría la ciencia naval y la economía mundial.

La expansión del universo

La física moderna, especialmente a partir de las observaciones de Edwin Hubble en 1929, sostiene que el universo se expande. Sin embargo, mucho antes, los profetas hablaron de que Dios “extiende los cielos” (Isaías 42:5; Jeremías 10:12). La imagen que ofrecen las Escrituras es la de un lienzo que se despliega, muy similar a lo que hoy describe la cosmología.

La teología nos enseña que esta expansión no es un accidente, sino parte de un plan divino que comenzó con la creación y que se encamina hacia un propósito final. Cada nueva observación astronómica no hace más que confirmar que el universo obedece a leyes que su Creador estableció desde el principio.

El universo tuvo un comienzo. Esta idea se relaciona con la teoría moderna del Big Bang, que postula que el universo no es eterno, sino que se originó en un punto singular.

La importancia de la cuarentena y la higiene

La Ley de Moisés incluía normas que hoy llamaríamos de salud pública. Instrucciones como aislar a los enfermos de lepra, lavar las manos después de tocar un cadáver y desinfectar objetos eran mandatos divinos. Por ejemplo, en Levítico 13 se detalla el aislamiento, y en Números 19 se enseña el lavado con agua corriente.

En una época en que las causas de las enfermedades eran desconocidas y la higiene no era una prioridad, estas leyes protegieron al pueblo de Israel de epidemias que devastaban a otras naciones. La ciencia médica actual respalda estos principios como básicos para la prevención de enfermedades infecciosas.

La composición del cuerpo humano

La biología y la química modernas afirman que el cuerpo humano está compuesto por elementos que también se encuentran en la tierra: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, calcio y fósforo. Esta verdad ya estaba en Génesis 2:7: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra”. No es una metáfora, sino una afirmación literal de nuestra conexión física con el planeta.

Desde la perspectiva pastoral, esto nos recuerda nuestra dependencia de Dios, quien nos dio vida no solo como seres materiales, sino como almas vivientes al soplar en nosotros aliento de vida.

Otros ejemplos revelados en la Biblia

La Biblia también menciona la suspensión de la Tierra en el espacio: “Él cuelga la tierra sobre nada” (Job 26:7), mucho antes de que la astronomía confirmara que nuestro planeta flota en el vacío. Asimismo, describe procesos de salud mental, principios de alimentación saludable y leyes morales que la ciencia social contemporánea reconoce como fundamentales para la estabilidad humana.

La Biblia no es un tratado científico, pero cuando habla de ciencia, lo hace con exactitud. Esto demuestra que su Autor es el mismo que diseñó el universo. Lejos de oponerse, la ciencia y la fe pueden caminar juntas, cada una en su ámbito, para llevarnos a una comprensión más completa de la verdad. Como pastores y creyentes, debemos proclamar que la Palabra de Dios sigue siendo relevante y confiable, no solo para la salvación del alma, sino también como fundamento para entender el mundo que nos rodea.

 

Por el Dr. Javier Dotel

El autor es Doctor en Teología.

 

 

 

 

Comenta