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10 de enero 2026
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OpiniónLuis BogaertLuis Bogaert

José Francisco Peña Gómez y la familia Bogaert: un vínculo forjado en el alma del saber

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Nacido en el rincón humilde de la tierra dominicana, donde el sol besa los campos y la esperanza lucha por florecer, José Francisco Peña Gómez se alzó como un gigante que soñó con cambiar los destinos de su pueblo. Hijo del sufrimiento, marcado por el abandono y el exilio de sus padres haitianos, su historia pudo haber sido una más entre las páginas del olvido. Pero el destino, en su juego eterno, lo condujo hacia una familia que encendió en él la llama del conocimiento: los Bogaert.

En el hogar de esta ilustre familia, Peña Gómez encontró algo más que un techo; halló un nido de oportunidades y una puerta hacia un horizonte ilimitado. Fue en su humilde grandeza donde los Bogaert reconocieron en aquel joven de mirada profunda una inteligencia inquebrantable, un potencial que clamaba por ser liberado. Ellos no solo ofrecieron sustento material, sino el tesoro invaluable de la educación.

Con cada libro que le ponían en las manos, con cada palabra de aliento, los Bogaert sembraron en Peña Gómez un espíritu imbatible. Aprendió del lenguaje, la historia y las ideas universales; pero, sobre todo, aprendió que el conocimiento era el arma más poderosa contra la pobreza y la opresión. A través de ellos, sus sueños dejaron de ser fantasías lejanas y se convirtieron en proyectos concretos de cambio.

Peña Gómez no fue solo un estudiante brillante; fue el emblema de la lucha por la justicia y la igualdad. Y en cada discurso que pronunció como líder político, se escuchaba el eco de aquellos días de aprendizaje, como si la familia Bogaert hubiera dejado su impronta en cada palabra y cada gesto.

En la memoria de la República Dominicana, José Francisco Peña Gómez es el faro de la democracia y la voz de los desposeídos. Pero detrás de esa figura titánica, yace el corazón generoso de los Bogaert, quienes, sin saberlo, plantaron la semilla de un líder cuyo legado aún reverbera en los corazones de su pueblo.

Así, en un acto de amor y fe en el porvenir, la familia Bogaert no solo cambió la vida de un hombre; cambió la historia de una nación.

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