RESUMEN
Al poeta y crítico literario Antonio Fernández Spencer in memoriam
- EL PELIGRO DEL PREJUICIO
No es prudente ni humano formarnos un juicio definitivo sobre una persona basándonos ciegamente en las opiniones de sus enemigos o de sus amigos, pues los primeros exagerarán sus defectos e inventarán otros; y los segundos, exagerarán sus virtudes y le adicionarán otras. Conviene tomar en cuenta ―para hacer honor a la justicia― las opiniones de los imparciales, los cuales escasean, y las que dictamine nuestra propia conciencia, ya que una errada apreciación por influencia malsana puede conducirnos hacia un error mayor: el prejuicio. Generalmente, las referencias dadas por un individuo sobre su enemigo nunca son buenas, pues hay esa tendencia casi instintiva en el ser humano a destruir a su contradictor, a su disidente, al que se convierte en obstáculo para la materialización de sus propósitos, sobre todo cuando éstos son oscuros y están animados por el mal. El prejuicio genera un oleaje de opiniones diversas que termina creando, en torno a la víctima, una atmósfera negativa matizada por el rechazo de unos y la maledicencia de otros. Esto ocurre especialmente cuando el prejuiciado concentra poder, y con el que todos quieren ―por asunto de intereses― estar “en buena”, no “en desgracia”. Se parece esto a la situación que se da cuando un árbol ha caído: todos hacen leña de él, incluso hasta los que no tienen necesidad de hacerlo.

- EL PERDÓN Y LA VENGANZA
Hay en el perdón una fuerza espiritual liberadora que genera en lo más hondo de nuestro ser una inexplicable sensación de paz interior, de agradable sensación de libertad que hace renacer en nosotros las ganas de amar y de reiniciar la vida. Con el sentimiento de venganza ocurre todo lo contrario: nos sentimos esclavos de una angustia extraña que nos devora y aprisiona nuestro ánimo, sumiéndonos en una agonía atroz que nos ciega y nos impide ver cuán equivocados estamos. Y es que ser vengativo es ser suicida, pues morimos en cada ráfaga de odio que emana de esa fuerza negativa que volcaniza —como llama infernal— nuestro interior. Es, el sentimiento de venganza, como una termita que, sin darnos cuenta, nos corroe dentro, muy profundamente sin que podamos advertirlo. De aquí que cada acto de venganza sea una batalla perdida en el plano espiritual. La venganza clama por sangre, el perdón no; la venganza es camino hacia la sombra, hacia la confusión; el perdón es camino hacia la luz y el entendimiento. Aquel que vive alimentando el sentimiento de venganza muere lentamente y en torno a él lo trágico exhibe su feo rostro. El que perdona está mucho más cerca de la felicidad que el vengativo y casi siempre le rodea la paz y el amor. Es, la venganza, un peligroso laberinto donde todo es oscuro; el perdón, en cambio, nos conduce por un sendero iluminado en el que podemos alcanzar a ver el horizonte azul de la vida.
43. EL ACTO DE AGRADECER
La gratitud no se resume en la palabra “gracias”, pues “gracias” es una palabra que, de tanto usarse, ha ido perdiendo su importancia original y ha visto disminuido su valor. La gratitud es mucho más que eso: se expresa en acciones y actitudes, en emociones y sentimientos manifestados en circunstancias muy especiales en las que las personas que nos han tendido su mano solidaria necesitan de nosotros. Agradecer lo grande y lo pequeño, los diminutos actos de amor, los detalles cargados de cortesía o de ternura, dice mucho de una persona. Lo menos: que es educada. No olvidar nunca favores y apoyos recibidos es símbolo de nobleza, pues quien no agradece difícilmente hará cosas en bien de los demás: entre el ingrato y el malvado no hay gran distancia. Al agradecer ―como al perdonar― nos engrandecemos y somos mejores seres humanos. Si escogemos un día de nuestra vida para agradecer ―a Dios, a nuestros padres, hijos, hermanos y amigos; a los compañeros de trabajo o de viaje y a los transeúntes que nos advierten del peligro de ser atropellados― los actos de amor con los que hemos sido agraciados, entonces comprenderemos quizá la importancia de agradecer a la vida el privilegio de vivir y que tan sólo el hecho de vivir para agradecer ya le da sentido a nuestra existencia.
44. EL DINERO, BUEN SERVIDOR Y MAL AMO
El dinero, cuando se invierte sabiamente —como semilla sembrada en tierra fértil—, se reproduce y crece, se multiplica. Pero muchos son los seres humanos que sólo se preocupan por regar esa semilla, olvidándose de abonar la otra, la del espíritu, creyendo acaso que lo más transcendental en la vida es el dinero. Lo anterior podría parecer lugar común, pero es que se ha convertido en algo tan común que la gente sólo piense ―casi siempre― en el dinero, que causa espanto la manera en que los valores espirituales y morales son considerados como artículos pasados de moda, incompatibles con la postmodernidad tecnológica que a diario nos asalta. Es como si la parte más oscura del hombre se estuviera haciendo dueña de todo: “!Oh, miseria humana, a cuántas cosas te sometes por el dinero!”, sentencia el genial italiano Leonardo da Vinci. Sorprende lo que es capaz de hacer el hombre por acumular riquezas materiales. La historia registra casos espantosos y dramáticos de crímenes horrendos motivados por el dinero. Los insaciables, los codiciosos, los temerosos de sí mismos, son los perseguidores más implacables del dinero. Hay que admitir que el dinero es muy importante. Tan importante es que un altísimo porcentaje de las acciones humanas están vinculadas a él. Quizá por esta razón es que, erróneamente, muchos piensan que el dinero lo puede todo, pero con frecuencia observamos, en el vivir cotidiano, que el amor y la felicidad son puertas que no se abren cuando toca Don Dinero. ¿Y qué decir de esa puerta con cerrojos impenetrables que es la honestidad de muchos hombres y mujeres del mundo?
Es aconsejable ser prudentes al valorar el dinero, no haciendo lo que la mayoría de las personas hace: exagerar su importancia colocándolo por encima de las demás cosas de la vida, inclusive de aquellas tan esenciales para la existencia humana como la amistad y la solidaridad. En síntesis: no debemos dejarnos ahogar por el afán de acumular fortuna, pues entonces podríamos correr el riesgo de no vivir y de olvidar que la principal fortuna en la vida es la vida misma, y que el dinero, como ya lo dijo Alejandro Dumas, padre: ES BUEN SERVIDOR Y MAL AMO.
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*En: Miguel Collado. La mentira es una telaraña: reflexiones y pensamientos. Santo Domingo, Rep. Dom.: Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas, Inc. (CEDIBIL), 2012.
Por Miguel Collado
