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16 de febrero 2026
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OpiniónRoberto LafontaineRoberto Lafontaine

Hipertensión: más allá de la sal

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RESUMEN

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Cada 17 de mayo, las agencias internacionales repiten el libreto: reducir la sal, aumentar el ejercicio, asegurar el diagnóstico precoz. Pero esas recetas, vestidas de ciencia neutral, son aplicadas en contextos profundamente desiguales, donde el problema no es solo cuánto se come, sino qué vida puede vivir quien apenas sobrevive.

Las políticas de salud impulsadas desde los organismos multilaterales no suelen reconocer esta especificidad. Se diseñan desde escritorios lejanos, sin preguntarse por las calles sin aceras, los empleos sin derechos y los estómagos vacíos. En nombre de la prevención, terminan fortaleciendo el sector financiero privado: mercados de medicamentos, seguros de salud, apps biomédicas, monitoreos digitales… Mientras tanto, la gente sigue viviendo en tensión. Y muriendo a presión.

En los barrios de clase media empobrecida, y en los sectores donde la pobreza extrema es paisaje, las personas no se hacen hipertensas… las hacen.
No es la sal. No es que no caminen. Es que viven en un entorno donde el cuerpo vive a la defensiva. Día tras día.

Una mujer se levanta a las 4:30 de la mañana para preparar a sus hijos, tomar una guagua que se retrasa o se descompone, llegar a un empleo informal mal pagado y, si acaso, regresar sin haber comido caliente. En ese trayecto, su presión sube. No por desidia. Por supervivencia.

Un hombre de 50 años, que trabajó toda su vida cargando sacos o bajo el sol, siente que se le adormecen las manos. Pero no va al médico. Sabe que no hay medicinas en la botica popular y que en el hospital tal vez lo atiendan… en tres semanas. Su presión también sube. En silencio.

La vida cotidiana de millones está estructurada sobre procesos destructivos de salud: inseguridad alimentaria, jornadas laborales extenuantes, precariedad del transporte, ruido constante, violencia estructural.
Todo eso va desajustando el cuerpo humano. Y también el alma.
Porque vivir con miedo, con deuda o con desesperanza también daña el corazón.

El problema es que, cuando desde el sistema de salud se habla de “prevención”, casi siempre se reduce a indicadores aislados o a hábitos individuales: baja la sal, haz ejercicio, toma tus medicamentos.
Pero nadie habla de lo que realmente enferma: condiciones de vida injustas, excluyentes y desiguales.

Y eso tiene consecuencias.
En República Dominicana, casi la mitad de los adultos tiene hipertensión arterial.
No es una casualidad biológica. Es una consecuencia social.

Y lo más alarmante: los más pobres son los menos diagnosticados, los menos tratados y los más propensos a morir por una complicación cardiovascular.
Porque el sistema que los atiende llega tarde, fragmentado, y sin voluntad redistributiva.

Si quisiéramos realmente prevenir la hipertensión, tendríamos que promover procesos protectores de salud: políticas públicas que garanticen alimentación adecuada, empleos con seguridad social, transporte digno, acceso universal a medicamentos, barrios con espacios seguros para vivir y moverse.

Es decir, dejar de actuar sobre los cuerpos y comenzar a actuar sobre las estructuras.

«Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida.», Mario Benedetti

No estamos hablando solo de medicina. Estamos hablando de justicia.
Y la presión no bajará mientras la vida siga apretando tan fuerte.

El autor es miembro del Núcleo República Dominicana – GT Salud Internacional CLACSO, profesor universitario y exdirector de hospitales.

Por Roberto Lafontaine

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