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4 de febrero 2026
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OpiniónManuel Antonio VegaManuel Antonio Vega

La carabina de Juán María Núñez y el perdón a Lilís en 1897

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RESUMEN

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​Juán María Núñez, un joven hatero de Hato Mayor del Rey, no solo fue testigo de su época, sino un protagonista silencioso de un evento que pudo haber cambiado el curso de la historia dominicana.

En sus manos, una madrugada de 1897, estuvo la vida misma del temido dictador Ulises «Lilís» Heureaux, un momento de altísima tensión que, contra todo pronóstico, se resolvió con un ascenso militar en lugar de un fusilamiento.

​Juán María Núñez vino al mundo en 1876, hijo natural de doña Petrona Núñez. Su padre, don Ramón Ramírez, aunque no lo legitimó, era un hombre de gran prestigio, que ocupó importantes cargos en Hato Mayor del Rey, desde la sindicatura hasta la Presidencia del Ayuntamiento.

​A diferencia de su padre, Juán María se labró un nombre en la comunidad a través de un servicio desinteresado.

En 1888, se destacó como «cadenero gratuito» en la vital mensura y deslinde de los terrenos donados por Doña Mercedes de la Rocha al municipio.

Por esta labor cívica, recibió un solar propio, el cual tuvo que permutar en la década de 1940 cuando la prolongación de la calle Palo Hincado lo dejó «medio a medio» con el nuevo trazado.

​Su vocación de servicio era tan profunda que gozaba de una exoneración permanente del pago de derechos de papel de camino y cédula.

Acudía espontáneamente a cooperar con su trabajo en la construcción y reparación de edificios públicos —como la Iglesia Vieja (demolida en 1954)—, en sus horas libres y sin aceptar jamás remuneración.

Juán María Núñez, el hombre que perdonó a un tirano, falleció en 1954, dejando un legado de honestidad y servicio comunitario.

​El incidente en La Atarazana: Núñez vs. Lilís

​La encrucijada con el General Lilís Heureaux se dio en el contexto del Servicio Militar Obligatorio, conocido como «El Fijo», una misión que el joven de veintiún años no pudo evadir y de la cual muchos no regresaban vivos.

A pesar de cualquier ideología personal, la obligatoriedad se imponía, y Juán María fue alistado en las filas.

​Hacia 1897, el nombre de Lilís inspiraba un terror incalculable. Núñez se encontró prestando servicio como parte de «los guardias presidenciales» bajo el mando del General Mañón, encargado de la seguridad nocturna del Presidente.

​El dictador Lilís, siguiendo un hábito nocturno aprendido y cultivado, tenía la costumbre de dormir de día y volverse «noctívago» por las noches, moviéndose a menudo disfrazado de «mamarracho, robalagallina o paisano» para supervisar o espiar.

​Fue bajo uno de esos disfraces que se dirigió a La Atarazana, dentro del perímetro de seguridad de la entonces Casa Presidencial (hoy Alcázar de Colón).

​La tensión en la oscuridad
​alrededor de la medianoche, entre las 12 y la 1:00 a.m., el «robalagallina» se fue acercando al puesto de Juán María Núñez.

El centinela, siguiendo el estricto protocolo, apenas había terminado de gritar los tres reglamentarios: «¡Quién vive!» cuando el extraño, maloliente y misterioso intruso, tuvo la fría boca de la carabina pegada a su cuello.

​Lilís, tomado por la rapidez de la reacción, sintió un miedo paralizante.

«Se puso chiquitico», narra la crónica, y respondió con una velocidad inusual: «Soy tu General Lilís».

​Núñez retiró el arma, y el dictador se ausentó inmediatamente.

​Aquella madrugada y todo el día siguiente, el joven hatero sintió que la muerte le respiraba en la nuca.

Estaba tembloroso, seguro de que sería fusilado por haber encañonado al hombre más poderoso y temido de la nación.

​Lilís, al revisar la lista del servicio nocturno, descubrió la identidad del centinela: «¡Juan María Núñez, y de Hato Mayor!»

​El General Mañón le transmitió la orden marcial de presentarse ante el Presidente.

Núñez, preso del pánico, le confesó a su superior que estaba seguro de que iría a la muerte, a pesar de la frase de Lilís al retirarse, quien le había afirmado que no se preocupara, pues había cumplido con su deber de soldado fiel.

El joven no le creyó.

​En el despacho presidencial, Juán María se mantuvo en rígida formación militar, sin musitar un monosílabo, su mente revuelta por torbellinos de temor juvenil.

Lilís, con tono alto y severo, le increpó:
​»¡Yo…lo mandé a llamar porque necesitaba verme personal con usted…el único hombre que en mi vida me ha pegado un carabina! (¡Sí… a mí mismo, al General Lilís!)».

​Juán María, frente a las tropas palaciegas, sintió el mundo abrirse bajo sus pies.

Pero la sorpresa fue monumental.

En lugar de un arma homicida, Lilís sacó de su gaveta las insignias de sargento. El dictador proclamó que con hombres como el condecorado, «se podía dormir sin susto». Su gesto, explicó, se debía a que su enfrentamiento «no fue en un campo de batalla… sino en el cumplimiento de un deber, como centinela».

​El joven hatero, por haber cumplido cabalmente con su deber, se convirtió en sargento.

Juán María Núñez fue, a fin de cuentas, el único hombre que puso la carabina al cuello de Lilís Heureaux y vivió para contarlo.

​Por Manuel Antonio Vega

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