SANA AL MUNDO
La juventud dominicana está expuesta, como nunca antes, a un universo musical dominado por lo inmediato, lo viral y lo escandaloso. Lo que en otras épocas fue arte, disciplina y legado, hoy muchas veces se reduce a un espectáculo vacío de morbo y fama rápida.
Un informe global de la IFPI reveló que el 73 % de los jóvenes de 16 a 24 años consume música principalmente desde redes sociales y streaming. En nuestro país, los datos de Indotel muestran que más del 85 % de los menores de 25 años usa redes diariamente desde el celular. El resultado: la música que escuchan ya no depende tanto de calidad, sino de lo que aparece en pantalla.
Morbo frente a talento:
En la República Dominicana muchos jóvenes defienden con pasión a figuras cuyo “arte” se sostiene en letras explícitas, bailes provocadores y polémicas en redes. Se trata de ídolos de consumo rápido, más cercanos al escándalo que a la creación.
En cambio, voces como las de Juan Luis Guerra, Maridalia Hernández, Pavel Núñez o Xiomara Fortuna representan el verdadero talento: letras profundas, musicalidad, innovación y legado. Sin embargo, rara vez son referencia para esta generación, que prefiere lo inmediato y lo viral.
¿De verdad puede compararse a Juan Luis Guerra —un artesano de la música— con artistas que se limitan a repetir frases vacías y a provocar en redes sociales?
Ejemplos claros:
En los barrios, las bocinas suenan con canciones cargadas de violencia y sexualización.
En los conciertos, el espectáculo visual y los gestos obscenos muchas veces pesan más que la voz.
En las redes, un video escandaloso genera más atención que un álbum trabajado con esmero durante años.
Así, se va construyendo una generación de oyentes que confunden popularidad con calidad, y fama con verdadero arte.
Consecuencias culturales:
La primera consecuencia es la degradación cultural: se normaliza consumir lo vulgar como si fuera música de valor.
La segunda es la aparición de falsos modelos: jóvenes que creen que el éxito se logra con polémica, y no con disciplina.
La tercera, la pérdida de diversidad: merengue, bachata tradicional, bolero y música folklórica corren el riesgo de ser relegados a lo “anticuado”.
La otra cara:
No todo está perdido. En el país también surgen propuestas auténticas.
Riccie Oriach mezcla lo moderno con lo folklórico.
Covi Quintana aporta frescura y sensibilidad.
Vicente García, ganador de Latin Grammy, demuestra que se puede innovar desde las raíces caribeñas.
Estos artistas muestran que existe una alternativa real al ruido y al morbo. Lo que falta es mayor difusión y apoyo.
¿Qué hacer?
La solución empieza en la educación artística en las escuelas: no basta enseñar partituras, hay que enseñar a apreciar.
Los medios de comunicación deben asumir la responsabilidad de difundir calidad, no solo lo que vende.
Los padres y maestros deben guiar, cuestionar y orientar lo que escuchan los jóvenes.
Y como sociedad debemos apoyar a los talentos auténticos, brindando espacios y plataformas a quienes sí hacen música con contenido.
Reflexión final:
La juventud dominicana no está perdida, pero necesita referentes claros.
No podemos permitir que el morbo reemplace al mérito ni que los ídolos de barro se conviertan en los modelos de una generación que merece mucho más.
La música es memoria, identidad y futuro.
La gran pregunta es: ¿qué legado queremos dejar? ¿Canciones huecas que se olvidan al mes, o melodías que trasciendan y eleven al espíritu humano?
POR AMERFI CÁCERES
