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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Inventariando mi existencia

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RESUMEN

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Celebro por lo que poseo y puedo disfrutar, aunque sean sencilleces, pero no me amargo por lo que ansío y no sé si tendré alguna vez. De repente, ha pasado por mi mente la divertida idea de inventariar cosas materiales e inmateriales que poseo o que, de alguna manera, forman parte de mí, de mi existir.

Por ejemplo, no poseo el viento, pero el viento me acaricia cada vez que me asomo a la calle o cuando camino orillando el mar o cuando conduzco mi auto y, al bajar los cristales, me besa la frente. Detalles así, aparentemente insignificantes, importantes para mí.

Valoro mucho el modo en que la gente que me mira y me regala una sonrisa, al conductor que me da la preferencia a pesar de que la cortesía se haya medio ocultado en las sombras hace mucho tiempo.

¡A ver! Todavía poseo: dos manos, dos piernas, dos ojos, una boca, una mente aparentemente cuerda, cabellos para peinar, dos oídos, dientes que pueden cortar sin el auxilio del cuchillo, una voz diáfana, un montón de palabras registradas en mi base de datos cerebral, una memoria con recuerdos que anhelo y recuerdos que no puedo olvidar (aunque quisiera), un corazón capaz de amar y que no se atreve a guardar rencor.

¡Cuántas cosas poseo! Eso quiere decir que puedo asir y sostener cosas, así como acariciar personas con mis manos; puedo andar sin muletas, con mis propias piernas, e incluso correr. Puedo ver la primavera florecida sin tener la necesidad de imaginármela como si fuera un no vidente, porque mis ojos aún conservan sus pupilas y sus iris; puedo oír el murmullo del mar, el canto de los pájaros, las palabras de amor y de cariño que me ofrendan quienes me quieren y el sonido de la lluvia cuando cae en los estanques… ¡y así!

En mi haber, en mi valioso tesoro existencial, tengo hijos y hermanos que me abrazan y dejan que yo los abrace; amigos y amigas que muchos anhelarían tener. También puedo decir, complacido, que poseo buenos vecinos, que me extrañan cuando me ausento del barrio. Tengo varios compadres muy nobles y solidarios y muchos sobrinos biológicos y adquiridos por la fuerza del cariño.

Como persona normal que soy —ningún psiquiatra ni psicólogo clínico alguno ha dictaminado lo contrario—cuento en mi haber con primos y primas, con tías y tíos y hasta con dos mecánicos de confianza. No poseo finca ni cuentas bancarias en Suiza, pero sí un hogar que me espera. No poseo autos lujosos con chofer en cada horario, pero sí tengo una gigantesca biblioteca depositaria de sabiduría, que tiene mayor valor para mí.

Y todavía me falta citar más de mi inventario existencial: me tengo a mi mismo y a mi fe en el Altísimo, a mi esperanza de seguir creciendo espiritualmente y a mi deseo de vivir eternamente. Y el poder de las palabras.

¡Ah, olvidaba algo! Tengo un solo nieto cuya vitalidad semeja la de diez: ¡es un milagro divino ese niño! Apenas tiene seis años de edad, está aprendiendo a jugar ajedrez y unos de estos días, secuestrándole el celular a su abuelita Clara Elena, me envió, por WhatsApp, el siguiente mensaje de audio: «Abuelito, todos te amamos».

¡Soy rico! ¡Cuántas cosas tengo, que no son exactamente bienes materiales, pero que tienen mayor valor para mí!

Por Miguel Collado

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