RESUMEN
El conflicto entre Israel y Palestina ha sido, durante más de siete décadas, uno de los principales ejes de la geopolítica de Medio Oriente, modelando la historia contemporánea de la región e influyendo en el sistema internacional en su conjunto. Desde el surgimiento del Estado de Israel en 1948, la cuestión palestina ha sido utilizada como herramienta política, causa religiosa y detonante de crisis regionales, en las que convergen intereses globales y rivalidades ancestrales.
Comprender la magnitud del conflicto requiere analizar tanto los antecedentes históricos como la coyuntura actual y las perspectivas inmediatas, en las que se entrelazan factores geográficos, políticos, ideológicos y espirituales.
La creación del Estado de Israel en 1948 respondió a una combinación de factores históricos que incluyen el auge del movimiento sionista, la devastación del Holocausto y la partición de Palestina propuesta por las Naciones Unidas en 1947. Este acto generó un profundo resentimiento en el mundo árabe, resultando en una serie de guerras (1948, 1956, 1967, 1973) y una prolongada enemistad entre Israel y sus vecinos. A pesar de estar rodeado por regímenes autoritarios y hostiles, Israel logró consolidar una democracia funcional, moderna y tecnológicamente avanzada, convirtiéndose en un modelo de desarrollo en un entorno marcado por la inestabilidad y la violencia.
La geografía de Israel, situada en el corazón del Creciente Fértil y rodeada por países con intereses contrapuestos (Egipto, Jordania, Siria, Irán, Yemen y el Líbano), convierte su seguridad en un desafío permanente. Los conflictos con grupos no estatales como Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano y, recientemente, los hutíes en Yemen, han añadido una capa de complejidad, pues estos actores, frecuentemente apoyados por Irán, operan bajo una lógica de guerra asimétrica y prolongada.
La rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, la fragmentación del mundo árabe y la injerencia de potencias externas, Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y China, han transformado el conflicto en una especie de tablero geopolítico donde Israel es pieza clave, pero también blanco permanente.
El Estado de Israel enfrenta amenazas existenciales a diario. Organizaciones como Hamás, Hezbolá y los hutíes han demostrado capacidad para infligir daño real tanto en el plano militar como en el psicológico, desafiando la supremacía tecnológica y la inteligencia israelí. El ataque de los hutíes en mayo de 2025, lanzando un misil balístico hipersónico que impactó en el Aeropuerto Ben Gurrión de Tel Aviv, marcó un hito al demostrar que los enemigos de Israel pueden golpear sus infraestructuras estratégicas desde cientos de kilómetros de distancia.
Este hecho, además de dejar heridos y dañar la infraestructura aeroportuaria, puso en evidencia la vulnerabilidad ante las nuevas tecnologías bélicas que actores no estatales están adquiriendo gracias al respaldo de potencias como Irán. La respuesta israelí, que incluyó bombardeos precisos contra infraestructuras utilizadas por los hutíes en Yemen, entre ellas el Aeropuerto Internacional de Saná, es un reflejo de la doctrina de defensa activa y disuasiva que guía la política militar del Estado hebreo.
Sin embargo, cada acción de defensa es objeto de escrutinio internacional y mediático. Muchas veces, la cobertura informativa se focaliza en las consecuencias humanitarias de la respuesta israelí, omitiendo las provocaciones y el uso sistemático de escudos humanos por parte de organizaciones como Hamás, lo que distorsiona la percepción del conflicto y alimenta la narrativa de una supuesta desproporción.
A lo largo de su historia, Israel ha participado en numerosos procesos de paz, demostrando voluntad de alcanzar una solución negociada. Los Acuerdos de Oslo (1993-1995) supusieron un avance significativo al crear la Autoridad Nacional Palestina y establecer mecanismos de cooperación. Posteriormente, la retirada unilateral de Gaza en 2005 evidenció la disposición israelí a tomar riesgos en busca de la paz, aun a costa de su propia seguridad. Sin embargo, la respuesta de Hamás y otros grupos radicales fue incrementar los ataques con cohetes y negarse a reconocer el derecho de Israel a existir, obstaculizando cualquier avance.
Actualmente, la fragmentación del liderazgo palestino, la injerencia de Irán y la politización internacional del conflicto dificultan aún más la posibilidad de una solución duradera. Las nuevas generaciones, tanto israelíes como palestinas, crecen en un ambiente de desconfianza y dolor, lo que perpetúa el ciclo de violencia.
El panorama de 2025 evidencia una escalada regional que trasciende el tradicional, enfrentamiento entre Israel y los palestinos. El involucramiento activo de los hutíes de Yemen quienes en mayo lanzaron un misil hipersónico contra Tel Aviv, la intensificación de la presencia de Hezbolá en el sur del Líbano y la persistente inestabilidad en Siria configuran un escenario de múltiples frentes.
En Gaza, la situación humanitaria sigue siendo crítica. Los enfrentamientos entre Hamás y las fuerzas israelíes han provocado miles de desplazados y una creciente presión internacional para que se alcance un alto el fuego. No obstante, Israel mantiene su política de responder con firmeza ante cada agresión, priorizando la protección de su población civil, mientras insiste en la necesidad de desmantelar la infraestructura militar de Hamás, construida deliberadamente entre civiles para maximizar las bajas colaterales.
En el ámbito internacional, la guerra en Ucrania y la competencia entre China y Estados Unidos han relegado el conflicto israelí-palestino a un segundo plano, aunque sigue siendo foco de preocupación para la seguridad global. Estados Unidos, principal aliado de Israel, continúa proveyendo apoyo militar y diplomático, mientras que algunos países europeos adoptan posturas más críticas, influenciadas por movimientos de opinión pública.
Uno de los mayores desafíos que enfrenta Israel no es solo militar, sino también diplomático y mediático. La narrativa internacional, a menudo, presenta a Israel como agresor, minimizando o ignorando la continua agresión que recibe de actores no estatales. Esta visión sesgada dificulta la comprensión real de la dinámica y puede poner en peligro el derecho de Israel a la autodefensa, reconocido por el Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas.
Israel tiene no solo el derecho, sino la obligación moral y legal de proteger a sus ciudadanos frente a amenazas internas y externas. El sufrimiento de la población civil palestina es innegable, pero sus causas profundas se relacionan con el accionar de grupos como Hamás, que instrumentalizan el dolor de su propio pueblo como arma política y mediática.
De cara al futuro inmediato, la región se enfrenta a una encrucijada. Si la comunidad internacional no asume un rol más equilibrado y realista, el riesgo de una escalada mayor es tangible. La posibilidad de un conflicto abierto con Irán, el deterioro de la situación humanitaria en Gaza y la radicalización de sectores juveniles en ambos lados constituyen amenazas que requieren una acción coordinada y soluciones creativas.
Sin embargo, también existen oportunidades. La normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes, impulsada por los Acuerdos de Abraham, ofrece una base para el diálogo regional y la cooperación económica. La innovación tecnológica, el intercambio educativo y la presión de las nuevas generaciones pueden, con el tiempo, abrir caminos para una paz sostenible. Para ello, es imprescindible un reconocimiento mutuo de la legitimidad y el derecho a existir de ambas partes, así como el compromiso real de abandonar la violencia y priorizar el bienestar de la población civil.
La situación entre Israel y Palestina es compleja, dolorosa y multifacética, arraigada en la historia y en las pasiones humanas más profundas. El derecho de Israel a existir y defenderse no puede ser cuestionado sin poner en riesgo los principios fundamentales de la convivencia internacional. Al mismo tiempo, las legítimas aspiraciones del pueblo palestino deben ser abordadas con seriedad y humanidad.
Como cristiano, veo en este conflicto no solo una lucha por la tierra, sino también una batalla por la justicia, la dignidad y la esperanza. Solo el diálogo sincero, la empatía y el compromiso con la verdad pueden allanar el camino hacia una solución justa y duradera. Que la comunidad internacional apoye la paz, pero también la justicia, reconociendo la legítima defensa de Israel y el derecho de los palestinos a vivir con dignidad.
El autor es Doctor en Teología.
Por: Dr. Javier Dotel.
