ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
12 de enero 2026
logo
OpiniónAdrian SilverioAdrian Silverio

Intervención, transición y hegemonía: Lo que Venezuela revela del sistema internacional

COMPARTIR:

El 3 de enero de 2026 quedará registrado en la historia de las relaciones internacionales como un momento definitorio para el sistema interamericano y, más ampliamente, para el orden internacional contemporáneo. La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro no solo agitaron los titulares. Reabrieron una pregunta clave para entender nuestro tiempo: ¿cómo actúan realmente los Estados cuando perciben amenazas o cuando creen que está en juego un interés vital?

Responder exige apartarse de reacciones morales inmediatas y mirar este episodio desde una tradición teórica que, aunque incómoda, ilumina la realidad: el realismo político.

El debate público suele formularse en términos de culpa y virtud. Sin embargo, quizá la pregunta central no sea quién tiene la razón, sino qué variables pesaron en la decisión, qué estructuras de poder estaban involucradas y qué nociones de seguridad dominaron el cálculo. El realismo invita a mirar la política internacional como un campo donde predominan intereses, correlaciones de fuerza y estrategias de supervivencia.

Durante años, el discurso oficial de la política exterior ha insistido en valores, democracia y derechos humanos. Pero en el caso venezolano aparece otra capa de realidad: una crisis institucional prolongada, la centralidad del petróleo en la economía global y la presencia de potencias que compiten directamente con Washington. Visto así, el núcleo de la decisión no está en los principios, sino en el poder: quién lo ejerce, quién lo pierde y en qué condiciones lo preserva.

Inevitablemente, surge el tema de la soberanía. El derecho internacional impone límites al uso de la fuerza. Sin embargo, la práctica muestra una tensión persistente entre lo que las normas declaran y lo que los Estados poderosos están dispuestos a hacer cuando consideran que sus intereses estratégicos están comprometidos. El caso venezolano expone esa fricción con inusual claridad. Mientras distintos actores invocan la legalidad, Estados Unidos actúa conforme a su interpretación del interés nacional. El realismo no aplaude ni condena; describe. Y al hacerlo, obliga a mirar sin ilusiones el alcance real de las normas cuando chocan con la hegemonía.
La discusión sobre la transición política es igualmente reveladora. Muchos imaginaron que María Corina Machado ocuparía el centro de la escena. No ocurrió. La explicación no está solo en simpatías o antipatías, sino en una categoría que rara vez se discute con rigor: la gobernabilidad.

Gobernar un país en crisis implica negociar con estructuras existentes, lidiar con actores que conservan poder coercitivo, ofrecer certezas mínimas a sectores en pugna y evitar que el sistema colapse. En contextos así, los actores externos suelen preferir liderazgos capaces de reducir riesgos, aunque no sean los más carismáticos o simbólicamente puros. No se trata de premiar méritos; se trata de impedir el vacío. Comprenderlo no equivale a justificarlo. Significa reconocer cómo se toman —de hecho— las decisiones.

La intervención también devuelve al centro la idea de hegemonía. Las grandes potencias no solo reaccionan ante problemas inmediatos: buscan moldear su entorno para que resulte previsible y seguro según sus propios parámetros. Cuando Washington asume un papel decisivo en la transición venezolana, envía un mensaje que rebasa lo nacional y reitera una constante histórica del hemisferio.

Mirado con calma, el episodio funciona como espejo. Muestra que el sistema internacional no opera como tribunal moral, sino como espacio de competencia atenuado por normas cuya aplicación es desigual. Recuerda que las transiciones políticas no se sostienen únicamente en legitimidad, sino en capacidad efectiva de gobierno. Y confirma que la hegemonía sigue siendo un factor decisivo para comprender decisiones que, desde fuera, parecen contradictorias.

Para nuestra región, la lección es menos emocional de lo que suele proponerse. No se trata de aplaudir ni de condenar por reflejo; se trata de comprender. Comprender que el derecho, sin poder que lo respalde, puede volverse retórico. Y que el poder, sin marcos normativos, erosiona la estabilidad.

El realismo político no promete consuelo. Ofrece lucidez. Venezuela, hoy, deja de ser solo un drama nacional para convertirse en una clase abierta sobre las reglas no escritas de la política internacional.

No para imitarlas. No para celebrarlas. Para entenderlas —y actuar, desde esa comprensión, con mayor prudencia y responsabilidad.


Por Adrian Silverio
Abogado y analista de temas jurídicos e internacionales.

Comenta