RESUMEN
Cada 21 de enero, la República Dominicana se paraliza para celebrar el llamado Día de la Virgen de la Altagracia. Multitudes peregrinan, se realizan procesiones, se elevan oraciones, se hacen promesas y se rinde homenaje a una imagen que ha llegado a ocupar un lugar central en la religiosidad popular del país. Para muchos, esta práctica representa fe, identidad y tradición. Sin embargo, cuando esta celebración se examina a la luz de la Biblia, surgen profundas contradicciones que no pueden ser ignoradas por quienes afirman creer en el Dios de las Escrituras.
La fe cristiana no se fundamenta en costumbres heredadas ni en emociones colectivas, sino en la revelación de Dios contenida en su Palabra. El problema no es cultural ni emocional, sino doctrinal y espiritual. La pregunta que debe hacerse todo creyente es sencilla pero decisiva: ¿aprueba Dios este tipo de veneración según Su Palabra? La respuesta bíblica es clara y contundente. No.
En Éxodo capítulo 20, Dios establece los Diez Mandamientos, que no son normas circunstanciales, sino principios eternos que revelan Su carácter y Su voluntad. Allí se lee con absoluta claridad: “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso” Éxodo 20:3 al 5. Este mandato no deja espacio para interpretaciones acomodadas. Dios prohíbe expresamente la fabricación de imágenes con fines religiosos, la inclinación delante de ellas y cualquier forma de honra espiritual que compita con Su gloria.
Cuando una nación se inclina ante una imagen, le ora, le atribuye protección, milagros o intercesión, está incurriendo precisamente en aquello que Dios condena en Éxodo 20. No importa si se le llama veneración, devoción o tradición cultural. La Biblia no hace distinción entre adoración y veneración cuando se trata de inclinarse, orar y confiar espiritualmente en una figura creada. Dios es claro cuando declara que no comparte Su gloria con nadie.
La figura de María, madre de Jesús, es presentada en la Biblia con honra y respeto, pero nunca con atributos divinos. Fue una mujer bendecida, obediente y humilde, escogida por Dios para un propósito extraordinario. Sin embargo, en ningún pasaje de las Escrituras se enseña que deba ser venerada, invocada, adorada ni tomada como intercesora. La misma María dirigió toda la gloria a Dios cuando dijo: “Engrandece mi alma al Señor” Lucas 1:46. Ella nunca buscó exaltación, ni pidió oración, ni aceptó culto alguno.
El Nuevo Testamento es enfático al declarar que existe un solo mediador entre Dios y los hombres. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” 1 Timoteo 2:5. Introducir a cualquier otro mediador espiritual, aunque sea bajo el argumento de tradición o devoción, es alterar el mensaje del evangelio. Celebrar el 21 de enero como una fiesta religiosa mariana desplaza inevitablemente el centro de la fe cristiana, que es Jesucristo.
Muchas de las prácticas asociadas a esta celebración no tienen origen bíblico, sino histórico y cultural. Surgieron siglos después del cristianismo apostólico, en contextos donde el sincretismo religioso mezcló el cristianismo con prácticas paganas preexistentes. Jesús advirtió claramente sobre este peligro cuando dijo:
“En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” Mateo 15:9. Cuando la tradición contradice la Palabra de Dios, deja de ser una expresión legítima de fe y se convierte en un obstáculo espiritual.
El problema no es la sinceridad de las personas, ya que la sinceridad no garantiza verdad. Millones pueden estar sinceramente equivocados. La Biblia enseña que el error no deja de ser error por el hecho de ser popular. La idolatría no siempre se manifiesta de manera grotesca; muchas veces se disfraza de devoción piadosa, de fervor religioso y de costumbre nacional. Pero Dios sigue llamando a Su pueblo a adorarlo en espíritu y en verdad, no conforme a tradiciones humanas.
La República Dominicana se define mayoritariamente como cristiana. Precisamente por eso, debe tener el valor de examinar sus prácticas religiosas a la luz de las Escrituras. Una nación no honra a Dios por la cantidad de procesiones que realiza, sino por la obediencia a Su Palabra. “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová” Salmos 33:12. Esa bienaventuranza no se alcanza venerando imágenes, sino sometiéndose a la verdad revelada.
Este artículo no pretende atacar personas ni ofender sensibilidades, sino llamar a una reflexión profunda y necesaria. Amar la verdad implica confrontar el error, aunque esté envuelto en siglos de tradición. El 21 de enero no debería ser una fecha de veneración antibíblica, sino una oportunidad para volver a la Palabra de Dios, abandonar la idolatría y centrar la fe exclusivamente en Jesucristo, el único digno de adoración.
La verdadera protección, la verdadera esperanza y la verdadera salvación de la nación no provienen de una imagen, sino del Dios vivo que prohíbe la idolatría en Éxodo 20 y llama a Su pueblo al arrepentimiento y a la obediencia. Seguir la tradición de los hombres o la verdad de Dios es una decisión que cada generación debe tomar. La Biblia ya ha dejado clara la respuesta.
“Mi pueblo perecerá por falta de conocimiento”. Oseas 4:6
Por: Javier Dotel.
El autor es Doctor en Teología.
