RESUMEN
En los pueblos pequeños vivimos en un tiempo que no es lineal. Es una mezcla entre el mundo árido de El llano en llamas y la quietud espectral de Pedro Páramo. Habitamos entre vivos y muertos, entre recuerdos que pesan más que las calles. Allí el honor sigue siendo una piedra angular, algo que no se debate, algo que determina lo que un hombre es y lo que puede llegar a ser.
Por eso todavía circulan aquellos cuentos de compadres que se retaban por honor a duelos de muerte. Historias que uno pensaría propias del siglo XVI, pero no: ocurrieron en pleno siglo XX. Recuerdo uno de esos relatos. Un compadre, tocado por el trago y por la palabra mal dicha, lanzó su sentencia:
“Compadre, ármese. Lo que usted acaba de decir no se puede nombrar. Vámonos a un tanque: usted con su cuchillo y yo con el mío, hasta que uno quede en pie.”
Ese tipo de episodios define mejor que cualquier libro cómo se entendía la dignidad en mi pueblo: no se cruzaban palabras, se cruzaban límites.
Pero el mundo cambió, y el cambio fue líquido. Sin ruido. Zygmunt Bauman ya lo había visto desde lejos: el hombre le pondrá precio a todo. En la modernidad líquida, decía, las personas dejan de ser productores y se convierten en consumidores. El dinero se vuelve la puerta de entrada —o de expulsión— de la vida social. Mientras más necesitas, más grande es tu esclavitud. Mientras más necesitas, más vacío estás.
Y entonces surge la pregunta que uno hace en voz baja:
¿Es malo tener ambición?
¿Es malo querer que tu obra supere la finitud de tu vida?
No lo es.
La ambición ha movido a hombres enormes. Por ejemplo, dos colosos: Alejandro Magno y Julio César.
A Alejandro, los sabios caldeos le advirtieron que no entrara a Babilonia porque habían visto señales oscuras. No les hizo caso. Murió días después, consumido por una fiebre que nadie pudo detener. Su imperio era más grande que su cuerpo. Pero incluso un gigante puede ser vencido por su propio paso.
En el caso de Julio César, la historia está tatuada en la memoria colectiva. No hay manera de olvidar ese instante congelado que Shakespeare inmortalizó:
“¿Tú también, Bruto?”
César gastaba de su dinero para construir obras públicas que le ganaran el favor del pueblo. No era altruismo puro; buscaba poder, puestos, influencia. Y uno podría decir que hoy pasa lo mismo: lo que antes se llamaba servicio, hoy es inversión con retorno.
Pero César no llegó donde llegó solo: su primer consulado lo consiguió gracias a un pacto político monumental. El triunvirato con Gneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso, formado alrededor del 60 a. C. para superar la resistencia del Senado y dominar la política.
De los tres, Craso era la antítesis del héroe. Rico de nacimiento, solo veía el mundo a través del dinero. Y su muerte es uno de esos momentos que parecen escritos por un moralista: lo tomaron prisionero y, según la tradición, lo obligaron a tragar oro líquido. Para un hombre que veía números donde otros veían vidas, tuvo que ser un segundo de una lucidez brutal.
En esa tensión entre lo que se necesita y lo que se desea aparece otro gigante, pero literario: León Tolstói. En su cuento ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, el campesino Pajom cree que siempre necesita más. Más tierra, más espacio, más seguridad, más control. Los baskires le ofrecen toda la tierra que pueda rodear caminando en un día. Pajom quiere abarcarlo todo. Corre, se esfuerza, se exige… y muere a pocos pasos del punto de partida.
La respuesta final es estremecedora:
solo necesitaba la tierra suficiente para ser enterrado.
Y entonces, como un eco que regresa desde otra obra, aparece la frase de Al Pacino en El abogado del diablo, interpretando a John Milton:
“La vanidad… definitivamente mi pecado favorito.”
La vanidad, la avaricia, el honor, el poder, el dinero: todos nombres distintos para una misma fuerza que empuja al hombre hacia adelante y
hacia el abismo al mismo tiempo.
Vivimos entre esas tensiones.
En pueblos pequeños o en imperios enormes.
En el siglo I a. C. o en el siglo XX.
Con espadas, con cuchillos, con decretos o con tarjetas de crédito.
Y al final, la pregunta que nos persigue no es cuánta tierra necesitamos.
Es cuánta honra, cuánta ambición, cuánta necesidad, cuánta vanidad podemos cargar sin perder la medida de lo que somos.
