RESUMEN
Cuando una persona adinerada, de quien se supone que no tiene el más mínimo apremio económico, resulta involucrada en expedientes por actos dolosos, robos, desfalcos o malversación de fondos públicos, surge una pregunta inevitable: ¿Hasta dónde llegan la ambición y la avaricia?
Parece que alguien debió tocarles en los hombros y advertirles que ya eran ricos, invitándoles a meditar sobre la suficiencia de sus posesiones y el estado de sus cuentas bancarias.
En definitiva, recordarles que no necesitaban cruzar la línea de la ilegalidad.
Es lamentable ver cómo esta sed insaciable de poder y dinero lleva a figuras pudientes a formar parte de asociaciones de malhechores, destruyendo en un instante su prestigio social.
Lo más doloroso es que, con estas acciones, echan por tierra el arduo esfuerzo de sus progenitores.
Aquellos padres que trabajaron con integridad jamás imaginaron ver sus apellidos manchados en los medios de comunicación, ni el honor familiar arrastrado por el lodo de la corrupción.
Pero no solo ellos; también hay quienes, sin tener la misma suerte, se ven tentados a seguir el mismo camino, olvidando que la pobreza no justifica la transgresión del honor.
La verdadera riqueza no se mide en cuentas bancarias, propiedades, vehículos o posesiones materiales, sino en la integridad y la dignidad.
Al final, cuando el peso de la justicia y el juicio social caiga sobre ellos, descubren demasiado tarde que ningún banquete sabe bien en una mesa donde se ha servido la vergüenza.
El patrimonio se puede reconstruir, pero la dignidad, una vez perdida, no tiene precio de rescate.
Es ahí donde el espejo les devuelve la imagen de una pobreza espiritual absoluta, confirmando que no hay carencia más grande que la ambición de la avaricia.
Con Dios siempre, a sus pies.
Por Leonardo Cabrera Díaz
