EL NUEVO DIARIO, ISRAEL.- El controvertido historiador israelí Shlomo Sand lamentó los efectos que el sionismo, la corriente que impulsó la independencia del Estado de Israel hace siete décadas, dejó en una tierra donde se «violó» a la población local y advierte del «alto precio» a pagar en el futuro del país.
Sand (Austria, 1946) vive en un agradable apartamento del barrio residencial de Ramat Aviv (norte de Tel Aviv), a escasos metros del mar Mediterráneo. Hace 70 años era una próspera villa palestina conocida como Al Sheij Muwanis, cuyos residentes, a los que dedica uno de sus libros, «eran muy amigables con los sionistas».
«Fueron expulsados. Gran parte de ellos están ahora en Yabalia, en Gaza. Y todo porque hace dos mil años fuimos exiliados», dice sobre lo que considera una «noticia falsa» que «ya ha durado mucho tiempo» y que sirvió de base para escribir hace diez años su libro «La invención del pueblo judío», superventas traducido a veintiún idiomas y que le enemistó con parte del mundo académico del país.
«Como historiador, en un cierto momento decidí mirar más a fondo en la gran historia del exilio para examinarla desde un punto de vista histórico. Recuerdo mi shock cuando descubrí que el exilio de los judíos desde Egipto no había ocurrido», rememora el profesor emérito de la Universidad de Tel Aviv. «Era un mito».
Tampoco halló pruebas del exilio romano, señala.
Este hijo de polacos supervivientes del Holocausto que llegó a Israel el mismo año de su establecimiento, abunda en su desasosiego al explicar que creía «en el reinado del rey Salomón».
«En Israel, en las escuelas seculares, estudias la Biblia. No como texto religioso, sino histórico. ¿Por qué? Para justificar el hecho de que esta tierra nos pertenece», argumenta.
«La declaración del Estado de Israel hace 70 años empieza con la frase: ‘Fuimos expulsados por la fuerza de aquí’ hace dos mil años. Es la base del Estado. Si es tan importante, si es la justificación de la existencia del Estado de Israel, como muchos de los profesores creen, o Bibi Netanyahu (primer ministro), tiene que haber material sobre el acto del exilio», razonó: «No encontré ni un libro».
Entonces se cuestionó «la manipulación», su papel como historiador y «cuántas mentiras» se cuentan en la historia.
«No somos los descendientes de los antiguos hebreos (…) Cuando los palestinos me preguntan si ellos lo son, les digo que las oportunidades de que un miembro de Hamás lo sea es miles de veces más real que si pretendiera que yo lo soy», dice.
Pero, «incluso si los judíos son descendientes de los hebreos, no creo que después de dos mil años alguien pueda pedir derecho sobre la tierra», rechaza sobre una reivindicación que considera «de locos».
«Imagina que bajo esta lógica, los palestinos siguen reclamando vivir en Tel Aviv en dos mil años. Estarían tan en lo correcto como los sionistas», agrega.
«¿Y por qué esta petición? Por vosotros. Por los europeos».
«Hay que entender una cosa: Europa y el mundo occidental, desde (Arthur) Balfour hasta Donald (Trump), aceptaron esta narrativa porque los palestinos están pagando la atrocidad desde la inquisición hasta el nazismo. Es una larga herencia de odio a los judíos en Europa», opina este académico interesado en nacionalismos.
Insiste en que durante el siglo XIX, «cerca del 90 % de la judeidad», incluidos los grandes rabinos, «eran antisionistas», pero poco a poco «construyeron el sionismo, presionaron para construir un estado. No eran religiosos. La condición para construir el nacionalismo judío, el sionismo, fue dejar de creer en Dios y creer en ellos mismos».
«Para creer en ti mismo tienes que convencerte de que estás en lo correcto. Ellos cogieron la religión, la transformaron a lo largo de la historia», argumenta.
Cuando se acerca el setenta aniversario del Estado de Israel, este lunes 14 de mayo, según el calendario gregoriano, asegura que la corriente que hizo realidad esta aspiración «ha tenido éxito en crear rápidamente un pueblo y una nación», aunque el sionismo «no quiere reconocer al pueblo de Israel porque tiene miedo de que le distancie de los judíos del mundo».
El autor lamenta con visible pesar los efectos de la ocupación que comenzó con la Guerra de los Seis Días de 1967, en la que él mismo participó.
«Conquisté Jerusalén», dice con ironía de «la capital de Israel, donde más del 47 % de la gente que vive (palestinos) no tiene derechos políticos o civiles» lamenta.
«No puedo perdonar al Gobierno israelí» por ello. «No puedo perdonar al sionismo», rechaza. «Estoy a favor del derecho a existir de Israel, hoy es un hecho histórico que no se puede negar, incluso si fue construido sobre una serie de crímenes. Pero, ¿seguir y tener que apoyar a (el presidente de EEUU) Donald Trump? La injusticia que se aplica aquí, los israelíes la pagaremos muy cara en el futuro».
A pesar de que su actitud lo es, él asegura que con sus obras «no sabía que sería provocativo», «no es fácil estar en mi posición, me ha costado amistades».
«Cometí el error de pensar que en 2008 la tendencia sería más y más a la descomposición del viejo mito (del exilio). Pero diez años más tarde he entendido que no solo no ha continuado la descomposición, sino que ha cambiado», dice.
Tampoco es optimista sobre la deriva del conflicto con los palestinos: «No creo que la población más racista del mundo occidental, los israelíes, puedan proponer un estado. Y no creo tampoco en la solución de los dos estados. ¿Cuál es la solución? No hay, por el momento. El mito de la tierra es más fuerte que cualquier cosa aquí».




