Durante muchos años y hasta hace apenas unos meses fui profesor de Zoología en uno de los colegios de la ciudad de San Felipe de Puerto Plata; escribo las presentes notas como testimonio para la posteridad sobre los horrorosos sucesos anormales que tuvieron lugar en ella y en los cuales me vi envuelto producto de las circunstancias que aquí refiero.
Estando sentado en el Malecón de Puerto Plata, habiendo adoptado la decisión de irme y ya casi disponiéndome a ello, vi de repente algo que caía desde el cielo, una especie de bulto, mejor, de una masa amorfa, algo no distinguible, calculo que de poco menos de un metro cuadrado, pero que adoptaba un color específico que casi de inmediato desaparecía para aparecer otro color diferente; así la progresión de colores que se produjo (al menos en el lapso en que comencé a darme cuenta del extraño fenómeno) fue: de un color rojo que pasó a desaparecer como si lo que caía se hiciera transparente y por ello no se viese y luego pasó a color naranja; volvió a desaparecer como si se hiciera transparente y luego pasó a marrón; el transparente o no visible siempre se presentaba, por ello omito mencionarlo nueva vez para en esta narración tan sólo seguir con los otros colores que pude advertir: el morado, el negro, el amarillo fuerte; el verde y así sucesivamente otros varios colores más hasta que aquello cayó en el agua del Océano Atlántico con un último color: con el color azul propio del mar, casi en la orilla que da frente a la desembocadura canalizada que del Río Los Mameyes existe frente al Malecón de Puerto Plata.
¿Qué era aquello? ¿Qué fue eso que cayó del cielo?
Transcurrieron algunos minutos de expectación mía a la espera de ver qué sucedía y como asombrado espectador vi coronado mi tiempo de espera al apreciar una especie de pequeño rebullir en el agua marina cercana a la orilla, rebullir que poco después cesó. Extrañado, y más que extrañado, sorprendido, decidí trasponer la barrera de la sentadera de cemento que constituye parte integral de la estructura del propio Malecón y acercarme a la orilla donde próximo a ella vi que se había producido el rebullir referido; y cuando me fui aproximando a la orilla del Atlántico pude notar que algo pequeño -no sé qué- dejaba una tenue estela al remontar el agua de la desembocadura del río en cuestión; sí pensé, mejor, especulé que debía de tratarse de algún pequeño pez de esos que pueden nadar tanto en agua de mar como en agua dulce. Ya en la orilla del Océano me esforcé por tratar de ver aquello que vi caer y que cambiaba de colores extrañado yo precisamente por ambas circunstancias, pero no pude ver absolutamente nada.
En aquel momento no supe qué cosa fue lo que cayó del cielo, pero sí tenía la seguridad de que algo había caído del cielo y de que lo que fuese que hubiese caído no era algo normal, de que no era algo del conocimiento común de las personas, incluyéndome a mí. Pero estaba confundido porque no sabía de qué se trataba, y aunque no sabía de qué se trataba algo me decía que lo ocurrido presenciado por mí no podía ser algo normal.
Como Puerto Plata es un pueblo pequeño donde se tiende a calificar mal a la persona con algún apelativo tendiente a estigmatizarla, a veces por tendencia de venganza por algún problema de tipo personal («pueblo pequeño, infierno grande«) decidí analizar si denunciar lo que vi valía la pena o no.
Todavía me culpo de no haberles reportado a todas las autoridades de Puerto Plata lo que yo vi, pero no tenía los suficientes elementos de juicio como para sospechar, aunque fuese muy de lejos, lo que no mucho tiempo después habría de producirse. Estoy plenamente seguro de que si yo lo hubiera hecho todo este horror que ha estado viviendo la población de Puerto Plata no se hubiera producido o quizás, a lo menos, el mismo hubiese sido neutralizado en sus inicios mismos.
Los acontecimientos que se produjeron posteriormente me indicaron de manera manifiesta que fue un error mío guardar el cobarde silencio que guardé y por eso me siento, en toda medida, culpable de esos acontecimientos que empezaron a sucederse algún tiempo después de aquello inexplicable haber caído del cielo.
Para mí todo cobró sentido, forma, cuando poco más de unos tres meses después vi en un programa de entrevistas de la televisión local, que simultáneamente se transmite por radio, a dos médicos veterinarios, el Dr. Cuqui Martínez y el Dr. Manuel Russo, contar lo que estaba pasando con los animales en el sector Los Mameyes, al pie de la Loma Isabel de Torres.
El sector Los Mameyes, otrora sector de propiedades de retiro para descansar de algunos potentados económicos puertoplateños, es el sector rural más próximo a la ciudad de Puerto Plata, podría decirse que su naturaleza media entre lo rural y lo cuasi-urbano, o , mejor, que ni es totalmente rural ni es totalmente urbano debido a que algunas cosas de la modernidad hace tiempo que ya se introdujeron allí y el estilo de vida ha variado bastante; pero sigue siendo un lugar predominantemente rural y bucólico que con sus especiosas vestimentas naturales de árboles de diferentes especies y tamaños causa gran atracción por sus tonos verdosos salpicados de hojas del tipo otoñal, combinación típica del clima tropical al que pertenece; al mismo tiempo que se percibe de manera manifiesta el aire puro y fresco de montaña; parte de dicho sector es recorrido por las llamativas aguas cristalinas del Río Los Mameyes.
La carretera estrecha que atraviesa dicho lugar está, en buena parte, techada por el inmenso follaje que forma el encuentro y la confusión de prolongadas ramas de altos árboles pobladas espesamente de hojas. Al ser el punto geográfico en que comienza la loma Isabel de Torres -bautizada por Cristóbal Colón en su primer viaje al Nuevo Mundo como el Monte de Plata por estar frecuentemente cubierta por nimbos blancos- la belleza natural de ella se puede apreciar en toda su magnitud al dirigir el visitante la vista hacia arriba desde cualquier punto al que el follaje le haga la excepción.
Lo que los dos veterinarios dijeron sobre la desaparición sucesiva de especies animales en aquel paradisíaco lugar me llamó poderosamente la atención. Explicaron que la alarma se disparó a raíz de un chivo ser golpeado por un jeep que transitaba por la carretera de piedras y abrojos frente a una de las fincas de Los Mameyes, resultando el caprino con una pata fracturada.
El propietario llamó a uno de dichos dos veterinarios de la ciudad de Puerto Plata para que le prestara asistencia médica al chivo. Aquél veterinario llegó rápidamente a dicha finca a bordo de una pequeña jeepeta de su propiedad. En ocasión de prestar allí sus servicios profesionales el veterinario observó que no se sentía la presencia de animales menores dentro de la cadena alimenticia y le dijo al propietario de la finca:
-¡Qué raro que no oigo sapos croando ni veo gato ni perro alguno! ¿Ustedes no tienen gatos y perros aquí?
–Aquí en esta casa habían tres gatos y cuatro perros y se han desaparecido. Lo mismo ha ocurrido con los gatos y los perros de todos los vecinos de los alrededores a varios kilómetros. Hace cierto tiempo, más o menos unos dos meses, que no vemos un gato o un perro; los mismos ratones yo tengo bastante tiempo que no siento ni oigo ni veo uno. Me alegro por la desaparición de los ratones, pero me preocupa que los gatos y los perros también hayan desaparecido. No sé qué es lo que ha pasado y todos los vecinos dicen lo mismo.
Fue el encendido de la alarma de cara a la ciudad: tras los datos que le suministró aquél propietario, el primer veterinario, el Dr. Cuqui Martínez, ya de vuelta en la ciudad de Puerto Plata, llamó a un colega suyo, al Dr. Manuel Russo, y le comentó la sorpresa que le causó lo que le dijo el propietario de la finca en que recién había estado, sobre la desaparición notoria de ratones, gatos y perros en aquel lugar.
Los dos veterinarios destacaron que como hombres de ciencia que son decidieron ir al punto donde bulle el agua del río en su mayor manifestación para saber sobre las diversas expresiones de vida de allí y que no encontraron ni una sola de las especies que suelen habitar en los ríos, lo cual les causó total extrañeza y que por eso ellos razonaban que algo `no normal` estaba aconteciendo en el sector de Los Mameyes..
Ellos culminaron pidiéndole a la población, muy particularmente, a los habitantes de ese sector y a los habitantes de los lugares aledaños que estuviesen alerta y reportaran cualquier cosa que considerasen no normal. Para ello dieron sus respectivos números de celulares.
Yo los anoté los dos porque a la luz del conjunto de datos que ellos dieron a conocer todo me indicaba que cuando yo tuve aquella visualización desde el Malecón de Puerto Plata, lo que había caído del cielo fue lo que yo noté que remontaba la desembocadura del Río Los Mameyes para abrirse paso por el generalmente ligero torrente de agua que sale a través de dicha canalización de dicho río, para meterse en dicha canalización, que se internó en ella a través del largo túnel, ya que este conecta la desembocadura del Río Los Mameyes con el punto final donde se manifiesta dicho río en la falda de la loma tras nacer en dicha montaña y correr a sus pies.
Para mí era evidente que aquello, fuese lo que fuese, se trasladó desde la cegadora luz tropical a la eterna oscuridad artificial existente en dicho túnel que atraviesa de manera silente por debajo de la ciudad de Puerto Plata hasta llegar a la parte de la falda de la Loma en que está el punto donde se hace obvia la existencia del Río Los Mameyes.
Por lo que procedí a llamar al primero de los mismos para pedirles que me permitieran reunirme con ellos para explicarles lo que por pura casualidad me tocó presenciar estando sentado en el Malecón de Puerto Plata. Producida la reunión les narré lo que presencié y ambos se quedaron mirándose entre sí, sumamente extrañados de lo que yo les dije: estaban sorprendidos por la extraña conexión que yo había hecho con lo que ellos estaban investigando.
A la luz de lo que yo les narré ellos tuvieron la idea de examinar el túnel tramo por tramo comenzando desde la boca de la desembocadura hasta el punto donde el río comienza a orientarse hacia la ciudad y, más aún, hasta el mismo punto donde comienza a manar dicho río y tomando muestras del agua en cada uno de dichos tramos para enviarlas a un laboratorio para determinar las bacterias, microorganismos y restos microscópicos de los animales del ecosistema existente en dicho túnel.
Les pregunté si yo podía acompañarlos como mero ayudante estimulado por la curiosidad en su investigación y ellos de buen grado accedieron a ello. Sumado yo a la investigación ellos pasaban a recogerme a mi casa y nos dirigíamos a los diferentes lugares de la ciudad por donde se podía penetrar al túnel y que ellos se habían trazado como respectiva meta del día con motivo de este asunto.
Examinado el túnel en toda su largura pudimos apreciar que allí no existía ni limo ni musgo ni ninguno de los tipos de vida que todos conocimos que existían ahí en nuestra etapa de adolescencia (en esa etapa yo llegué a ver cantidades enormes de peces de dimensiones más o menos respetables, lo mismo que cantidades enormes de largas y respetables anguilas, muy particularmente en la parte del canal que corresponde a la parte trasera del Club Deportivo Gustavo Behal, peces y anguilas que eran de fácil captura) y que es dable esperar en un ecosistema subterráneo como ese, y dicha inexistencia fue confirmada más aún por los resultados del laboratorio al cual ellos le pagaron para realizar el análisis de cada una de las muestras del agua recogidas: el agua que estaba recorriendo el túnel estaba totalmente exenta de vida: no había en ella ningún tipo de microorganismo y hasta la huella de que en alguna época lo hubiese habido fue totalmente borrada: no quedó ni el más mínimo vestigio tan siquiera para muestra. Aquella fue una noticia que conmocionó más aún a los dos veterinarios.
Después de dicha impactante noticia decidimos proceder a ir a Los Mameyes casa por casa haciendo preguntas sobre los animales de su respectiva propiedad que habían desaparecido y anotando cada uno de esos datos en las páginas de una mascota.
Los lugares específicos donde se produjeron las anomalías señaladas que relato para que quede constancia para el presente y para el futuro, fueron lugares que nosotros tres como investigadores locales empezamos a darnos cuenta, a través de un mapa de la ciudad de Puerto Plata, que las desapariciones notorias, las notorias, de gatos y de perros comenzaron desde la parte Oeste del Río Los Mameyes y que se fueron haciendo sucesivas hasta el punto del nacimiento del mismo.
Los dos médicos veterinarios, en base a sus observaciones, pudieron elaborar una tesis: que aquello, lo que fuere, tenía predilección por el agua dulce, que comenzó alimentándose con los seres más pequeños y así, de manera sucesiva, fue pasando de una especie a otra, hasta llegar a otras de superior entidad y tamaño, dentro del ecosistema con que se encontró a lo largo de ese túnel que fue donde se alojó.
Según la tesis en cuestión lo primero que desapareció fueron los seres microscópicos, luego los pequeñísimos renacuajos, las arañas, los ciempiés, las cacatas, las ranas, los camarones, los peces y las anguilas de agua dulce del canal del túnel, los ratones, luego los gatos, luego los perros que algún tipo de contacto tenían con el agua del Río Los Mameyes, hasta que les tocó el turno a los primeros chivos; a partir de ahí ellos expresaron su temor de que a estos les ocurriera una situación parecida a la que les había pasado a los gatos y a los perros que desaparecieran por completo y lo mismo pensaron también respecto de los burros, los mulos, las vacas y los caballos. Pero también se preguntaron qué pasaría frente al hombre.
Los criadores comerciales de diferentes ganados y los que tenían algunos especímenes de chivos, de vacas, burros, mulos y caballos en los alrededores ya habían decidido celebrar una junta para hablar y analizar la situación y, de ser necesario, dar la voz de alarma frente a las autoridades, a consecuencia de propagarse la voz de que ya habían desaparecido dos chivos del mismo modo que habían desaparecido los gatos y los perros; pero dicha reunión no se había materializado todavía cuando se produjo la presencia del primer veterinario que acudió allí tras el accidente del chivo en la angosta carretera de Los Mameyes. Los dos veterinarios cuando fueron por vez primera juntos a Los Mameyes se reunieron con los propietarios de animales y ello contribuyó a que se produjera aquella entrevista a dichos dos profesionales por televisión y por radio que refiero un poco hacia atrás.
Pues bien, continuando con los resultados de la labor de campo referida, los datos que habíamos logrado colectar eran coincidentes: todos habían dejado de ver ratones, gatos y perros; sus propios gatos y perros habían desaparecido como si se los hubiera tragado la tierra.
En algunos casos hubo una coincidencia sobre el momento último en que sintieron a sus respectivos gatos y perros. La coincidencia al respecto consistía en que lo narrado por los propietarios de los animales era que encontrándose llenando recipientes de agua en el río Los Mameyes, en el caso de los gatos sintieron que estos lanzaron un maullido propio de cuando un gato se enfrenta a otro para pelear y que dicho maullido era más fuerte, muchísimo más fuerte de lo normal y muy estremecedor y taladrante. Algo parecido ocurrió con los perros: éstos soltaban ladridos y un gruñido fiero propio de cuando un perro se va a batir con otro y que igualmente ese gruñido perruno era más fuerte de lo normal y muy impresionante. Pero cuando se aproximaron al lugar donde calcularon que el gato maullaba o el perro ladraba y gruñía de la manera en que lo hacía no alcanzaban a ver absolutamente nada: ni siquiera al gato o al perro.
Cuando nos sentamos a analizar esos últimos datos llegamos a la conclusión de que parecía ser que «algo« provocaba en dichos animales un máximo estado de alerta producto de que ver ese «algo« los aterrorizaba; pero que también parecía ser evidente que dicho «algo« era lo último con lo que dichos animales tuvieron contacto; y que igualmente parecía ser evidente que lo que fuese ese «algo« merodeaba a lo largo del río Los Mameyes.
Intrigados los tres, ellos dos, que son médicos veterinarios y conocen al dedillo la Zoología -de la cual yo apenas soy un simple profesor con conocimientos asaz puramente superficiales-, comenzaron a especular si sería que esos gatos y esos perros vieron a algún animal cuya presencia no era normal en esta parte del país y que ese animal podría ser más grande que un perro como para poder disponer de este con la facilidad con que parecía disponer. Empezaron a mencionar nombres de animales diferentes y fueron descartándolos, esencialmente por tratarse de animales que no existen en este país, hasta quedarse con dos hipótesis que parecían ser las más próximas a lo razonable: la posibilidad de que fuese un hurón de un tamaño gigante o la posibilidad de que fuese una culebra grande lo que estuviese merodeando por el río. Pero un obstáculo se interponía como una especie de barrera infranqueable frente a la hipótesis del hurón: los hurones no alcanzan el tamaño que suponíamos tenía aquella criatura, no cazan peces ni camarones ni anguilas ni gatos ni perros; por lo que predominó la posibilidad de que en realidad fuese una culebra gigante lo que anduviese a lo largo del río. Pero quedaba el punto de que cómo se explicaba que hasta la vida micro orgánica había desaparecido de las aguas del río, pues esa situación no era congruente con que fuese una culebra gigante lo que había hecho esa labor de exterminio en aquel ecosistema ya que no existe culebra alguna en capacidad de eliminar la vida micro orgánica… El asunto era un verdadero misterio en todo el sentido y en toda la extensión de la palabra.
–Creo que lo ideal sería colocar una trampa en el punto medio del río en la zona esencial en que se pudieron escuchar por última vez los gatos y a los perros antes de su desaparición, ubicando un perro amarrado en una de las orillas del río, para que no se mueva del lugar, como cebo para ver de qué se trata y estar todos armados por si la situación lo ameritase -sugirió el Dr. Russo-.
Aquello pareció ser lo ideal y por ello acordamos ejecutar ese plan tal cual al día siguiente. Para ello el Dr. Russo dispondría de un perro grande Pastor Alemán que sería colocado en dicho punto del río.
Algunas horas después de rayar el alba procedimos a ejecutar el plan. Colocado el atractivo en el punto que calculamos era el punto medio del río en función de los reportes que recogimos en ocasión de las entrevistas que formulamos, procedimos a ubicarnos al acecho acostados boca abajo encima de una piedra grande de uno de los meandros del río a la espera de ver si el animal que parecía estaba realizando las depredaciones comentadas y la extinción total de vida del río se presentaba. Transcurrieron unas cuatro horas y media de larga y tediosa espera sin novedad alguna hasta que, de repente, se sintió un sonido de «glu, glu« y un rebullir en el agua del río y luego se notó que algo aparentemente grande empezaba a moverse en el agua para salir de la misma y dirigirse hacia el perro que estaba encadenado. El perro inmediatamente se colocó en posición de ataque y apuntó su vista y su hocico olfateando en dirección a lo que transitaba por el agua y empezó a lanzar ladridos frenéticos y a mostrar sus colmillos y dientes gruñendo con una fuerza enorme, de una forma tan desaforadamente descomunal que ninguno de los dos veterinarios nunca habían oído y mucho menos yo.
Un ojo en forma de gota, muy parecido al de los cangrejos pero unas veinte veces más grande, salió a la superficie y con él rápidamente se elevó lo que parecía un delgadísimo miembro tentacular, una especie de cilio súper largo, del cual dicho ojo era el extremo; poco antes de llegar a aproximarse a la orilla en que estaba el perro surgieron otros tres cilios con igualmente respectivos ojos idénticos y en la medida que aquello, fuese lo que fuese, se dirigía hacia el perro en la orilla marcaba una estela en el agua mientras nosotros contemplábamos sorprendidos y boquiabiertos.
Lo que salió del agua no sé lo que era, no creo que hayan palabras exactas con que describir semejante cosa: no tenía forma definida, era como una masa amorfa que mostraba un «color« incoloro –valga la expresión- casi como el del agua: sólo un ligero tono grisáceo permitía establecer la escasísima diferencia con el agua; aquello, lo que fuese que fuese, era enorme; parecía ser un protozoo, pero era gigantesco, del tamaño de un hombre ordinario.
Lo que veíamos era tan sorprendente como profundamente inquietante, intimidante en extremo diría que es la expresión adecuada; me produjo una extraña repulsión desde el primer momento que lo vi, pero no estoy hablando de repulsión por náuseas, sino de repulsión por rechazo instintivo: algo muy profundo en mis adentros psíquicos llevaba a sentir a estos adentros psíquicos terriblemente impactados y remeneados.
¡No sabíamos qué cosa era aquello! ¡Jamás habíamos visto algo igual!
Aquello, lo que fuese, se aproximó al perro con un pesado sonido como de «plo, plo« al andar; no se apreciaba cuál era su medio de locomoción porque su masa corporal formaba pliegues que llegaban hasta el suelo; al producirse dicho desplazamiento en tierra y dicho acercamiento al perro éste último mostraba una ferocidad y una valentía que reflejaba que estaba consciente de que se enfrentaba a algo desconocido y que en la ocasión su propia vida estaba en juego. Aquella monstruosidad de repente pareció ponerse en tensión, los cuatro ojos tipo cangrejo se centraron sobre el perro, se infló de la misma manera que lo hace un pez globo y abrió lo que evidentemente era su boca, una boca enorme más grande que el mismo perro, cubierta de pliegues abominables, y la hizo caer sobre el perro tornándose a seguidas el gruñido del perro en un gemido profundamente lastimero, expresivo claramente de miedo, pero de un miedo que se apreciaba que era enorme. ¡Hasta el perro sintió lo que era el miedo, de manera más precisa: lo que era tener un miedo gigantesco! Lo que parecía haber hecho aquel ser grotesco aparecido allí era como si hubiera asfixiado al perro al envolverlo con su boca enorme y procedió a engullirlo, pues se escuchó un fuerte y espeluznante sonido de «slurp« produciéndose la inmediata desaparición del canino y tras el engullimiento de este una especie de extraño rumor y de un igualmente extraño zumbido que provenía de aquello espantoso e ipso facto el regreso de la sorprendentemente horrible criatura al agua del río. El horror se desplazó frente a nuestra vista dejándonos pasmados. Todo se materializó en cuestión de muy pocos segundos.
Un ser espantoso, maligno y terrible, infinitamente horrible, de repente había surgido de aquellas aguas en cuyas profundidades evidente e increíblemente estaba habitando. Y ese ser espantoso fue el que practicó el engullimiento igualmente espantoso del perro que habíamos usado de cebo. Ya era incuestionable, literalmente incuestionable, que algo profunda y terriblemente ominoso y monstruoso se escondía en las aguas del Río Los Mameyes. De ningún modo podía describirse con toda la precisión porque en toda la Historia de la Humanidad nadie lo había visto con anterioridad y, por ende, no aparece mencionado en registro humano alguno. Por la descripción que he intentado hacer se puede apreciar que no era algo antropoide ni de ninguna forma un poco semejante al hombre: aquello estaba muy alejado de ser susceptible a semejante comparación. Era como una criatura amorfa, gelatinosa, y posiblemente pegajosa o viscosa.
Inversamente proporcional a la inicial valiente ferocidad del perro que creía luchaba por su vida frente a algo que él tampoco había visto durante toda su vida, fue la manifiesta cobardía de nosotros tres: el horror nos congeló paralizándonos de manera simultánea a los tres; las armas que llevamos para la ocasión ni siquiera el intento de usarlas se produjo porque nuestros miembros y nuestros cuerpos no podían responder a una orden del cerebro que nunca llegó debido a que vimos lo que vimos: ¡Lo que nunca esperábamos ver!… Y haciendo desafiantemente lo que logró hacer frente a nuestros ojos mientras estuvimos escondidos para descubrir el secreto de lo que allí existía y se escondía taimadamente…
Tras el perro ser engullido por la criatura un horror espantoso absoluto hacia aquel ser horroroso nos dejó sin aliento: la única reacción que hubo de parte nuestra fue la de instintivamente salir huyendo, también sin aliento, de aquella ubicación para dirigirnos hacia la pequeña jeepeta del Dr. Martínez. No Salieron palabras de nuestros labios. Sólo atinamos a correr hacia el mismo punto. Una desesperación propia de pesadilla nos transformó en campeones de carrera. El espanto extremo era unánime. Una vez a bordo del pequeño vehículo su propietario lo prendió y sin pausa pisó el acelerador para alejarnos lo más posible de aquel lugar donde localizamos una fuente de peligro en torno a la cual con nuestra huida íbamos desfogando nuestro asombro y nuestro inmenso horror.
…La jeepeta se paró frente al local del Tennis Club…
-¿Qué diablo era eso? -preguntó el Dr. Martínez, que era quien estaba al frente del volante-.
-No sé lo que es eso, lo que sí sé es que eso no es algo conocido y si no me equivoco creo que si «eso« permanece ahí las víctimas pronto, en cualquier momento, serán humanas -expresó el otro veterinario, el Dr. Russo-.
Yo no salía de mi asombro. Esperaba oír algo de conocimiento, aunque fuese remotísimo, al respecto, pero los dos veterinarios estaban tan horrorizados como lo estaba yo por la naturaleza sencillamente espeluznante de lo que acabábamos de ver.
El Dr. Martínez volvió a expresarse y dijo:
-Tenemos que enfriarnos bien la cabeza porque está claro que lo que haya que hacer se deberá de hacer rápido, pues el tamaño de eso es de un hombre y ya eso de por sí es inquietante. Si eso ha esterilizado el río y extinguido la población de todos los animales de agua del mismo y parte de las terrestres que acuden a él a tomar agua en esa zona lo mismo hará con los chivos, con los equinos, con las vacas y luego atacará al hombre si es que no lo hace antes como tú has dicho.
-¿Y qué ustedes creen que se debe hacer? -preguntó su interlocutor, el Dr. Russo -.
El Dr. Martínez respondió:
-Eso parecía como un protozoo súper gigantesco … Y obviamente lo que sea también es carnívoro. Yo no sé qué decirte sobre qué es lo que hay que hacer, pero sí creo que lo inmediato es que hay que enterar a las autoridades para que estas dispongan la evacuación de todas esas gentes que viven en esa zona ya que corren un serio peligro. No sabemos si eso es un solo ser así lo que hay ahí o si hay más iguales y si no hay más si eso es capaz de reproducirse por sí mismo, es decir, por sí solo por reproducción de manera asexual. Como desconocemos lo que es no sabemos si eso se reproducirá por división o fisión binaria o por esporulación o esporogénesis o por fisión múltiple o por gemación o por la forma que fuese; no sabemos si ya se reprodujo o si está en curso de reproducción. Tampoco sabemos si eso puede seguir evolucionando en algún otro sentido todavía más horroroso. Lo que sí sé es que si eso fue capaz de engullirse a un perro feroz de ese tamaño eso no está lejos de convertir en víctimas a humanos. Ha desolado el río, lo ha vaciado de vida, no hay peces, no hay camarones, no hay jaibas, nada, absolutamente nada hay en él ni siquiera vida micro orgánica; pero no sólo ha desolado el río, sino también sus orillas y las adyacencias inmediatas de sus orillas y también en el aire, es decir, hacia arriba sobre el río y sobre dichas adyacencias, pues no se sienten en esas áreas próximas al río ni el croar de las ranas ni el cantar de las aves, no se ven libélulas ni mariposas, etcétera, a diferencia de antes en que era algo tan notorio la presencia todas esas especies mencionadas y de las demás que en este momento se me olvida mencionar. Las aves, es notorio, tienden a mantenerse alejadas del río, parece ser o que presienten lo maligno que hay allí o lo han visto alimentándose. Los últimos animales que ha comenzado a hacer desaparecer parece ser que son los chivos, por lo que creo, reitero, que eso no está lejos de empezar a alimentarse de burros, de mulos, de caballos, de vacas y de seres humanos.
El Dr. Martínez y el Dr. Russo me dijeron en formas alternada y sucesiva:
-Parece que la tesis suya de que lo que usted vio caer del cielo tiene que ver con esto realmente es así.
-¡Eso no es de este mundo!
No sabemos, no se sabe, si es natural que ese engendro horripilante llegue a tener ese tamaño o si, por el contrario, ese tamaño empezó a adquirirlo cuando pasó a consumir gatos y perros y por ello su tamaño se hizo significativo y si eso puede seguir creciendo todavía mucho más de ahí.
Tras lograr reunirnos y hablar con el Gobernador de la Provincia de Puerto Plata, éste, al escuchar nuestro relato sobre la espantosa criatura, deforme y siniestra, reaccionó alarmado e inmediatamente procedió a hacer contacto en presencia nuestra con el Ministro de Defensa y con el Ministro de Salud Pública. Y unas siete horas después de esa reunión, centenares de vehículos repletos de militares empezaron a ser vistos entrando a la ciudad de Puerto Plata. Parte de ellos fueron colocados estratégicamente, por militares locales de la Fortaleza San Felipe, en los puntos de entrada y salida de la ciudad de Puerto Plata, lo mismo que en los puntos de acceso al sector de Los Mameyes. Los militares empezaron a pedirles a los habitantes de esta última zona geográfica de Puerto Plata que salieran del lugar debido al peligro desconocido a que estaban expuestos.
También fueron dispersados militares a lo largo y a lo ancho de los lugares por debajo de los cuales pasa el canal subterráneo del río Los Mameyes dentro de la ciudad para desembocar en el Océano Atlántico frente al Malecón.
Había un verdadero delirio cercador.
Se produjo una reunión de los delegados del Ministerio de Defensa y del Ministerio de Salud Pública y el Gobernador con nosotros. Aquéllos delegados y sus asistentes estaban ávidos de escucharnos directamente y escucharon con gran atención y estupefacción nuestros relatos. Todo lo que se habló allí fue grabado en video y audio. Terminada dicha grabación nos pidieron que los lleváramos de inmediato al punto exacto en que se produjo la visualización de la criatura por parte nuestra, cosa que procedimos a hacer junto a ellos. Antes de salir hacia el lugar se procuraron ir acompañados de un nutrido grupo de militares portando, unos, ametralladoras, y otros, rifles automáticos.
Igualmente se creó un cordón militar que fue desplegado detrás de la parte de la montaña donde se concentra la mayor cantidad de agua del río de Los Mameyes.
No sé concretamente qué plan o qué planes iban a implementar estos funcionarios y militares.
Los medios de comunicación locales, televisión y radio, y ni hablar los medios de comunicación digitales manejados por los propios ciudadanos, contribuyeron a expandir la noticia de lo que había ocurrido de que una horrible criatura desconocida y de origen totalmente desconocido se había asentado en el río al pie de la montaña. Aquella presencia militar y la difusión del porqué de la misma alborotó a toda la población de la ciudad produciendo el pánico, el cual se extendió como reguero de pólvora. No creo que puertoplateño alguno alguna vez con anterioridad pudiera sospechar siquiera que su pueblo viviría la experiencia de horror que le caía encima. El miedo comenzó a generalizarse entre los puertoplateños. Pronto todo fue un hormiguero de personas horrorizadas. El horror latía en el corazón y en el cerebro de los puertoplateños como una verdadera plaga epidémica. Se produjo una gran conmoción: el horror se desató en Puerto Plata.
…Creo que han sido las navidades más tristes que en toda su Historia ha tenido el pueblo de la ciudad de Puerto Plata…
Era obvio que aquella criatura sumamente extraña había surgido del abismo insondable que rodea a nuestro planeta. Su presencia era estrictamente, literalmente monstruosa y como entidad biológica, para nosotros anormal, había venido a saciar su hambre maligna.
Moraba silenciosa, invisible y amenazante en esas aguas donde la vimos.
Su recuerdo nunca me abandonará. Los días que transcurrieron desde entonces fueron días perturbadores, días de un caos enorme.
Lamentablemente la fatídica presencia del monstruo convirtió a Puerto Plata en una especie de localidad trastocada por el horror.
Tengo un vago presentimiento de lo negativo o desastroso en que puede parar todo esto… Lo tengo desde aquella terrible oportunidad en que salió a nuestra vista la monstruosidad brotada de algún lugar muy lejano a nuestro planeta. Ojalá y yo esté equivocado sobre el presentimiento que me agobia.
Mi espíritu fue invadido por un remordimiento atroz y por ese presagio muy sombrío.
Ya tenía yo «unos nervios alterados« y creo que de quedarme en Puerto Plata mi razón terminaría perturbada por el peligro que representaba la presencia de aquel monstruo o de congéneres suyos en dicho lugar. Más que de «nervios alterados« yo estaba padeciendo de una manifiesta «postración nerviosa«.
Según supe, las autoridades dominicanas acudirían o acudieron a procurar ayuda del gobierno de los Estados Unidos, al cual consideraban con la probable capacidad de lidiar con el grave problema existente.
Yo me sentí y me siento tan culpable que decidí salir de Puerto Plata e irme de la República Dominicana para instalarme en New York en cuya zona de Brooklyn vive una tía mía desde hace muchos años y siempre que iba a Puerto Plata me invitaba a que me mudara para donde ella diciéndome que ella me ayudaría a buscar trabajo.
Al darme a la fuga de Puerto Plata, atormentado, iba pensando en el horror que había contribuido a dejar clavado allí…
Ya instalado en el apartamento de mi tía en New York le pedí que, por favor, no me informara nada sobre lo que estaba aconteciendo en Puerto Plata a no ser que fuera una noticia positiva contra el monstruo aparecido en Puerto Plata, como lo sería o la noticia de su captura o la noticia de su destrucción.
Pasaban los días, pasaron semanas y hasta meses sin ella decirme algo al respecto…
Eso me indicaba que la criatura no había podido ser capturada, que nada habían podido hacer respecto de ella. Y eso para mí era señal de que algo podría estarse aproximando, que algo indetenible podría estar por llegar, que la cosa está acechando…
José Lagombra
Profesor de Zoología
y actualmente residente en Brooklyn, New York.
Por Lic. Gregory Castellanos Ruano
