Imagínese llegar a un lugar donde el aire se respira casi dulce, tan limpio que parece recién creado, y donde los niños corretean sin miedo a cualquier hora porque la palabra inseguridad apenas se pronuncia. Esa isla existe. Se llama Islandia y, hace poco más de un siglo, era un rincón remoto del Atlántico Norte, pobre y olvidado, habitado casi en exclusiva por pescadores, campesinos y ovejas que pastaban entre los glaciares. Hoy, con apenas 387 000 habitantes—menos que la población de muchas capitales latinoamericanas — la nación presume de uno de los niveles de vida más altos del planeta y de ser un laboratorio vivo de sostenibilidad. ¿La clave? Una apuesta obstinada y sostenida por la educación y las energías limpias.
A inicios del siglo XX, el ingreso per cápita rondaba los mil dólares de hoy y la alfabetización era un privilegio al alcance de pocos. Islandia colocó la educación en el centro de su existencia: escuela gratuita y obligatoria, bibliotecas incluso en los pueblos más pequeños y, en 1911, la osadía de fundar su primera universidad con apenas 85.000 almas repartidas entre montañas y fiordos. Un siglo después, el 99 % de su gente sabe leer y escribir, cuatro de cada diez adultos poseen estudios superiores, y el país invierte el 7 % de su PIB en formación—más que el promedio de la OCDE.
La cosecha de esa siembra está a la vista. En 1960, el 90 % de las exportaciones dependía del bacalao. Hoy, el producto Interior Bruto supera los 30.000 millones de dólares y se sostiene sobre tres patas: turismo, tecnología y energía renovable. Los visitantes llegaron a ser 2,2 millones en 2019, seis veces la población local y dejaron 2 600 millones de dólares en divisas. La pandemia les recordó la fragilidad de depender de los vuelos internacionales, pero el mismo capital humano que diseñó rutas turísticas únicas ha sabido redirigir talento hacia los centros de datos que se alimentan de energía 100 % renovable. Google y otras grandes firmas han instalado servidores allí, atraídas por la electricidad barata procedente de volcanes y cascadas, y por un aire gélido que reduce el costo de refrigeración.
Islandia brilla también en la esfera ambiental. Sus plantas geotérmicas e hidroeléctricas cubren toda la demanda nacional y le permiten exportar conocimiento verde al mundo. El país se ha propuesto prohibir la venta de vehículos a gasolina o diésel en 2030 y alcanzar la neutralidad de carbono una década después. No es palabrería: en 2023, el 38 % de los automóviles nuevos ya eran eléctricos o híbridos enchufables, y los niveles de partículas finas en el aire apenas llegan a 6,4 µg/m³, menos de la mitad del promedio de la OCDE.
A ello se suma una seguridad casi insólita. La tasa de homicidios ronda 0,3 por cada 100 000 habitantes, un susurro estadístico y el país carece de ejército permanente. Su Guardia Costera patrulla las aguas heladas, mientras la política exterior se apoya en la diplomacia y alianzas internacionales. Esa paz interior nutre la confianza ciudadana y refuerza el círculo virtuoso: instituciones fuertes, corrupción mínima, más inversión social.
Por supuesto, el éxito tiene sus costos. La vida en Reykjavík no es barata: un apartamento modesto puede superar el medio millón de dólares y la compra semanal es un tercio más cara que en buena parte de Europa. El aislamiento geográfico exige importar casi todo lo que no se cultiva en invernaderos geotérmicos y, cuando el turismo se congeló en 2020, el PIB retrocedió como un glaciar en retroceso. Son recordatorios de que incluso los modelos admirados deben adaptarse sin perder su esencia.
¿Qué lecciones deja esta isla de fuego y hielo? Primero, que la educación universal no es un gasto, sino la mejor inversión para romper el techo de cristal de la pobreza. Segundo, que diversificar la economía antes de que lleguen las crisis es un salvavidas, no un lujo. Y tercero, que la sostenibilidad puede pasar de eslogan a realidad cuando existe voluntad política y talento formado para ejecutarla.
Islandia no es perfecta, pero su recorrido muestra que un país pequeño, aislado y sin grandes recursos naturales convencionales puede reinventarse si pone a las personas en el centro y trata a la naturaleza como aliada, no como botín. En tiempos de climáticos extremos y desigualdades crecientes, la historia islandesa nos recuerda que la resiliencia se cultiva en las aulas, se alimenta con innovación y se protege con políticas que piensen en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones.
Por: Jimmy Rosario Bernard.
