RESUMEN
En República Dominicana, estudiar es como construir una casa en la orilla del mar con las manos desnudas. Te lo prometen todo: estabilidad, respeto, futuro. Pero lo único que llega es la marea de la frustración. Nos vendieron la educación como una tabla de salvación. Y muchos se aferraron. Pero en este país, la educación no es una puerta: es una trampa.
Según el Observatorio del Mercado Laboral del Ministerio de Trabajo, más del 29 % de los jóvenes dominicanos entre 15 y 29 años no estudian ni trabajan. Y de los que sí se gradúan, el 63 % trabaja en algo que no tiene nada que ver con lo que estudió. ¿Y qué pasa con esos títulos? Se doblan, se arrugan, se guardan en una gaveta junto a la rabia y la decepción.
Estudiar aquí no garantiza nada. Ni empleo digno. Ni movilidad social. Ni respeto. Lo único que garantiza es una deuda emocional con uno mismo, por haberse creído el cuento. Porque mientras tú te levantabas a las 5 de la mañana para coger una guagua y sentarte seis horas en una universidad pública sin aire, los puestos de verdad ya tenían nombre y apellido.
Aquí no importa si eres brillante, si hablas tres idiomas, si terminaste con honores. Si no tienes un “tío que te ayude”, si no fuiste a una de esas universidades de élite, si no te vendes barato o no te arrodillas, te quedas fuera. Y no por incompetente, sino porque este sistema no premia el talento, premia la sumisión.
Tenemos una generación con maestrías pero sin salario. Con sueños, pero sin país. Y el Estado ni siquiera les ofrece futuro: les ofrece resignación. Les enseña que el éxito no se logra estudiando, se logra fingiendo. Que es mejor viralizarse que especializarse. Que un selfie con un político vale más que diez años de formación.
¿Y qué hace esa juventud rota? Se va. Cada año, más de 25 mil jóvenes dominicanos emigran buscando lo que aquí no se les da: dignidad. Prefieren limpiar pisos en Europa que limpiarse las lágrimas aquí. Prefieren cargar platos en Nueva York que cargar la decepción de sus padres en Santo Domingo. Porque allá, al menos, el esfuerzo se paga. Aquí, el esfuerzo se ignora.
Y aún hay quienes se atreven a llamarlos “desagradecidos”. ¿Desagradecidos de qué? ¿De vivir en un país que les promete el cielo y les entrega una jaula? ¿De un gobierno que invierte más en campaña que en becas reales? ¿De una sociedad que aplaude a los mediocres y silencia a los que piensan?
Este no es un ensayo. Es un grito. Porque estamos criando generaciones que aprenden a sobrevivir, no a soñar. Que ya no creen en discursos, ni en cátedras, ni en héroes de salón. Y eso, señores, es peligroso. Porque cuando una juventud deja de creer, deja de obedecer. Y cuando deja de obedecer, comienza a cambiarlo todo.
