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9 de febrero 2026
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OpiniónJavier DotelJavier Dotel

Jartancia nacional

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RESUMEN

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La República Dominicana vive una crisis que va más allá de los números fríos de la economía y de las estadísticas oficiales maquilladas por discursos gubernamentales. Lo que se respira en las calles es cansancio, una sensación de hartazgo colectivo que se ha convertido en una realidad cultural. El pueblo ya no solo está inconforme, está jarto, como decimos los dominicanos. Esta no es una simple queja pasajera; es un grito nacional, un clamor que surge desde los barrios más humildes hasta las urbanizaciones más acomodadas. La jartancia nacional es el fruto de 5 años de promesas incumplidas, de una clase política que ha convertido al país en una novela de engaños, y de un gobierno que ha administrado esta tierra como si fuera una propiedad personal.

Estamos jartos de los apagones que paralizan la producción, afectan el comercio, enferman a los enfermos y arruinan los hogares. Apagones que no respetan horarios ni ciudades, que interrumpen clases virtuales, consultas médicas, cultos, reuniones de trabajo y momentos familiares. Mientras tanto, las autoridades repiten promesas de “energía estable” que nunca llegan. La República Dominicana es un país que paga la electricidad más cara de la región, y aun así sufre cortes diarios de 8 a 12 horas en sectores enteros. Nos han dicho mil veces que el problema eléctrico se resolverá, pero la oscuridad sigue cubriendo al pueblo. Y el pueblo está jarto de la oscuridad, jarto de vivir en penumbras, jarto de escuchar excusas.

Estamos jartos de que nuestras escuelas estén en ruinas. En pleno siglo XXI, cientos de estudiantes reciben clases en aulas sin techo, en butacas rotas, en pisos de tierra y en edificios sin baños funcionales. Las noticias muestran imágenes de techos desplomados, filtraciones, falta de pintura y materiales básicos. El país invierte miles de millones en supuestos proyectos educativos, pero nuestros niños aprenden en condiciones indignas, con profesores desmotivados y padres que ya no creen en las reformas. Mientras se construyen torres y plazas comerciales, la infraestructura educativa sigue siendo una vergüenza nacional. Y el pueblo está jarto de ver cómo el futuro de sus hijos se destruye por falta de inversión real y por una corrupción que se come hasta el cemento de las escuelas.

Estamos jartos del deterioro de nuestras calles y avenidas. República Dominicana se ha convertido en un museo del abandono vial, con hoyos que parecen cráteres lunares, aceras intransitables y carreteras que se inundan con el primer aguacero. Cada viaje al trabajo se convierte en una carrera de obstáculos que daña vehículos, retrasa ambulancias y evidencia la incompetencia de quienes administran los fondos públicos. Se anuncian obras con bombos y platillos, pero los resultados son parches mal hechos que no resisten ni una temporada de lluvias. Mientras tanto, el presupuesto nacional sigue drenando millones en contratos cuestionables. Estamos jartos de tener que esquivar hoyos, jartos de ver cómo nuestras ciudades se desmoronan ante la indiferencia.

Estamos jartos de los tapones interminables. Transitar por Santo Domingo es un calvario: avenidas colapsadas, semáforos dañados o apagados, falta de planificación y un sistema de transporte público ineficiente. Miles de dominicanos pasan entre dos y cuatro horas diarias atrapados en vehículos que consumen combustible caro mientras el tiempo productivo se esfuma. Y no es solo la capital; las ciudades del interior también sufren el caos vehicular, resultado de años de improvisación y corrupción. El dominicano ya no aguanta más, y el “jarto” es el grito colectivo que sale de cada persona frustrada, de cada chofer agotado, de cada ciudadano que pierde su salud mental y física en medio del tránsito.

Estamos jartos de los precios abusivos de los productos básicos. La canasta familiar se ha convertido en un lujo inalcanzable. Cada visita al colmado o supermercado es un recordatorio doloroso de que el salario no alcanza. La libra de arroz, de pollo, de carne, el aceite, los huevos, los vegetales… todo sube sin freno, mientras el pueblo escucha discursos oficiales sobre “crecimiento económico” que no se traduce en bienestar. La inflación golpea más fuerte a los pobres, pero ni siquiera la clase media logra respirar. Familias enteras deben elegir entre pagar la renta o comprar comida suficiente, entre el pasaje de la semana o los útiles escolares. Y mientras tanto, los funcionarios del gobierno del cambio, exhiben lujos en redes sociales, ajenos al sufrimiento del pueblo. Estamos jartos de esta burla, jartos de que el progreso sea solo un eslogan vacío.

Estamos jartos de que no haya agua potable en las llaves. El agua, derecho básico de cualquier ser humano, es un lujo en gran parte del país. Barrios completos pasan semanas sin una gota de agua en las tuberías, obligando a la gente a comprar botellones y camiones cisterna a precios exorbitantes. Las fugas, el derroche y la falta de inversión en sistemas de distribución agravan una crisis que ya no debería existir en pleno 2025. Es inconcebible que una nación rodeada de ríos y montañas dependa de cubetas para bañarse y cocinar. Estamos jartos de cargar galones de agua, jartos de pagar por un servicio que nunca llega, jartos de vivir en condiciones indignas.

Estamos jartos del gobierno del PRM. Un gobierno que prometió cambio, y si lo ha logrado, cambiamos pero como el cangrejo, retrocedimos al siglo IXX, pero entregó: corrupción disfrazada de modernidad, funcionarios que hablan de progreso mientras el pueblo se hunde, y un presidente que repite discursos optimistas que nadie cree. Se han gastado millones en publicidad para vender una imagen de país próspero mientras las calles están rotas, los hospitales colapsan, la delincuencia avanza y el costo de vida asfixia. Estamos jartos de que los políticos de este gobierno, haya convertido al país, en un negocio familiar, de que los recursos públicos sean botín de campaña y de que las promesas se pierdan en el viento.

Estamos jartos de la inseguridad que domina nuestras comunidades. Cada día las noticias reportan atracos, feminicidios, secuestros y asesinatos, mientras el pueblo vive tras rejas y alarmas. Las autoridades anuncian planes de seguridad, pero las estadísticas muestran que la delincuencia está fuera de control. La policía carece de recursos, el sistema judicial está politizado, y los ciudadanos ya no confían en las instituciones. Estamos jartos de vivir con miedo, jartos de perder vidas valiosas por la impunidad que reina en la nación.

Estamos jartos de estar jartos. Este es el grito final de un pueblo cansado de repetir lo mismo. Cansado de promesas, de escuchar que “todo está mejorando” mientras el hambre crece, la delincuencia avanza y los servicios básicos se deterioran. Jartos de que el gobierno viva en una burbuja de privilegios mientras el pueblo sobrevive con salarios miserables. Jartos de ver cómo nuestra nación, que tiene potencial para ser un paraíso, se hunde en el atraso y la desigualdad.

Este artículo no es un simple desahogo, es un llamado. La jartancia nacional debe convertirse en conciencia, y la conciencia en acción. No basta con quejarnos en redes sociales; es hora de exigir transparencia, justicia y liderazgo verdadero. Un pueblo que se reconoce jarto está listo para actuar, pero esta actuación comienza con una ciudadanía que no se rinde. La indignación debe transformarse en compromiso, y el cansancio en valentía. El futuro de nuestra nación no puede depender de falsos discursos, de gente que vinieron a asaltar el erario, sino de hombres y mujeres que amen esta tierra lo suficiente para luchar por ella.

Estamos jartos, sí, pero también estamos despertando. Y un pueblo despierto es más fuerte que cualquier discurso vacío. La República Dominicana merece líderes honestos, justicia real, instituciones fuertes y servicios básicos dignos. Merece un presente y un futuro diferente. Que esta jartancia nacional sea el principio de una nueva historia.

 

Por el doctor Javier Dotel

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